Del anticapacitismo a la ternura cotidiana como herramienta política
Itxi Guerra ofreció una charla multitudinaria en Errekaleor para desentrañar el sistema capacitista

¿Cómo te describirías?, le preguntamos. La respuesta llega cargada de matices y deja entrever una personalidad que no pasa desapercibida: “Soy una persona muy alegre, muy rígida y muy cabezota”. Itxi Guerra, que se confiesa “friki de la academia” con un inesperado placer culpable por las citas en formato APA, ha encontrado en los últimos años un nuevo ritmo vital. Tras dejar Madrid, ahora es “una señora de su huerta y de los perritos” en un pequeño pueblo de Galicia. Ha expresado su anhelo de convertirse en una “motomami” en relación a su última aventura de sacarse el carnet de conducir. Desde esa trinchera rural rodeada de naturaleza es desde donde continúa articulando críticas profundas contra el capacitismo y el sistema que habitamos.
El pasado 13 de febrero, en el Gaztetxe de Errekaleor, Itxi Guerra ofreció una charla multitudinaria llamada “Anticapacitismo y movimientos sociales”. Nos adelantó que no tenía ganas de presentarse como experta, sino que quería “pensar en común” con quienes acudieron. Nos explicó que tenía ganas de abrir la conversación y ver “qué cosas nos tienen sentido” y hablar sobre lo que ocurre con el capacitismo en los movimientos de Euskal Herria entre otros temas.
¿Qué es el capacitismo? Un sistema que atraviesa todos los cuerpos
La pregunta es recurrente, pero su respuesta sigue evolucionando. Para Itxi, el capacitismo es mucho más que la discriminación hacia las personas con discapacidad. Es “el sistema que violenta, asesina, marginaliza a las personas discapacitadas por el hecho de serlo”, pero su alcance es universal. “Atraviesa absolutamente todos los cuerpos”, explica. Este sistema pone “el valor de cada cuerpo en su capacidad de producción”, y en función de eso, “va discapacitándolos o no”.
Así, el capacitismo no es un problema identitario restringido a un colectivo, sino la lógica oculta que explica cómo el capitalismo se graba a fuego en nuestra carne. “Un ejemplo de ello es todo el genocidio de Israel sobre Palestina”, señala, “es un eje de cómo se discapacitan los cuerpos”. También lo son “las muertes y los accidentes laborales” provocados por el trabajo asalariado. “Al final todo el sistema económico acaba calando en los cuerpos y poniendo la producción en el centro de la vida digna, como si la vida fuese digna solo por el hecho de trabajar y no por el hecho de existir”.
Alianzas necesarias: el anticapacitismo como eje transversal
Le preguntamos por la relación con otras luchas. Su respuesta es contundente: los movimientos sociales, por definición, “han de ser anticapacitistas” si su objetivo es luchar contra el capitalismo. Pero va más allá, buscando la transversalidad entre distintos ejes de opresión.
Uno de sus focos actuales es el adultocentrismo. “La violencia que sufren las niñeces y adolescencias es una forma de capacitismo”, argumenta. Se pone el valor en el mundo adulto porque es el “mundo productivo”. “Cuando a personas diskas se nos dice que nos infantilizan, no es que nos infantilicen, es que nos tratan igual de mal que las personas adultas tratamos a las personas pequeñas, por esta movida de la productividad”.
Esta misma lógica conecta con el racismo, la gordofobia o lo queer, a través de procesos de patologización. También ha puesto sobre la mesa la clase social: “El hecho de no poder hacer frente a los medicamentos, por ejemplo, hace que tu situación de vida sea mucho más precaria”. Recuerda como la pandemia de COVID-19 tuvo un claro “sesgo de clase por las condiciones materiales”.

¿Reproducimos las lógicas de productividad en los movimientos sociales?
Ante la pregunta de si el capitalismo nos quiere “productives y funcionales” Guerra evita generalizar: “Habrá movimientos sociales en los que sí se reproduzca esta lógica, otros que no”. Reconoce la dificultad de escapar a un sistema que hemos interiorizado, pero pide no caer en ser “policías de la productividad o la no productividad”. “Estamos haciendo lo que podemos con lo que tenemos, afrontando situaciones súper complejas”, reflexiona.
Su deseo no es una productividad cero, sino la autonomía colectiva para decidir: “que esa autodestrucción, si llega, sea escogida desde lo individual pero también desde lo común”. El objetivo último, “que nuestros cuerpos no peten porque la productividad nos lleve por delante, sea del tipo que sea”.
El giro hacia lo cotidiano: la ternura y la rabia como fuerzas políticas
En los últimos años, el discurso de Itxi ha dado un giro hacia lo emocional y lo relacional. Habla de ternura, comunidad y rabia. Sobre esta última confiesa tener ahora “un conflicto tremendo”. Tras un tiempo de militancia desde la rabia, hoy su política se ha desplazado al terreno de lo cotidiano.
“Para mí lo que está siendo más desde lo político es transformar desde lo cotidiano”, afirma. Habla de “hacer rentas básicas”, “conocer a les vecines”, “preparar meriendas” o “llevarle tuppers a amigues”. Este cambio, impulsado por su mudanza a un entorno rural, es profundamente estratégico: “Para mí las relaciones es donde se puede construir y transformar y cambiar entre todes la forma de mirar al mundo”.
Se trata de construir “desde el cariñito y de creer y asumir que todo el mundo lo está haciendo lo mejor que puede”. Sin juicios y sin ser policías de nadie. Es en esa red de cuidados y apoyo mutuo donde encuentra por ahora el mayor potencial de transformación.
Charla de Errekaleor
Como adelantábamos al principio del artículo, el pasado viernes, Itxi Guerra estuvo en Errekaleor con la charla “Anticapacitismo y movimientos sociales”, que reunió a un gran número de personas. La charla fue una invitación a un diálogo colectivo. Una oportunidad para hablar sobre cómo el capacitismo nos atraviesa, para tejer alianzas y para imaginar juntes cómo construir movimientos donde la vida, en toda su diversidad y fragilidad esté en el centro. Como apuntaba Itxi: donde existir sea, simplemente, suficiente.

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