En qué punto estamos?
En pleno verano la montaña alavesa observaba apática como las hojas del quejigal pasaban a ser de
color amarillo otoño. El calor excesivo junto a la falta de lluvias han favorecido este fenómeno. Los
árboles lanzan una llamada de alerta, un grito sordo que pide auxilio para poder seguir vivos otro
año más. La esperanza de sobrevivir de estos seres nos interpela directamente. Está íntimamente
unida a la permanencia de nuestra vida como especie. La advertencia es doble.
La lucha para concienciar a amplias capas de la sociedad de la necesidad de salvaguardar cada uno
de los árboles que pueblan nuestro territorio está llena de obstáculos. Y podemos sorprendernos
negativamente sobre qué tipo de instituciones, partidos, grupos llamados ecologistas… están
intentando convencernos de la necesidad de intervenir un ecosistema boscoso para industrializarlo.
Son agentes que actúan como intermediarios entre las élites económicas europeas y las masas de la
población. Trasladan los planes reindustrializadores de un capitalismo en busca desesperada de
nuevos beneficios con el objetivo de que se acepten evitando el rechazo popular.
Esta industria de las falsas renovables ha alentado la creación de numerosas empresas que extienden
sus negocios por todo el territorio. Son filiales de grandes grupos energéticos. A la vez se afanan en
construir megacentros de datos, en poder distribuir esa energía exportable o en pensar cubrir las
necesidades de la industria militar, destapando sus verdaderas intenciones. La apuesta por la
industria armamentística es el paso elegido que promulgan desde Von der Leyen hasta Pradales para
intentar la reindustrialización de una Europa estancada. Tratan de aglutinar a todos sus poderes
económicos para actuar como un todo y en consecuencia posibilitar una pequeña migaja del
liderazgo europeo perdido a nivel global. El resurgir de Europa con energía verde que alimente al
verde militar. Aunque la tan cacareada descarbonización no llegue.
Nos dicen que la industria es la que va a salvar a las clases populares. Nos salvará acaso del
hambre? del paro? de un sueldo insuficiente? de la destrucción ecológica? de una sanidad
colapsada? de un rural que pueda sostenernos? de la imposibilidad de acceder a una mínima
vivienda? de la exclavitud del dominio patriarcal?
A la industria del capital la presentan como condición necesaria para nuestras vidas. La ruina, la
pobreza, la apropiación de riqueza, la devastación natural, la soberanía del capital como condición
necesaria para nuestras vidas. La máquina destructora será quien nos salve, ¡Aleluya!
El otoño viene caliente. Unos cuantos proyectos de centrales eólicas y fotovoltaicas se han caído.
Las otroras empresas de suelo ético indiscutible se tambalean entre acrobacias partidarias para
desdecirse de lo que proponían como participativo y necesario. La lucha entre partidos llega a este
terreno y se observan movimientos desde el PNV y PSOE en el Gobierno Vasco para no permitir
que las empresas que elija el bando contrario puedan usurpar a sus queridas el trono en la montaña.
Sino no se entienden las declaraciones de impacto ambiental desfavorables en las centrales de
Piaspe y el Haya I y II y las favorables para Azazeta y Labraza, integradas por elementos objeto de
conservación como mínimo tan importantes como las centrales rechazadas. A la vez la diferente
vara de medir y de proteger su territorio por parte de las diputaciones afectadas deja al descubierto
las decisiones políticas de un PNV que prioriza Araba como territorio de sacrificio.
El mayor exponente de esta deriva lo tenemos en Labraza, Azazeta y Arratzua-Ubarrundia, punta de
lanza en el territorio. La imposición cabalga por encima de las decisiones de estos pueblos,
usurpando su soberanía. Y si se llega a aprobar el PTS de las energías renovables todo el territorio
quedará en la más completa indefensión.
Nuestra esperanza no viene de la mano de esta industria ni de sus seductores promotores. Vendrá de
mimetizarnos con las luchas que defienden la tierra, el territorio y las clases populares, vendrá de
fusionarnos y de responsabilizarnos de lo que ya somos: naturaleza.
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