La naturaleza, fuente de todo tipo de resistencias
El agua atropellada acude rauda a la llamada de un cielo desbordante. Su desplome repentino y
sostenido bajo nuestras cabezas golpea en las consciencias desarmadas. La intensidad del impacto
perturba el medicado sentir común. Mientras tanto, la tierra desnudada se abre a su paso dejando
unos surcos tan hondos que dejan al descubierto la escasa profundidad que nos acerca al centro de
la nada.
Una tierra vapuleada hasta la extenuación. Arrancada de su vitalidad, maltratada por los mismos
capitales que la han convertido en mercancía de cambio. Inutilizada como eslabón que permite la
reproducción de la vida en su conjunto, como procesadora de los flujos y dinámicas físicas,
biológicas, geológicas y químicas que propician un todo armónico, donde el ocaso era el preludio de
un nuevo comienzo. El sometimiento y destrucción que enfrenta cuando las fuerzas del capital
siguen apropiándose de su riqueza alimenta el declive de la vida conjunta intensificando así los
procesos degenerativos.
Una tierra viva, origen de las luchas de insurrección y desobediencia que se refuerzan ante la
brutalidad del sistema y cuyo fruto nos hace recomponer el empuje necesario para que la
continuidad de las resistencias se sigan propagando incansables entre todos los pueblos sometidos;
entre todas las personas explotadas, entre todas las personas expropiadas de los bienes comunes y,
como no, entre todas las personas dañadas por la separación forzada del lugar que ocupamos en la
naturaleza. La puesta en relación de todas estas prácticas que concentran el hacer sostenido del
modelo actual propone dejar de excluir la clave naturaleza de nuestras luchas. Las resistencias en
liza, ya sean por enfrentarse a la explotación laboral, a despidos, a la defensa del territorio y de la
tierra, al saqueo y ocupación de territorios subordinados o al sometimiento patriarcal, soportan esta
base común: la naturaleza.
En Euskal Herria tenemos muchos ejemplos de resistencias a lo largo de la historia. Hoy ponemos el
foco en las recientes movilizaciones del campo que junto con el movimiento en defensa de la tierra
se han unido para protestar en contra del tratado de libre comercio Mercosur, también las
realizadas en contra de la industrialización y privatización de los montes y el acaparamiento de
campos de cultivo debidas a la ofensiva de las empresas transnacionales energéticas y su apuesta
por las falsas energías renovables que alimenten al capital “verde”. Así mismo, estas luchas se
encargan de la defensa de las tierras comunales y de los bienes colectivos, impulsando satisfacer las
necesidades materiales desde una óptica organizativa colectiva. Del mismo modo que sumamos las
luchas anti TAV, que denuncian el despilfarro de las instituciones para proyectos que no son viables
ni social, ni económica ni medioambientalmente.
El movimiento antifascista sale hoy a la calle, un 27 de febrero, en contra del retorno del fascismo
en las calles, preludio del avance de formas estatales cada vez más autoritarias.
Y nos vamos acercando a las manifestaciones del 3 de marzo en Gasteiz para mantener viva la
memoria y la llama de lucha llevada a cabo por obreros que acabaron siendo asesinados por la
policía española. A esta les siguen las del 8 de marzo, día de la mujer trabajadora y continúa el mes
con la manifestación programada para el 14 de marzo en Iruña en contra de la imposición de
integrarnos en una organización criminal, la OTAN, que el pueblo de Hego Euskal Herria rechazó,
hasta llegar a la huelga general del 17 de marzo. Tampoco nos olvidamos de las movilizaciones de
las trabajadoras que enfrentan despidos en la zona de Aiaraldea, entre otras. Todas estas luchas
están íntimamente relacionadas entre ellas y por eso no podemos dudar de que las posibles
victorias que se vayan consiguiendo nos afectarán al conjunto de las clases explotadas, tanto en
nuestro pueblo, ciudad y pequeño país como a nivel mundial. Todas localizadas en un territorio con
unas características naturales que nos han conformado como personas y como pueblo; todas
dependientes de las condiciones ecológicas y sociales que las hacen posible.
En consecuencia, propongo que en las lecturas que se hagan sobre el capitalismo no nos olvidemos
que en la naturaleza está la clave del sistema socio-económico actual. A fin de cuentas, el capital no
podría reproducirse si obstaculizamos la explotación que ejerce sobre la naturaleza, a la cual, sin
duda, pertenecemos.
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