Polarizados
La etimología de polarizar significa “modificar los rayos de luz de manera que no reflejen de nuevo en una dirección, acumular en direcciones opuestas”. En las sociedades polarizadas los procesos de deliberación se dificultan. Cada opinión manifestada en el espacio público proyecta de forma inmediata su sombra, el reflejo especular de la opinión contraria. En la sociedad polarizada los ciudadanos se organizan desde el fragmento, se mueven enfrentados, acumulan en direcciones opuestas. El filtro de valores comunes que debería recoger toda esa energía dispersa, plural, diversa, potencialmente llena de buenas ideas, está roto y con él, la posibilidad misma de consenso y convergencia.
La polarización se ha acentuado dificultando la posibilidad de buscar y encontrar puntos de encuentro. El virus del dogmatismo y del fanatismo ha impregnado a los ciudadanos, cada vez más reacios a considerar la posibilidad de compromisos duraderos con los adversarios políticos.
Los factores son variados: la sensación de que tanto la política como las políticas públicas son incapaces de resolver los problemas cotidianos; la demonización del adversario y su categorización como enemigo; la perdida de significado y de funcionalidad de los sistemas de representación; la erosión de la confianza ciudadana; el uso de un lenguaje beligerante. Un largo e interminable etcétera.
Más que la pérdida de poder adquisitivo de amplias capas de la población, sentimos que se ha apagado el horizonte. Los seres humanos necesitan soñar. Cuando el faro que alumbra el futuro emite una luz macilenta o está apagado, se incrementan las sensaciones de miedo y angustia. Surge la necesidad de conservar lo que tenemos, por escaso que sea. Una sociedad desesperanzada, que ya no sueña utopías, queda atrapada en la ciénaga amarga de la desilusión y el resentimiento, terrenos fértiles para aprendices de brujo y demagogos.
El miedo al futuro nos hace permeables a mensajes apocalípticos y redentores, la música de nuestra época. Un miedo que es políticamente rentable. Incendiar los corazones permite ganar elecciones, aunque el precio sea destruir el capital social acumulado durante generaciones. La política del miedo es el triunfo de la anti política.
El cerebro construye una realidad subjetiva conveniente a sus intereses. El prejuicio es un lastre cognitivo difícil de eliminar, está inscrito en nuestro ADN. Recordamos de forma selectiva, seleccionando aquellos datos del pasado que más nos convienen. Nuestra capacidad de juicio está sesgada, tendemos a apreciar más a aquellas personas con las que compartimos valores y creencias. Tenemos dificultades para valorar los hechos de forma objetiva. Nos cuesta cambiar de opinión a la luz de un mejor conocimiento. Buscamos confirmar más que contrastar información. Tendemos a quitar importancia o directamente rechazamos aquellos datos que no encajan con nuestros juicios previos. Los medios de información a los que acudimos actúan como cajas de resonancia de nuestros prejuicios.
Si el análisis de los hechos basado en evidencias científicas pone en peligro la cohesión del grupo, la mayoría rechazará los hechos y se afirmará en falsas creencias. En tiempos de incertidumbre, el grupo actúa como un paraguas frente a la intemperie. La madriguera es un hogar confortable donde no sobrevive la razón.
El fanatismo tiene una base neurobiológica. En la sociedad del riesgo, la protección que facilita el grupo es adictiva. En los espacios polarizados los miembros de la tribu encuentran respuesta a todas las preguntas. Nuestras percepciones reflejan más nuestros miedos que nuestras esperanzas.
La polarización se presenta como una realidad simétrica, donde propuestas extremas, en la derecha y en la izquierda, amenazan el equilibrio. Pero los extremos del arco político no tienen el mismo significado ni entrañan el mismo peligro. No es posible colocar en la misma balanza las propuestas de aquellos que no se resignan a la injusticia, a la pobreza, que quieren proteger el planeta de la amenaza del ser humano, que defienden los derechos de los más vulnerables, que se movilizan para luchar por las vidas de los que nada tienen, con la agenda política de los que solo quieren proteger sus privilegios. En un lado, la esperanza en un mundo mejor, en el otro el miedo que produce el futuro. Esperanza y miedo, un coctel revolucionario. La imagen proyectada de simetría es una estrategia de supervivencia del statu quo, conservador por naturaleza.
El centro aparece como anomalía y la polarización como normalidad. Hemos inventado la categoría de “nueva normalidad”, el lenguaje sumiso y cabizbajo de la aceptación, dedicado a poner nombres tranquilizadores a las nuevas cadenas.
¿Cómo superar la polarización? La conversación ciudadana requiere espacios de resonancia, un lugar donde la energía vital y transformadora de lo colectivo pueda congregarse y armonizarse. Necesitamos ir más allá de nuestros miedos y actuar con mayor audacia para atravesar este umbral civilizatorio y existencial, protegiendo nuestra casa común, construyendo un mundo mejor.
Joxean Fernández
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