La pena y la paz
Esta mañana, hace cosa de una hora, te has ido.
Y, en cuanto he subido al coche y he pensado que no volveríamos a vernos en mucho tiempo, se me ha colocado un nudo en el estómago que aún mantengo. Sé, con certeza, que se quedará ahí unos cuantos días, instalado en la boca del estómago como señal de protesta por tu ausencia.
Mientras conduzco, mi mente vuelve una y otra vez a estos últimos días.
Pienso en el pantano, en el viento acariciándome el hombro, en las bandadas de pájaros haciendo coreografías elegantes sobre un mural azul cielo. A veces me resulta extraño que una estampa tan bonita exista tan cerca de mi casa.
También pienso en el sol que se pone, en cómo corona la parte más alta de los edificios del polígono y se va apagando poco a poco tras los tejados. Esa luz hace que un martes cualquiera resulte un poco menos hostil y me recuerda que, pase lo que pase, todos los días llegan igualmente a su fin.
Y después apareces tú en mi memoria: tu mano, agarrando la mía con convicción. Esa fuerza tenaz que siento a través de tu piel me arraiga al presente y me hace partícipe del espectáculo que se abre ante nosotres. A veces, la vida es suave; a veces, vivirla no supone ningún esfuerzo.
Recuerdo tu sonrisa, tu risa, tus abrazos, capaces de recoger todos y cada uno de los pedazos que tengo dentro de mí.
Y pienso en tu mirada: en cómo me has enseñado a ver a través de tus ojos mi cotidianidad, mi gente, y hasta a mí misma. Estos días me he mirado con más cariño y amor a través de tu manera de mirarme.
Ahora, mientras escribo esto, todo está quieto. La casa respira un silencio de esos que normalmente pasan desapercibidos, como si fueran solo un telón de fondo inevitable. Pero hoy, quizá porque tú no estás, me parece que este silencio tiene presencia propia, como si tomara forma por el simple hecho de ser observado.
En la ventana, la luz de la mañana se detiene sobre los objetos con una delicadeza que casi nunca miro como es debido. El vaso de agua que dejé a medias, la silla ligeramente torcida, la ceniza de la estufa, la fruta del frutero que me pide a gritos ser comida… Todo ello me habla en voz baja, recordándome que la calma siempre está ahí, esperando pacientemente a que la vea, a que la celebre un poco.
Oigo el ruido lejano de un coche que pasa y, enseguida, vuelve el silencio. Y es en esta ausencia de prisas cuando entiendo, con una lucidez que parece nueva, lo poco que valoro momentos así: esa gratitud tan simple de poder respirar sin urgencia, de mirar el mundo sin que me queme.
Quizá por eso duele cuando te vas: porque contigo aprendo a poner nombre a las cosas pequeñas. A esos instantes frágiles y modestos que, sin hacer ruido, sostienen todo el peso de los días.
Y así me quedo, sentada, con el nudo en el estómago y la calma rodeándome, como si ambas —la pena y la paz— fueran partes igualmente necesarias de un mismo recuerdo.
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