La comida como conexión con la memoria
Desde hace ya varios años encontramos, cada cierto tiempo, la noticia de que una
empresa o una marca concreta ha denunciado el uso de un término específico para un
producto que, a su parecer, no debería llamarse así. Pasó con la leche vegetal, que no
debería llamarse leche, con el queso vegetal, que no debería llamarse queso, y con las
hamburguesas vegetales, que tampoco deberían llamarse hamburguesas. Eso según unos
cuantos magnates poderosos que temen que sus negocios, basados en la explotación
animal, pierdan clientela. Como si el capitalismo vegano no se hubiera puesto las pilas
creando su propio nicho de mercado.
Personalmente, el tema de la nomenclatura me importa bastante poco. Yo lo voy a
seguir llamando leche aunque sea de avena, pero resulta interesante cómo éste es un tema
recurrente incluso entre las propias personas que no comemos animales. Por qué dar forma
y, en ocasiones, sabor de hamburguesa de vaca a una hamburguesa de lentejas es
importante, y es un asunto que, creo, va más allá de la inclinación personal.
Y es que la alimentación es un tema muy concreto desde un punto de vista
sociocultural. La comida nos habla de clase, de recursos, de gustos, pero también de
tradiciones, de recuerdos y de costumbres. Habla de tiempo y habla de querer recuperar
algo de él, y ahora que se acercan fechas de juntanzas (para quien quiera y pueda),
sentarnos alrededor de una mesa con comidas tradicionales y de nuestra infancia es algo
que, a algunes, en ocasiones, nos sigue gustando rememorar.
Puede que las tradiciones cambien, puede que algunas no lo hagan por mucho que
nos gustara que así fuera, y puede que generemos otras nuevas que nos hagan
infinitamente más felices, pero la comida tiene algo de profundo, de intrínseco, que nos
conecta no sólo con lo rico que es comer, sino con unos recuerdos y memorias asociadas a
lo más profundo de nosotres.
Porque, cuando se trata de lo que comemos, no sólo nos alimenta lo que nos llena la
tripa o nos proporciona placer en el gusto, sino que la alimentación se convierte en una
experiencia estética y memorística que nos lleva a otros lugares, a momentos alejados en el
espacio y en el tiempo que podemos vivir simplemente con sentarnos ante un plato en una
mesa. La comida alimenta el cuerpo, y también el alma.
Y aquí es donde entra en juego el trampantojo de generar alimentos nuevos con
apariencia de los de nuestros recuerdos. Un chorizo que sea de calabaza, una tortilla con
harina de garbanzo, incluso unas gambas de tofu y algas pueden suponer una estrategia
alimentaria que nos reconecte con ciertos lugares, a la vez que mantenemos una ideología
y unas costumbres que hemos adquirido con el paso de nuestra vida. Un forma nueva de
hacer lo viejo, más justa y más saludable para todes, aunque queramos ponerle el nombre
de lo que tradicionalmente se ha elaborado con otra materia bruta: les animales.
Esto es algo que molesta profundamente a quienes rechazan el veganismo en una
defensa exacerbada de su identidad, como si la existencia de quien no quiere comer
animales supusiera una prohibición de su derecho de hacerlo. Y que sea su derecho es un
tema que podemos tratar en otro momento, porque ahí hay mucho que decir, al menos en
un contexto sociohistórico como el nuestro. Los derechos de la peña blanca hija del
colonialismo están asentados sobre el expolio de todes les demás.
También lo saben quienes se enfrentan a que pongamos nombres tradicionales a
productos nuevos, que se asemejan en textura, forma y sabor a los clásicos aunque sus
ingredientes principales sean vegetales. Porque no pasa en otras situaciones, no se da
tanto rechazo cuando hablamos de una tortilla de patata deconstruida o un postre de
chocolate con apariencia de morcilla de sangre de cerdo. Sucede con los productos
vegetales y es así porque este cambio, por mucho que se haya capitalizado y las grandes
marcas los vendan en supermercados, va mucho más allá de un simple cambio de dieta y
de elección de producto, aunque también sucede por ello.
Si somos lo que comemos y lo que comemos cambia radicalmente en su base de
fabricación, otros cambios pueden acercarse que se supongan más éticos, más justos,
menos violentos para les otres. Aunque no todo el mundo consume productos vegetales por
el respeto a les demás animales, ni toda la gente que no consume animales evita consumir
productos ultraprocesados de grandes, o no tan grandes, superficies, lo que se genera
alrededor de la mesa, frente a un plato de comida, tiene mucho más de cultura e ideología
que de necesidad fisiológica.
A pesar de que el gusto es uno de los sentidos menos valorados, en occidente al
menos (si el COVID nos hubiera dejado sin vista en lugar de sin gusto y olfato, las
consecuencias hubieran sido muy diferentes para nosotres, centralistas de la visión),
sabemos que un bocado determinado, que saborear algo aunque sea totalmente otra cosa
puede removernos las entrañas sin necesidad de la realización de la ingesta completa. La
apariencia, la cercanía de los sabores nos transportan a lugares comunes, o personales en
un recorrido particular de vida que tiene mayor fuerza que el rechazo a llamar a algo nuevo
por el nombre de algo antiguo.
Creo que la base de una cultura se forma, principalmente, por la alimentación. Pocas
cosas se dan con tanta intensidad y generan una identificación tan arraigada. Cambiarlo, al
igual que tantas otras cosas de tanto peso en nuestra historia de vida, es cambiar una parte
de nosotres mismes a la que, a veces, no queremos renunciar.
Por eso, si en estas fechas, o en cualquier otras, te apetece comerte unas gambas
hechas con base de algas, blanco de tofu y naranja de zanahoria, dale rienda suelta a tu
imaginación, y deja que tus sentidos te lleven a lugares insospechados, o a los más
deseados, gozando de un hecho tan cotidiano como llevarte un bocado a la boca, y disfruta
de rabiar a todes aquelles que, en su reaccionismo, se empeñen en quejarse por llamarlo
por el nombre de algo que sí es.
Kris Nogal
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