Lucha por defender y recuperar lo usurpado
Cae el invierno sin habernos dejado sus mejores mantos. Se va sin haberlo visto, sin haberlo sentido, olido, tocado, sufrido. La transición otoñal se ha quedado colgada en espera de la primavera.
El dios capitalismo nos arrebata los ciclos que nos habían servido para establecernos y permanecer en este territorio con cierta estabilidad y seguridad. Nos fuerza al cambio continuo, forzado, extenuante. Nos llena de energía muerta que ha pasado por el matadero de la vida. Nos la vende como manjar para alimentarnos en la idea de que su hijo, el capital, puede reparar la fuerza destructiva de sus acciones. Nos estruja y aplana para que nuestra relación con la naturaleza sea de sequía identitaria, aunque la necesitemos tanto como a la nieve.
Y la nieve no llega pero los proyectos eólicos y fotovoltaicos no dejan de caer del cielo empresarial para expandirse cual bomba de racimo sobre el sur de Euskal Herria. La alerta que producen es directamente proporcional al número maldito de 334 zonas marcadas para un destino común: destrucción de biodiversidad ecosistémica y desaparición de tierras agrícolas.
El derrocamiento al que someten a los concejos ha sido continuo en Araba. Desde la falta de información, sesgada y dirigida a la aceptación de su muerte como territorio a gestionar y a vivir, hasta la negación más absoluta de sus decisiones en favor de la supervivencia ancestral de sus hábitats humanos y naturales. La centralización de la toma de decisiones está encaminada a no permitir que el pueblo campesino, el pueblo trabajador sea el que lidere y oriente las políticas y acciones que necesita abordar para su propia suficiencia.
Tiene su máximo exponente en Labraza, un pueblo que ha luchado contra viento y marea para paralizar la tramitación de una central eólica en sus montes. Su lucha aún no ha acabado. Siguen sabiendo que tienen la razón, que el modelo que les están imponiendo es perverso, destructivo y aniquilador de vida. Siguen resistiendo en la defensa del territorio, que no sólo es una lucha ecologista. Es una disputa por modos de organizarse colectivamente, por asumir la tierra sin propiedad alguna sino común a todas las formas de vida en su relación imprescindible con el flujo de materia y energía. Es una pelea que no admite como válida la imposición del poder capital en sus más descarnadas formas de atropello.
Es el comienzo de una revuelta que empieza a tomar cuerpo desde el territorio asumido como inviolable a las zarpas de la mercantilización, a la desnaturalización de la cultura, pensares y haceres propios y en el rechazo a su apropiación y sustitución por la idiolatría al dinero, donde se asume que todo está para venderse, para sacar el mayor beneficio privativo.
Bajo la premisa de lo legal como ejercicio político imperativo se están desechando formas organizativas y de propiedad comunales que han regido durante siglos los propósitos de pequeñas comunidades que se sentían parte de su tierra, con un destino común. Se está quitando la potestad de organizarse desde lo común, desde la capacidad de preservar los bienes comunales como valor de prosperidad universalizable.
Y esta actuación forma parte de otras que, bajo el prisma de la legalidad, nos quitan como pueblo el derecho a defender los bienes comunales ya sean materiales o inmateriales (euskera). Nos conducen a asumir como propias actuaciones que nos desligan cada vez más de la necesidad de subvertir esta situación.
Por eso la lucha por la defensa del territorio es necesaria, imprescindible. Desde todos los ángulos de nuestras vidas . No es sólo su defensa, empecemos también a luchar por recuperar lo usurpado, lo despojado para el bien colectivo.
El 3 de marzo es la siguiente cita. También nos veremos en las calles el 8 de marzo.
También os animo a que participeis en la manifestación del 22 de marzo en gasteiz que saldrá a las 18:00 de la plaza Bilbao.
Euskal Herria ez dago salgai! Algo más que una lucha ecologista. Recuperemos el manto de invierno.
Rebeka González de Alaiza
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