Abrazar la sombra de los cuidados
No es la primera vez que tengo ganas de escribir sobre los cuidados: los cuidados a
les amigues, a la familia elegida o de sangre, los cuidados a une misme.
Creo que los cuidados tienen que estar presentes en nuestras vidas porque son una
parte imprescindible de las relaciones, y sin ellos nos perderíamos un elemento esencial de
los vínculos: la vulnerabilidad. Las relaciones más bonitas que tengo son aquellas en las
que me permito ser frágil, aquellas en las que me expongo íntimamente mostrando mis
mayores heridas y mis peores defensas. Tengo suerte de haber encontrado a algunas
personas que acogen todas esas partes mías, algunas más brillantes, otras más oscuras,
con cariño y comprensión, y las cuidan con amor y ternura como un todo que forma parte de
mí. Son los cuidados cotidianos y desinteresados los que generan esos vínculos sanos.
También hay momentos en la vida en los que tenemos que cuidar activa y
entregadamente porque no nos queda otra: accidentes, vejez y enfermedades son
situaciones vitales que ni la persona que cuida ni la que es cuidada ha elegido vivir, pero
que tenemos que atravesar de la mejor manera posible. Si queremos, claro, no hay
obligación, pero creo que la mayoría tenemos a alguien cerca por quien limpiaríamos
mierda y daríamos de comer con cuchara y tenedor.
Yo me encuentro en uno de esos momentos ahora mismo, desde hace bastante
tiempo en realidad; mis días y mis noches giran en torno a un ser al que decido, activa y
conscientemente, cuidar y acompañar, como he hecho en los últimos 15 años y como ha
hecho él conmigo cada día de su vida estando a mi lado.
En este último año en el que su situación ha ido cambiando y su salud se ha ido
debilitando despacito, en un proceso natural que viven quienes llegan a una edad avanzada
en la que el cuerpo empieza a funcionar de otra manera, más lenta, más suave, más
delicada, he vivido este proceso con el mayor de los amores, intentando ser ese foco de luz
que le acompaña y mima como el primer día; he intentado atender sus necesidades,
observar los detalles y leer entre líneas, suspiros, pasos y caricias, acoger los pequeños
pero trascendentes cambios que aparecen sin avisar y lo pueden cambiar todo por
completo. Una nueva vulnerabilidad que aparece poniendo la casa patas arriba de la noche
a la mañana.
Pero de lo que realmente me apetecía hablar sobre los cuidados es de su otra cara,
aquella que nos da miedo mostrar y que acarrea juicio y disciplina, tanto externa como
dentro de nosotres mismes: a veces, los cuidados, agotan. Enfadan, llenan de rabia y
exasperación, agonía por encontrar un final que no traerá alegría pero quizá sí algo de
descanso, una sensación compleja y contradictoria que se apodera de nuestro interior
cuando llegamos al punto de no poder más, cuando las noches sin dormir acompañan a
cada luna y la imposibilidad de mirar hacia delante nos pesa en el corazón. Vivimos el aquí
y el ahora, que es lo importante en estas situaciones, pero el deseo de libertad e
independencia existe y no se coarta porque le digamos “ahora no, que no se puede”.
Es un sentir muy extraño cuando quieres darlo todo por alguien y tu propio interior te
pide parar. Es muy doloroso no poder expresar abiertamente que estás hasta el coño y que
no puedes más, que quieres que se acabe y puedas descansar, y piensas esto sabiendo
que no es del todo real, que en muchos casos eso no llega salvo que desaparezca quien
recibe nuestros cuidados y atenciones y el alivio y el descanso no traerán alegría y
satisfacción. Una cosa no supone irremediablemente la otra. Necesito parar, pero no quiero
que te vayas.
Qué doloroso es vivir algunas situaciones y qué solitarias pueden llegar a ser. En
este rato de desahogo, de pensamientos escritos en voz alta que he decidido compartir con
la esperanza de acompañar a quien esté sintiendo lo mismo que yo, y de desahogar y
aligerar un poquito este interior mío, sólo se me ocurre decir que aceptemos que no todo es
entrega y sacrificio, y la aceptación y priorización del deseo y la necesidad personal no
niegan el amor y la dedicación, que lo mejor que podemos hacer en muchos casos es
permitir que la persona cuidadora hable sin tapujos de su sentir y no juzguemos cuando
asomen sus sentimientos más profundos, aquellos que probablemente tenga miedo de
expresar. Ofrecer un relevo, una tarde de cocina, una limpieza de casa o cubrir esos
pequeños detalles del día a día pueden cambiar la diferencia para quien cuida y quien es
cuidade, y escuchar y recibir con cariño y atención, sin juicio, lo que se tenga que decir para
liberar un poco ese peso emocional, que es difícil de entender salvo cuando lo llevas sobre
tus hombros, son cuidados que podemos ofrecer como un alivio temporal a quien está
cuidando.
La reciprocidad de los cuidados se genera de muchas maneras, la vulnerabilidad se
puede acompañar de diversas formas y el sostén comunitario y colectivo es un pequeño
gran paso que puede cambiarlo todo. Os abrazo desde aquí.
Kris Nogal
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