La memoria es profundamente política y está completamente situada. Nunca es neutra y mantiene una relación estrecha con el poder –a veces con el poder popular y otras con el statu quo-; pero nunca es inocua. Para construir memorias necesitamos verdades, verdades que nos cuenten qué sucedió, cómo se vivió ese acto traumático y en qué condicionó la vida de quienes lo padecieron. Verdades que rompan con los silencios históricos y que provoquen fuertes catarsis colectivas por las que toda la sociedad sienta la necesidad vital de saber qué es lo que sucedió.
Un artículo de Zuriñe Rodríguez