Las miradas pegadas a la pantalla, el caminar apresurado esquivando de reojo los obstáculos del trayecto. El propio caminar se hace automático y monótono, las caras, los paisajes, los recovecos nos son indiferentes, hartas de ver la misma realidad una y otra vez, en una rutina que nos devora y nos aletarga, recurrimos a la fantasía detrás de la pantalla.

Ya nada nos sorprende, no tenemos capacidad de asombro. Miramos el mundo con apatía e indiferencia y todo nos aburre. El tiempo libre se ha convertido en nuestro peor enemigo y no sabemos qué hacer si no tenemos la agenda echando chispas. El poco rato que tenemos para poder respirar lo invertimos en el mundo de las redes donde puedes comunicarte (por decir algo) con gente de las antípodas y ver contenidos desde lo vomitivamente adorable a lo intolerablemente violento.

Así es como pasamos nuestros días hoy en día, las pantallas portátiles se han convertido en una extensión más de nuestro cuerpo, nos conforman y forman parte de nuestro nuevo ser. Ya nada nos sorprende, podríamos ver la peor de las catástrofes y ni pestañear, nos pasa cada día.

Vemos el mundo desde el confort de ser público de las desgracias ajenas, desde elprivilegio que puede llegar a ser la indiferencia. Porque lo que no nos afecta no nos importa y no vivimos en una realidad que nos plante cara y nos de una bofetada cada mañana. La nuestra es otra realidad, un mundo paralelo en el que la crueldad se ejercede otra forma, con la cara tapada, de manera sutil.

Lo que pasa es que no nos falta de nada y encima la poca capacidad crítica que podríamos llegar a desarrollar se ve aletargada por el constante estímulo que nos ofrece el mundo digital por lo que somos el rebaño más embobado de la historia.

Como he dicho ya repetidas veces, hemos perdido la capacidad de asombro, tanto para lo bueno como para lo malo. De pequeñas, cuando aún la huella de la sociedad no era tan profunda, sonreíamos, hacíamos muecas, llorábamos, nos expresábamos sin miedo, hoy esa libertad ha desaparecido. La apatía nos ha ganado la batalla y ha conquistado cada rincón de nuestra mente. Porque es más fácil digerir la papilla que nos sirven cada mañana que tener que cocinárnosla nosotras.

Puede que muchos piensen que soy una pesimista. Me gusta mirar con ojo crítico el mundo y desentrañar esas sombras que también lo componen. Y en este caso me causa tristeza ver la gris indiferencia que se apodera de la fuerza que nos caracteriza. Por eso, abramos los ojos, desenchufémonos de esa fantasía digital y miremos y encaremos el mundo que nos rodea. Como leí ayer en una pintada de la calle: “Cuando el teléfono estaba atado a un cable, el ser humano era libre”.

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