A punto de acabar el primer mes de este nuevo año, empiezo a ser consciente de que ya ha pasado otro año más. Acabamos de dejar atrás el 2018, pero nuestra sociedad continúa en la misma dirección que se ha seguido durante las últimas décadas. Una dirección guiada por el capitalismo salvaje, basada en un sistema de producción y consumo sin límites, que nos está llevando hacia un presente insostenible y un futuro incierto.

En las últimas décadas, las administraciones públicas están gastando gran parte del capital público, construyendo sin límite infraestructuras ruinosas que no responden a las necesidades de la mayoría de la población y que además, han destruido gran parte de nuestro territorio. Claro ejemplo de ello ha sido la “Y Vasca”, macro-proyecto de alta velocidad ferroviaria que iniciaron hace ya más de dos décadas y que todavía continúa amenazando y destruyendo Euskal Herria. Si esto no fuera poco, hace exactamente un año, nos presentaron desde el Ministerio de Fomento, con el acompañamiento y la complicidad de los gobiernos vasco y navarro, nuevos proyectos de Tren de Alta Velocidad que amenazan con destruir Sakana, Goierri, Aralar, Valles Alaveses, La Rioja Alavesa y Lautada.

Durante décadas, una parte importante de la sociedad vasca se ha movilizado en contra del TAV y ha llevado a cabo una dura lucha, difícil de mantener durante tan largo tiempo. Hoy en día, obligadas a ‘convivir’ en parte de nuestro territorio con los destrozos que ha ido generando la construcción de la “Y Vasca”, cada vez es más difícil encontrar a personas, sobre todo en zonas rurales, que puedan encontrar algún lado positivo a este sinsentido. Ha quedado demostrado que lejos de favorecer la movilidad de las personas, el TAV es un proyecto que cubre únicamente las necesidades de una muy pequeña parte elitista de la sociedad y persigue favorecer los intereses de empresas multinacionales, lobbys de la construcción, etc. Es un proyecto que divide el territorio, genera un inmenso impacto en el medio ambiente y en el paisaje y afecta gravemente a la riqueza cultural y a la vida de las personas. Además, ocasiona un inmenso derroche de recursos y energía provocando una enorme carga económica para el futuro. De hecho, los elevados costes que generan la construcción y mantenimiento del TAV están reduciendo los recursos económicos disponibles para sectores fundamentales para la vida como educación, salud y pensiones, entre otros. Es un tren pagado por todas, al servicio y para el enriquecimiento de unos pocos.

Sabíamos, y nos lo han demostrado, que el TAV es un auténtico desastre, tanto social, como ecológica, como económicamente. Sin embargo, mediante un timo de la estampita colectivo, nos lo han impuesto en gran parte de Euskal Herria y todavía nos quieren seguir imponiendo nuevos proyectos que amenazan otras zonas de nuestro territorio. Pero con el paso de los años, el timo se está haciendo más evidente y cada vez son más las personas que se están dando cuenta que nos están engañando. De hecho, hasta la Comisión Europea ha comenzado a lanzar críticas a líneas de alta velocidad ya construidas sobre diferentes aspectos como los elevados costes, velocidades bastante más bajas de lo previsto, tramos inconexos, etc. El Tribunal de Cuentas Europeo realizó el pasado año un informe sobre diferentes líneas de alta velocidad construidas y en construcción en la UE, según el cual, la “Y Vasca” no cuenta con un número de pasajeros suficientemente elevado en sus zonas de influencia para que tenga éxito. Además, menciona que en general, se están construyendo estas infraestructuras sin ningún tipo de estudio de viabilidad económica ni social. En el apartado 99 de su informe dice literalmente: “únicamente en Italia y Alemania se consideran sistemáticamente soluciones alternativas, como la mejora de las líneas convencionales existentes en lugar de construir nuevas líneas de alta velocidad. Se trata de una buena práctica que debería seguirse mundialmente.”

Por todo ello, los diferentes movimientos en contra del TAV siguen apostando por un tren social que una pueblos, comarcas, ciudades y zonas industriales; que transporte tanto mercancías como pasajeras, y que sea económicamente asequible para cualquier persona. Para ello deberíamos renovar y modernizar las infraestructuras ferroviarias actuales, ahorrándonos la construcción, el mantenimiento y el gran destrozo que suponen las nuevas plataformas de alta velocidad. Debemos exigir que nuestros recursos se destinen a proyectos sostenibles, que respeten nuestro entorno y de esa manera asegurar nuestra calidad de vida y la de las generaciones futuras.  Trena Bai! AHT-rik EZ!

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