Continuando con el texto anterior, “Las FARC del postconflicto: entre los debates y divisiones”, seguiré mostrando las reflexiones de una amiga que lleva 15 años militando en las FARC-EP, cuya angustia me expresó en una visita que me hizo a la casa de mis padres, en Colombia, en septiembre del año pasado y me compartió tanto las reflexiones escritas en la publicación anterior, como las que voy a mostrar a continuación.

En septiembre de 2016,en las Sabanas del Yarí, se dio apertura a la X Conferencia Nacional Guerrillera, donde delegados de todos los frentes de las FARC-EP se dieron cita para aprobar el Acuerdo de Paz creado entre la insurgencia y el Estado colombiano. Este evento gozó de un ambiente especial gracias al cese bilateral del fuego. Más de 400 periodistas, centenares de militantes urbanos y delegados internacionales se mezclaron con alrededor de 1000 guerrilleros que custodiaban el lugar y llevaban la logística con el objetivo de que todas esas personas vivieran durante 10 días en las condiciones de un campamento guerrillero, con la diferencia de que ya no existiría peligro militar.

La discusión principal de la Conferencia era aprobar lo establecido en el Acuerdo de Paz. Fue discutido punto por punto y casi todos obtuvieron el consenso a favor sin mayor dificultad. Sin embargo, la dejación de armas fue el centro de un álgido debate que enfrentó a tres posturas: un minoritario sector que quería seguir armado; un segundo que proponía dejar de usar las armas, pero mantenerlas en su propiedad; y el tercero que optaba por entregarlas a la ONU para su posterior destrucción. Después de infinitas horas de discusión, la última postura salió vencedora.Todas las armas serían entregadas y con ellas se exigiría la creación de 3 monumentos a la paz (en New York, frente a la sede de la ONU, en La Habana y en Bogotá).

Sin embargo, dicha decisión no dejó contentas a todas las estructuras de las FARC-EP. El sector que pretendía seguir armado no se había convencido del todo, y se negó a cumplir la decisión de la Conferencia. Gentil Duarte, comandante del Frente Primero, inició una fervorosa crítica en contra de los Acuerdos, aseguró que las armas eran del pueblo y que entregárselas al enemigo era traicionar la lucha guerrillera. Pero la gran mayoría de la militancia aceptaba que la vía armada era ya poco eficaz debido a las condiciones actuales y a la ventaja tecnológica y mediática del régimen colombiano, por lo cual, se volcaron al trabajo político de forma abierta y sin recurrir al uso de las armas.

Ante  la rebeldía de Gentil Duarte y el Frente Primero, la dirección de las FARC-EP actuó de manera humilde y sensata. Por medio de cartas, pidieron a las unidades guerrilleras considerar su decisión de seguir en la guerra, les recordaron que el Acuerdo de Paz fue un triunfo del pueblo colombiano y que su cumplimiento traería una apertura democrática ideal para el crecimiento del movimiento revolucionario. Pero la respuesta de Duarte nuevamente fue negativa, se rehusó a dejar las armas y siguió en el empeño por no ceder un paso. Para él la única forma de hacer revolución era combatiendo en el monte.  Esa vez, la dirección de las FARC-EP reaccionó con ira, les advirtió a todos los que no querían acogerse al Acuerdo que serían considerados como traidores y no obtendrían ningún beneficio de lo pactado en La Habana.

De esa forma se empezó a crear la primera fractura de las FARC-EP. Al sector que se negó a dejar las armas se le acuñó el término de “disidencia”. Lamentablemente, a las 200 unidades guerrilleras del Frente Primero, declaradas en disidencia, se le sumaron otras tantas en todo el país. Aunque éstas no alcanzaron a ser 300 unidades más (el 5% de la totalidad guerrillera), fueron un duro golpe para la histórica unidad de la organización.

En agosto de 2017, se llevó a cabo el Congreso de las FARC-EP, que daría paso a la metamorfosis de una guerrilla a un partido político legal. Allí, como lo señalé en el texto anterior, se dieron álgidos debates sobre el mantenimiento del marxismo, de seguir con la estructura leninista de partido y de reformar  la practica revolucionaria.  De esta forma, dos sectores, que ya existían durante la guerra, salieron a la luz: por un lado,el sector moderado proponía fundar un partido amplio para beber de otras corrientes más cercanas a la socialdemocracia o progresismo social, siguiendo el modelo venezolano de socialismo. Y por el otro lado, estaba el sector radical, que seguía fiel a la teoría marxista-leninista, proponiendo así la fundación de un partido clasista, de orientación comunista, con centralismo democrático y con la visión clara de derrocar el sistema capitalista.

Por lo tanto, en ese escenario se logran distinguir tres grupos emergidos del Acuerdo de Paz entre las FARC-EP y el Estado colombiano. Dos de ellos aún siguen unidos por el delgado hilo de la disciplina partidista y el otro ya se ha declarado en disidencia total. A continuación  presentaré las características generales de cada uno de ellos:

  1. La disidencia.

Está conformada, principalmente, por el Frente Primero. Durante décadas, su función dentro de las FARC-EP fue la de formar militarmente a la nueva militancia y en sus últimos años, sirvió como motor financiero en el oriente del país, ello gracias a su control territorial en importantes zonas de cultivo de coca, donde se benefició por medio del impuesto sobre el gramaje de la hoja de coca. Esto le permitió a la insurgencia mantenerse económicamente, pero también facilitó la corrupción de la comandancia media (de frentes) que viciada por la cultura narcotraficante se alejaba cada vez más de los principios revolucionarios. Tema que  esperemos sea aclarado para el bienestar de la moral de la militancia y masa simpatizante.

A mediados del 2016, las estructuras más cercanas al cobro del impuesto del gramaje sobre la hoja de coca, empezaron a manifestar sus desencantos con el borrador de los Acuerdos de Paz, por entender la dejación de armas como una traición a los ideales guerrilleros y ver el desmantelamiento de la economía de guerra como una rendición. Por tal motivo, poco a poco, se fueron alejando de los direccionamientos nacionales y para abril del 2017, los frentes ya habían oficializado su disidencia con alrededor de 500 unidades guerrilleras.

El Frente Primero, el principal de los disidentes, publicó una carta para autoproclamarse el verdadero heredero de las FARC-EP y sus legendarios comandantes, acusaron al secretariado de haber traicionado 50 años de lucha, enfilando denuncias contra Timoleón, Pastor Alape, Carlos Antonio Lozada y Mauricio Jaramillo. A unos, por su supuesta vida parasitaria en el movimiento y a los dos últimos, por la sospecha de haber colaborado con la inteligencia militar del Estado colombiano.

De esta forma, Gentil Duarte se posicionó como comandante del Frente Primero y alias Guacho como el de las disidencias del sur del país, ambos bajo la sintonía de ser los continuadores de la lucha revolucionaria.

Sin embargo, sus acciones desde la disidencia no han sido para nada coherentes.Ninguna ha tenido carácter político y casi todas han conllevado un trasfondo de interés económico personal. Es por ello que la militancia no les ha dado su apoyo, ni siquiera después de haber filtrado una carta donde reafirmaban su lealtad al marxismo-leninismo y aseguraban que reunificarían a la guerrilla. Claro, tal teatro al mismo tiempo que se han evidenciado sus alianzas con el Clan del Golfo (principal cartel de droga en Colombia) y la sospechosa débil campaña militar ofensiva por parte del Ejército Nacional.

Además, desde la dejación de armas, el gobierno colombiano ha venido incumpliendo los compromisos recogidos en el Acuerdo de Paz, especialmente, los relacionados con el ámbito económico que, en principio, darían oxigeno financiero a los diversos proyectos productivos, que con el impulso institucional y el apoyo internacional debían permitir la estabilidad económica a los excombatientes y el mantenimiento de su cohesión orgánica.Igualmente, las garantías de participación política no han sido del todo aseguradas, por lo que una mínima parte de la militancia se ha unido a la disidencia y otra se ha marginado por completo del nuevo partido de la FARC.

  1. El sector moderado.

Sus principales cabezas son Timoleón Jiménez, Carlos Antonio Lozada, Mauricio Jaramillo, Pastor Alape y Victoria Sandino, quienes en el Congreso Constitutivo de la FARC se alinearon bajo la doctrina de la moderación del discurso revolucionario en búsqueda de un mayor respaldo popular y ganar así la amplitud necesaria para el crecimiento cuantitativo, sin tener una exigencia cualitativa que marcara una posición política clara de la nueva militancia.

En el 2017, la prioridad de este sector fue la vía electoral y parlamentaria, llegando incluso a impulsar la decisión de presentarse a las elecciones nacionales como muestra de su primer pulso en las urnas, lo cual significo el mediático descalabro de no alcanzar ni el 1% de la totalidad de votos al Senado y a la Cámara de Representantes. De la misma forma, durante ese año, fortalecieron la campaña de defender el Acuerdo de Paz sólo por medio de las instituciones, sumergiéndose en un laberinto burocrático que a lo único que ayudó fue a desacelerar más los procesos de implementación.

En este caso se presentó el choque que dio inicio a la división oficial del partido cuando Santrich decidió unirse a la huelga de hambre de los guerrilleros presos para presionar la amnistía total, pues, para la posición moderada, los principales dirigentes tenían que estar diligenciando tal solicitud en las oficinas gubernamentales y no en las acciones de la militancia de base.

Posteriormente, el encarcelamiento del mismo Santrich se convirtió en la erosión definitiva del partido, pues el sector moderado se manifestó al unísono para exigirle a su “camarada” que demostrara su inocencia y que pagara ante la ley cualquier delito cometido tras el Acuerdo de Paz, cortando de un tajo cualquier pizca de solidaridad partidista. Claramente, tal panorama explotó en un debate interno que daría luz a la fisura actual de la FARC, casi irremediable, y que fue azuzado por las constantes declaraciones de Gabriel Ángel (cabeza intelectual del sector moderado), donde se acusaba de infantil, dogmático, anacrónico, extremista y estúpido a cualquier militante que no obedeciera las direcciones de Timoleón Jiménez, descargando así una verborrea cizañera contra cualquier otro sector que no aceptara el reformismo descarado de su sequito de jefes de jefes e intelectuales de escritorio, unos encerrados en la burbuja de sus puestos parlamentarios y otros amamantándose con aliento del romanticismo de la ex-vida guerrillera.

En conclusión, el ala moderada propone un gobierno de transición, que según calculan, debe ser de unos 8-12 años, donde la élite política de corte liberal de paso a un ambiente propicio para la lucha revolucionaria pacífica. Es decir, propone eliminar cualquier muestra de violencia dentro de la práctica política y así facilitar el acceso de la izquierda, incluida la FARC, a los organismos de poder e instituciones oficiales, con el objetivo de lograr las reformas necesarias al sistema para mejorar la vida de la clase trabajadora, y luego, ya, tomarse el poder. Para cumplir todo eso plantean moderar el discurso, conseguir el apoyo de los países europeos y fortalecer la lucha electoral, incluso acudiendo a alianzas con otros partidos, sin que sean de izquierda como tal.

  1. El sector radical.

Hasta el momento, no tiene un liderazgo central, pero las cabezas más visibles han sido Iván Márquez, Jesús Santrich, Edison Romaña, Oscar Montero, Joaquín Gómez y Bertulfo Álvarez. Su planteamiento no ha cambiado mucho desde su militancia guerrillera, siguen siendo fieles al marxismo-leninismo, al combate frontal contra el capitalismo y al establecimiento de una sociedad libre de corte comunista. En lo poco que han cedido es en el abandono de la lucha armada, aunque reconocen su importancia en la revolución y siguen manteniendo relación con otros grupos insurgentes del mundo.

En el 2017, con la división frente a la situación de los guerrilleros presos, este sector aclaró que la defensa judicial es una vía más, y recordó que existían otras formas más directas de presionar al Estado para que cumpliera su palabra. Ya cuando Santrich fue encarcelado, la alarma se encendió y comandantes como Márquez, Romaña o Montero decidieron retirarse a los campamentos a continuar con su labor política fuera de la ciudad y más cercanos a militancia guerrillera de base. Sin embargo, desde allí han ejercido una ardua labor en la sombra y hoy en día se han empezado a ver los primeros frutos, siendo aquellas zonas las que mayor unidad partidaria mantienen y cuyos proyectos productivos (colectivos y auto-gestionados) se encuentran más adelantados.

Aunque han sido blancos de las reiterativas acusaciones por parte del sector moderado, el ala radical ha sido más precavida en tirar sus dardos. La renuncia injustificada a la teoría revolucionaria y el alejamiento de la militancia de base han sido su principal motivo por denunciar a los moderados como agentes de confusión que pretenden desteñir y fragmentar al movimiento a costa de su enriquecimiento y su vida cuasi burgués en las oficinas del Estado y de uno que otro empresario “progresista”.

En este sentido, Joaquín Gómez, en septiembre del 2018 publicó una carta dirigida a la dirección de la FARC y su militancia, donde reconocía los errores cometidos en los tiempos de la guerra,faltas que les habían costado el respaldo popular. Pero también señaló a la moderación de quedarse en Bogotá a defender el orden burgués, desmontar el espíritu revolucionario del partido y recurrir al autoritarismo para imponer su posición ante los militantes.

Para terminar, la propuesta del sector radical es recurrir a todas las vías de lucha (menos a la armada, por cuestiones estratégicas) para debilitar al sistema capitalista, crear espacios de poder popular donde se forjen nuevas formas de organización comunitaria, presionar al gobierno por todos los medios para que de paso a la apertura democrática, impulsar a la socialdemocracia a las instituciones para que ésta permita un mayor crecimiento cuantitativo y cualitativo del movimiento y aprovechar cualquier situación viable  para tomarse el poder. Todo ello sin ceder ni un milímetro en la teoría y práctica revolucionaria, aunque sean conscientes de la necesidad de una actualización de las reivindicaciones revejidas del siglo pasado.

“Y este es el panorama en Colombia. Lo único que nos queda es seguir trabajando como lo veníamos haciendo, sin perder el compromiso revolucionario. Por lo demás, es mejor que nos sentemos a esperar qué pasa en esa batalla de comandantes egocéntricos. El próximo congreso definirá quienes son los que son y quienes somos los que somos”. Así terminó mi amiga, mientras dejaba la taza, ya sin café, sobre la mesa y exhalaba la última bocanada de humo de tabaco.

 

Manuel Godoy García

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