Es el mal que nos aqueja a todas. El que nos ataca cada vez que abrimos la boca para enarbolar nuestros ideales. El que nos acecha en cada esquina cuando presumimos de ésta hazaña o de la otra. Es el que cuando creemos que estamos a salvo nos asesta el golpe final. Creo que alguna comienza a vislumbrar de qué se trata.

Es la jodida coherencia. Esa palabra que no nos cansamos de repetir y con la que se nos llena la boca. Es el alivio que nuestras conciencias necesitan para calmar nuestra hipocresía. Coherencia, claro, debemos, tenemos que ser coherentes con lo que decimos y más aún con lo que hacemos, y si nos desviamos un milímetro de la línea roja que hemos marcado, directas a la hoguera. Bajo mi punto de vista, existen tres cuestiones peliagudas en esta batalla por mantenernos firmes en nuestros ideales.

La primera, que nos encanta hablar, que alardeamos ante los demás de nuestras pequeñas victorias diarias como queriendo alzarnos en un pedestal. Lo hacemos para diferenciarnos de los demás, para marcar fronteras ideológicas y sociales, y sin darnos cuenta, caemos en otro fenómeno muy curioso hoy en día como es el guayismo, pero de esto ya hablaremos largo y tendido en otra ocasión. En resumidas cuentas, lo nuestro es lo verdaderamente bueno y relevante y por eso nos situamos en un peldaño superior al resto teniendo como referencia una escala jerarquizante con marcados tintes moralistas.

La segunda, que damos por hecho que si hemos dicho algo tenemos que cumplirlo. Da igual los años que hayan pasado, parece que no tenemos en cuenta que nuestras opiniones cambian, que lo que a los dieciocho nos gustaba a los veinticinco nos parezca aborrecible y viceversa. Y para terminar de ponerle la guinda al pastel, tenemos el maravilloso y persistente sentimiento de culpa. Si hacemos algo que dijimos que no haríamos o que va en contra de nuestra intachable lista de valores, sacamos el látigo y nos fustigamos constantemente. Nos freímos el cerebro pensando en el qué dirán, en por qué lo hemos hecho y, sobre todo, en qué malas personas somos por hacerlo.

Con todo esto no quiero decir que no haya que seguir la ideología de cada una, ni mucho menos, pero creo que esa ideología y esas luchas en las que creemos se forjan a través del cambio. Nos transformamos, desarrollamos una conciencia social y un espíritu crítico en tanto que adquirimos nuevas experiencias, algunas en consonancia con lo que pensamos y otras no. Y ambas son interesantes y necesarias. No somos peores personas por contradecirnos, por cambiar de opinión  o por no ser coherentes (que quede claro que lo digo todo dentro de una lógica). La coherencia es un horizonte al que quizás nunca lleguemos.

Y es que, como nos han repetido infinidad de veces, la gracia está en el proceso, en el viaje, en el camino que recorremos para poder estar en consonancia con nosotras mismas, porque la meta quizás sea inalcanzable y porque una vez hemos llegado se pararía nuestro crecimiento, ya no tendríamos banderas que agitar, causas por las que desgarrarnos la voz y errores que cometer.

Es el mal que nos aqueja a todas. Y quizás, así debería seguir siendo. Tenemos que empezar a meter en nuestro vocabulario las palabras error, incoherencia y contradicción. Dejemos el látigo de lado y hagamos una crítica constructiva de nosotras mismas. Y que le jodan a la coherencia como meta.

Miren Rico Tolosa

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