Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros. Así podríamos titular a las actuaciones de algunos políticos vascos y españoles en los últimos días. Me refiero concretamente, a los dirigentes del PNV y los dirigentes de Podemos. Más concretamente, a los presupuestos generales del Estado y al nuevo chalet de Iglesias y Montero.

Los unos nos tienen acostumbrados a criticar a España para luego poner la manita por detrás, hacer pactos y tratar de convencernos de que eso, en realidad, es lo que conviene a todos los vascos y vascas, que lo que buscan es nuestro beneficio.

Los otros, irrumpieron en escena para combatir a la casta, indignados por las maneras y contenidos de la clase política, queriendo ser adalides de una nueva forma de gobernar.

Los unos se jactan de la capacidad de influencia que tienen en España.

Los otros, de estar un paso por delante de la política tradicional.

Los unos dicen que lo hacen por responsabilidad.

Los otros, apelan al derecho a la privacidad y a poder decidir libremente lo que hacen con su dinero.

Nada nuevo bajo el sol, me responden en un mensaje cuando expreso mi profunda decepción ante estos hechos. Pero yo quiero pensar que incluso para esta profesión en la que la corrupción es el pan nuestro de cada día, hay un suelo mínimo de palabra y de coherencia… y no quiero dejar de indignarme y señalar cada vez que dicho suelo se derrumba.

Los portavoces del PNV han criticado duramente durante los últimos meses la aplicación del artículo 155. El propio Ortuzar señalaba que “la mera existencia del 155 y su aplicación en Catalunya es un ataque también a Euskadi” y no se han cansado de repetir que mientras estuviese en vigor el 155, no iban a pactar con el PP ni apoyar los presupuestos del Estado. Sin embargo, ayer mismo votaba a favor, posibilitando su tramitación en el Senado. No contentos con esto, además lo justifican diciendo que es la forma más eficaz de contribuir al levantamiento del 155.

Caro nos esta saliendo el TAV, que es en realidad lo que está sobre el tablero de juego, porque además de los costes económicos, sociales y ambientales que ya conocíamos, ahora le sumamos el coste de vender nuestra solidaridad con el pueblo catalán.

Por su parte, Pablo Iglesias e Irene Montero se quejan del acoso mediático al que se ven sometidos, de lo cual no les falta razón, y defienden su derecho a poder obrar libremente en su vida privada. Olvidan, sin embargo, que aquello de que lo personal es político tiene múltiples lecturas y que la vida a la que se aspira tiene un fiel reflejo en la casa que uno elige para sí mismo. El “yo con mi dinero hago lo que quiero” tiene los límites de los principios que se dice defender. ¿Acaso un chalet de esas características es algo que se pueda pagar y mantener con una estructura salarial justa y equitativa a la que debería poder acceder toda la población? El mensaje que nos mandan es que podemos codiciar aquello que podemos permitirnos económicamente, sin importar si es acorde a nuestras ideas o si ecológicamente es sostenible. El número de metros cuadrados de su nueva vivienda y el hecho de que ésta disponga de piscina va a aumentar su huella ecológica hasta un punto a todas luces ilegítimo para quien quiere liderar el espectro del centro-izquierda.

No contentos con esto, además, ponen a su servicio uno de los mecanismos de decisión del partido, para que toda su militancia se vea involucrada, al más puro estilo de conmigo o contra mí. Ya puestos, ¿por qué no preguntan si deberían seguir adelante con la compra del chalet o echarse atrás? ¿qué creen que respondería a esto los círculos?

Dice un amigo mío que no se puede ser vegano y tener una carnicería. Efectivamente, hay combinaciones que no pueden ser. No se puede querer defender al pueblo catalán y apoyar a quien le ataca. Y no se puede combatir a la casta y aspirar a vivir como ella.

La palabra y la coherencia deben de ser cosa de pobres, acaso.

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