A consecuencias de la guerra franquista, y la devastación derivada de ella, abandoné junto a mis padres mi pueblo natal, y por razones de trabajo de mi padre,  nos instalamos en Iurreta (Vizcaya). Según me contaron,  yo apenas tenía 4 años.

Allí permanecimos por espacio de 15 años,  en un caserón con planta baja y dos pisos, con tejado a dos agua, y grandes alerones. Convivíamos un total de 10 familias, y allí conocí familias gitanas que con carros cubiertos, tirados por caballos y acompañados de perros que,  sobre todo en invierno y en momentos de tormenta buscaban protección junto a la fachada de nuestra casa y su gran cornisa. Compartíamos espacio y tiempo con ellas, admirábamos sus habilidades con las varas de mimbre, y pericia en el arreglo de paraguas y barreños. No nos extrañaban, rompían nuestra monotonía y eran bienvenidas.

En Octubre de 1975, tras un largo deambular durante 35 años, llegaba con mi compañera a Vitoria-Gasteiz. Unos meses después, enero de 1976, nos sorprendió una huelga que duró hasta mediados de marzo. El transcurso de la misma nos afectó a unos más que a otros y encaramos la situación creando una “caja de resistencia” en apoyo de las personas peor paradas y familias más necesitadas, lo que recuerdo con cierto  orgullo y nostalgia.

De un tiempo acá, cada primer sábado de mes, agrupados en “Gasteiz kantuz”, coral  popular, salimos a la calle y en repetidas ocasiones hemos cantado un poema de Joxan Artze, musicalizado por Mikel Laboa que dice:

“…Batek gose diraueno/ ez gera gu asetuko/ bat inon loturik deino-ez gera libre izango” (si uno no ha comido no nos sentimos satisfechos, si uno está preso no nos sentimos libres).

Todo lo anterior me recuerda a tiempos pasados, a contrapelo con el pensamiento presente y nuestras identidades vinculadas con el consumo, la propiedad… Hoy, no me imagino a los gitanos con sus carromatos protegiéndose del mal tiempo en los soportales de Aranbizkarra, donde vivo, ni a la familia Manzanares Cortés expulsada de Abetxuko acogidas por asociaciones de vecinos de Gasteiz.

Ellos se esconden,  porque nosotros no les queremos ver, y si persistimos en esta actitud vendrán más días malos y temo que quedaremos ciegos sin tener a donde mirar.

“Los escándalos del poder, decía El Roto, corrompen al pueblo llano”. Richard Gere, preguntado que hacía o decía cuando disfrazado de mendigo transitaba por la vía pública en su intento de adaptación al papel de pordiosero en su próxima película, contestó que: nunca fui reconocido, pues nadie dirige la palabra ni le mira a la cara a un pobre.

Recuerdo una viñeta y no a su autor, donde el mendigo dirigiéndose a quién está a punto de darle una moneda le dice, “yo no le pido nada, sólo que me mire”.

Constatamos que el pobre, los superfluos, los no necesarios ni para ser explotados, y quienes su trabajo no les permite vivir dignamente y su exterior delata su situación, devalúan el espacio que ocupan,  afean nuestro entorno clasista y bien-oliente, y no constituyen espejo alguno donde mirarnos.

La corrupción moral, empezó en nosotros cuando los ricos y poderosos se constituyeron en nuestro referente en el consumo, moda, buen vivir, y los pobres y marginados en objetos a esquivar e ignorarlos.

Entre los años 2014-2016, sesenta millones de personas, sin parangón desde la Segunda Guerra Mundial, abandonaban sus tierras, pueblos y países empujados por el hambre y las guerras en un viaje a ninguna parte.  No tenemos dinero para frenar la desigualdad creciente, y hacemos de la Industria Militar, la industria de la muerte, principal fuente de nuestros inventos tecnológicos.

Hemos perdido la fe en nosotros mismos, pero derrochamos dinero, tecnología, sistemas de satélites en red, que localicen los cayucos antes de que toquen nuestras fronteras.

Sobran palabras bonitas y cantos a las apariencias, y de tanto cuidar los envoltorios se nos están echando a perder los contenidos. ¿Qué somos?

Imanol Olabarria Bengoa

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