Y  en  verano,  ¿qué  series  puedo  ver?  Repasamos  el  curso  de  SerialK

Y en verano, ¿qué series puedo ver? Repasamos el curso de SerialK

Juego de Tronos, Peaky Blinders o The Promise son sólo unas de las series que ha analizado Guillermo Paniagua este curso. Análisis sosegados combinados con entrevistas y colaboraciones radiofónicas. 

Una de las novedades del curso 2016 – 2017 ha sido la incorporación de una nueva colaboración escrita cada dos semanas – y mensual en Suelta La Olla en formato radiofónico – que tenía cómo intención desglosar diferentes series con un punto de vista crítico: SerialK. Diferentes análisis que a final de temporada han sido combinados con dos entrevistas: Irantzu Varela y Bingen Mendizabal.

Ahora que el curso termina, las temporadas de diferentes series finalizan – o comienzan, cómo Juego de Tronos el 17 de julio – hemos querido recopilar los diferentes análisis realizados por Guillermo Paniagua en su apartado SerialK.


Juego de Tronos | La serie emitirá su séptima temporada a partir del 17 de julio. Nuestro colaborador la define cómo “una serie que como el invierno ha venido para quedarse. Una ficción que ya ha marcado a una generación como lo hiciera a finales de los 70 otro gran relato icónico, el de Star Wars, escaparate de mundos improbables, guerras imperialistas y tramas familiares freudianas”. 


Utopía | “Una serie de culto que a pesar o, quién sabe si a causa de su hazaña, tras dos inolvidables temporadas sucumbió ante las fuerzas del Sistema: se alegaron dudosos argumentos para explicar la decisión de no renovarla por una tercera temporada”, es difícil encontrar razones de por qué no se hizo una tercera temporada. Mientras tanto, se puede disfrutar de las dos primeras.


Black Mirror | Punto de realismo y punto de fantasía en capítulos intensos. Según Paniagua, “ni fantasía, ni especulación, ni lógica especular, solamente los estragos antropológicos ocasionados por una pantalla omnipresente pero que, una vez apagada, se convierte como por arte de magia en un espejo negro a través del cual podemos vislumbrar la frágil silueta de un cuerpo humano”


American Crime | Dándole la vuelta al famoso “Sueño Americano”, nuestro colaborador le puso a su análisis el título “La pesadilla americana”: “Auténtico torpedo en la línea de flotación del mito fundador de la sociedad estadounidense,  American crime retrata el  sueño americano como lo que es: un mal sueño del que es urgente despertarse”.


Making a murderer |  Es una serie documental de diez horas y repartida en diez capítulos: “Historia kafkiana, tan atrapante como desoladora, donde seguiremos paso a paso el ensañamiento carroñero del  establishment en busca, él también, de resarcimiento”. 


Gomorra | Roberto Saviano, en 2006, escribió Gomorra, y desde entonces vive con escolta permanente. Paniagua cree que de “lo que estamos hablando es del magistral retrato de un cuerpo urbano metastasiado por la guerra”. 


Peaky Blinders | “Impresionante, finalmente, porque son personajes y actores de preocupante humanidad los que encarnan brillantemente esta trama novelesca. Los Peaky Blinders son ante todo, como todo gángster que se precie, una familia: los Shelby”.


The Promise | El sionismo toma protagonismo en esta singular serie que explica a la perfección el ideario sionista. Pero nuestro colaborador avisa: “No nos engañemos, hagamos lo que hagamos la clave seguirá siendo que los y las palestinas sigan contando su historia, fieles al guión delirante de un pueblo que mimaba a sus valles, casitas y olivos”


The Knick | Creada por Jack Amiel y Michael Begle, esta serie narra los pormenores del nacimiento de la cirugía moderna en los albores del siglo XX. “Despliega una exquisita dirección trasladándonos del frío naturalismo gore del bloque operatorio al depravado y almidonado antro de fumadores de opio para terminar arrojándonos a la calles pestilentes de una gran manzana podrida en la que se trapichea cadáveres, concesiones inmobiliarias, parásitos y derechos”.

 

SerialK  |  Bingen  Mendizabal:  “Actualmente  las  series  de  televisión  están  al  mismo  nivel  que  el  cine  o  todavía  más”  |  entrevista  de  Guillermo  Paniagua

SerialK | Bingen Mendizabal: “Actualmente las series de televisión están al mismo nivel que el cine o todavía más” | entrevista de Guillermo Paniagua

En esta nueva entrega SerialK de entrevistas a personas del ámbito de la cultura, de la política y del activismo social de Euskal Herria nos hemos sentado a hablar con el músico y compositor de bandas sonoras Bingen Mendizabal (Gasteiz, 1962). Además de haber sido miembro del grupo Hertzainak y de haber colaborado como músico con diferentes grupos y cantantes (Mikel Urdangarin, La Polla Records, etc) Bingen Mendizabal tiene una amplia trayectoria como compositor de bandas sonoras en películas dirigidas por cineastas de la talla de Juanma Bajo Ulloa, Enrique Urbizu, Montxo Armendáriz, Imanol Uribe, entre muchos otros. Sus composiciones le han valido numerosos premios, como el premio del Circulo de autores Cinematográficos a la mejor banda sonora por Madre muerta en 1994 y una nominación a los Goya 2009 por la banda sonora de El juego del ahorcado.

Para empezar, si te parece, hagamos un pequeño salto a tu infancia y juventud. ¿Qué series veías y cuáles te marcaron?

De mi infancia no recuerdo mucho a decir verdad… Me acuerdo que un poco más tarde, a principios de los 80, ponían Falcon Crest y Dinastía y aunque no me marcaran, sí que las veía. Pero la serie que sin lugar a dudas me marcó y me atrapó fue Twin Peaks. Era muy especial: por un lado, con una parte muy amable, con el agente Cooper que le daba a la serie un lado muy tranquilizador y luego, por otro lado, con la construcción de un mundo, un universo complejo y fascinante. De hecho, se retrataba una cosa que creo que pasa en todos los sitios, en todos los pueblos, que es la doble vida. Por un lado, está la parte superficial, a la vista, donde todo es bonito pero por otro lado aparece esta parte oscura que tienen casi todos los personajes. En Twin Peaks nadie es lo que parece. Me encantaba también la estética del pueblo en una naturaleza muy especial, en un paraje incomparable donde prevalece el aspecto onírico pero también el suspense.

La música, por ejemplo, rompe con todo lo anterior y crea un antecedente, abre caminos y creo que a partir de Twin Peaks se ha empezado a plantear las series de otra forma. ¡Te podría hablar mucho de esta serie… es que David Lynch me parece un genio! Es un cineasta que siempre ha trabajado la parte oscura: los miedos, las ansiedades, la incertidumbre. Por ejemplo, Terciopelo azul, una película estéticamente preciosa y que te mete en otro mundo, fíjate como empieza: un sitio muy idílico en el que empiezan a aparecer cosas extrañas, ¡como ese dedo…! David Lynch es una referencia para muchos directores de cine y yo he ido aprendiendo a base de hacer películas con directores como Enrique Urbizu, Mariano Barroso que me hablaban mucho de Lynch, todos ellos grandes admiradores de su obra.

¿Qué características generales destacarías de la producción actual de series? En tu opinión, ¿qué series recogen de manera más representativa esta nueva forma de entender y de plasmar la ficción seriada?

Yo creo que se ha avanzado muchísimo en las series a todo nivel: técnico, estético, en cuanto a ideas, historias y música. Antes la televisión era como un género menor y ahora creo que está al mismo nivel que el cine o todavía más. Lo bueno de una serie es que se pueden desarrollar los personajes mucho más que en una película. Tiene otra cosa a su favor que es que las series suelen durar como promedio unos 45 minutos y a mí me resulta más fácil, y más teniendo una hija chiquita, ver una obra de 40 minutos que una película de dos horas. Dicho eso, creo que la serie de Paolo Sorrentino, The Young Pope, es una gran muestra de la calidad de la ficción seriada actual. Me parece una serie muy divertida, profunda, estéticamente brutal, en la que puedes reflexionar sobre muchas cosas. ¡Me gusta todo! Me recuerda un poco a Fellini, uno de mis directores favoritos, y la música es genial. Hace un reflexión sobre la Iglesia que creo que hacía falta. Hay películas que trataron el tema pero creo que en esta ahonda mucho más en el papel que tiene la Iglesia, el poder, la corrupción, las contradicciones que tiene, incluso el propio Papa. La Iglesia ha sido siempre una cosa monolítica, con las ideas muy claras y cerradas, y eso no podía sostenerse para siempre. Parece que ahora está cambiando un poco, bueno no sé… con la Iglesia nunca se sabe…

Otra serie que me ha gustado mucho es una de Lars Von Trier, El Reino (Riget). Me encantó este lado un poco esotérico que tiene, la forma en la que está rodada, el tipo de película que han utilizado. Es muy inquietante y plantea muchas cosas; te hace muchas preguntas y es lo que me gusta en el cine y en las series. No me gusta terminar de ver una película o una serie y hacer las típicas valoraciones en caliente sobre tal escena o tal personaje. Me gusta más las reflexiones con tiempo, dejar reposar un poco y luego hablar sobre lo que te ha parecido. En este sentido, creo que muchas series actuales abren muchos temas de debate. Creo que es el caso de otra gran serie, Carnivàle, con el paralelismo que establece entre el mundo real y el mundo del circo, de las ferias ambulantes, y cómo plantea la lucha del Bien contra el Mal. Me gustó todo y en esta serie se ve claramente la influencia de David Lynch.

Luego hay series de humor que me han gustado, The Office, por ejemplo. He visto las dos, la inglesa y la estadounidense. Son buenas las dos. Plantea cosas muy ciertas que suelen pasar en la vida real como, por ejemplo, que es el jefe el más inepto de todos (risas). Debe de ser porque la gente buena, eficiente, no quiere este tipo de responsabilidades (risas). Otra maravilla es Breaking Bad. ¡Qué te voy a decir, está todo bien! El tema me parece muy interesante: alguien que se está muriendo, que trabaja en un instituto y se dedica a hacer metanfetamina pero que la hace como eé cree que se tiene que hacer: hay que hacerla bien. El desarrollo del personaje es muy amplio, me gusta cómo va cambiando y creo que en general es así: la gente cambia todo el rato. Aquí, por ejemplo, en Euskadi el tema de tener la ideas fijas siempre ha sido muy característico y creo que las ideas van cambiando y se puede replantear muchas cosas de lo que piensas.

¿Cuáles dirías que son las principales diferencias entre el cine y las series?

Ahora mismo la diferencia es la duración. Puedes desarrollar mucho más una historia en una serie. En una película tienes que condensar, sintetizar mucho más. Por otro lado, las series las vas viendo poco a poco y te vas metiendo en el mundo más que con una película. De hecho veo películas como si fueran series: veo 40 minutos y el día siguiente lo que me queda. Por ejemplo ahora estoy viendo películas de Kurosawa y las estoy viendo así. Con una película de dos horas de duración estoy un poco incómodo. Creo que la duración perfecta tiene que ser más corta, incluso me gustan series que duran 30 minutos.

¿Cuál dirías que es la función de una banda sonora en una película o en una serie? ¿Cómo se compone?

Dentro del proceso de una película la música es lo último que se hace, que se agrega. La música ayuda a que se entienda mejor la historia, sirve para estructurar mejor el relato. Luego, dependiendo de las películas, la música enfatiza el drama o la dramaturgia y en otras lo alejan. Recuerdo en una película que hice, Los lobos de Washington de Mariano Barroso, una pelea entre Pepe Sancho que hacía de malo y una novia que tenía. La relación se va deteriorando y hay un momento muy duro donde él se pone muy pero muy malo y entonces la idea era que con la música no se acentuase este aspecto sino que encontráramos la música de lo que podría haber sido… La verdad es que funcionó muy bien y es un buen ejemplo de cuando la música se utiliza de manera un poco diferente.

Pero lo normal es acentuar la dramaturgia y como es la última parte del proceso, la música se convierte en una herramienta para llevar la película hacia donde quiere el director. Con ella se puede engañar mucho, se puede manipular a la vez que ayudar a que se entienda la historia. ¡La música tiene mucho poder! Eso sí, hay películas que no tienen música y que funcionan muy bien, y son, creo yo, las que más se aproximan a la realidad.

¿Cómo se logra que la música no le robe protagonismo a las imágenes y viceversa? Es decir, ¿cómo hacer para que la relación música/imagen sea equilibrada, respetuosa y no esté descompensada?

Yo creo que la música nunca debe superar a la historia. Una música, aunque sea muy buena, si te despista de la historia es mala música de cine. Hay casos de compositores como Stravinski que hicieron música para películas pero que no funcionaba porque era tan personal y nueva que te sacaba de la historia. En cualquier caso, creo que ha habido un cambio de cómo se hacía la música en los años 40 y 50 a cómo se hace ahora. Antes, la música de películas, armónicamente hablando, era muy cambiante. Ahora es más sutil, invisible, se utiliza mucho la música atmosférica en la que no haya mucha armonía. Antes era más obvia, ahora es más sutil. En todo caso, lo que tiene que pensar un músico de cine es que forma parte de una estructura, de una idea, de una historia más grande. Y eso lo tienes que tener muy claro. Por ejemplo, es un error de muchos compositores jóvenes intentar hacer una banda sonora para que la gente salga tarareándola…Evidentemente hay casos como el de Paris, Texas de Wim Wenders, donde todo el mundo se sabe el tema principal que está hecho con dos notas y que funciona a la perfección…

Has compuesto la banda sonora de la serie La Regenta. ¿En qué se diferencia el soporte serial del cinematográfico a la hora de componer una banda sonora?

Normalmente en una música para cine hay ciertos temas que se repiten, lo que en la ópera se llama leitmotiv. Así, se asocia una música con un personaje, con una situación, con un paisaje, es decir, con algo importante de la película. En las series es un poco lo mismo, pero lo que pasa es que se repite mucho más. De hecho, en series españolas se hace la música para el primer capítulo y luego ellos te cortan, lo reutilizan y así les sale más barato (risas). Pero bueno, eso no es lo ideal. Lo ideal es aunque se repitan los temas, hacer ciertas variaciones.

En la series actuales, ¿qué te parecen las bandas sonoras? ¿Cuáles destacarías?

En general, en las bandas sonoras actuales se usa cada vez más la música electrónica y, si hay presupuesto, música electro acústica. En ellas encontrarás muchas texturas y no tantas modulaciones y cambios de acordes como las había en producciones anteriores. Como te decía un poco antes, las propuestas musicales actuales son mucho más invisibles, más sutiles. De hecho, se usa mucho el minimalismo porque es música en la que no hay un tema sino que son elementos repetitivos que ayudan a crear un ambiente sin interferir demasiado en la historia. Por ejemplo, la banda sonora de The Young Pope me parece magistral. Tiene una música que le da un toque más ligero, un toque de humor muy importante y que, a la vez, refuerza su lado poético y más profundo.

En cuanto a series, ¿cómo ves le panorama vasco?

Al no hablar euskara he visto muy poco y por lo tanto no me animaría a pronunciarme.

Para finalizar, ¿cómo entiendes la relación entre música y política?

Actualmente se está cada vez más convirtiendo en música florero, en la que no hay crítica. Yo creo que la música y las canciones tienen que ser transgresoras. Lo que me pasa es que cuando pienso en música y política la verdad es que se me va un poco la olla (risas). Por ejemplo, cuando el ex acalde de Gasteiz Javier Maroto hizo las tristemente famosas declaraciones acerca de los inmigrantes acusándoles de aprovecharse de las ayudas sociales, se me ocurrieron muchas cosas para hacer con la música. Concretamente, quería aprovechar de los carnavales en los que salía una carroza de Gora Gasteiz para hacer una cosilla. Normalmente en las carrozas de carnavales llevan música grabada, con bafles y música muy alta, y se me ocurrió plantear una mezcla de músicas diferentes, de diferentes partes del mundo, batucadas y demás. Quería que fuera una cosa con muchísimos músicos, con todas esas músicas diferentes unidas a una gran fanfarre que se llamaría “el fanfarrón” (risas). Al final no salió pero creo que habría sido impresionante ver a tanta gente- la banda municipal, big bands, percusiones de todo el mundo- pero bueno…Y esto tenía un evidente aspecto político. También intenté juntar a los Hertzainak porque siempre han sido muy críticos y son los que “cuidan la ley”, la ley de verdad, no la que nos imponen los de arriba. Para mí era un insulto a la ciudadanía y a Vitoria que se metieran con los más débiles y para colmo que lo hiciera el partido más corrupto del Estado…

Ahora escucho mucho a Cicatriz, La Polla, Hertzainak y creo que son cada vez más vigentes. Al fin y al cabo, yo no creo que la música sea solamente música. Creo que la música es muchísimas más cosas. La música lo es todo.

Para terminar, hablemos serialmente:

¿LA serie?

Twin Peaks

¿LA banda sonora?

La de The Young Pope

¿Una serie militante?

Carnivàle

¿Una serie rancia?

Las series de militares

¿Una serie sofá y manta?

Twin Peaks

¿Una serie inconfesable?

Una que veo con mi hija: 100 cosas que hacer antes de ir al instituto

¿Una serie infumable?

Alguna que otra de Antena 3 o Telecinco…

¿Un personaje para ir de potes?

Saul, el abogado en Breaking Bad

¿Un personaje para un spin-off?

El personaje interpretado por Matthew McConaughey en True Detective

¿El personaje que te gustaría ser?

El Agente Cooper de Twin Peaks

¿Cómo sería la serie “Hertzainak”?

Sería una serie política, divertida, hablaría de todo, de las drogas, del sexo, de música. ¡Sería una serie cojonuda!!

¿La serie que falta por hacer?

Pues, ya que estamos, ¡la serie Hertzainak!

¿Nivel de adicción del 1 al 10?

Si son buenas, 10

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SerialK  |  “Clínica  de  la  razón  impura”-  The  Knick  |  Guillermo  Paniagua

SerialK | “Clínica de la razón impura”- The Knick | Guillermo Paniagua

Con un poco de generosidad se podría entender la histórica tendencia de la ciencia a presentarse como un espacio hermético, impermeable e indiferente a las vicisitudes mundanas, abstraída del mundo para poder abstraer mejor, como el efecto colateral y duradero de una desesperada estrategia de supervivencia desplegada hace ya miles de años. Todo empezó allá por la Grecia clásica cuando una nueva comensal, un poco sosa y tímida, la Razón, lograba hacerse oír e imponerse en un alborotado banquete poblado por locuaces poetas y kuadrillas de fornidos superhéroes. Como era de esperar, estos últimos, enfurecidos tras verse arrebatado el protagonismo, decidieron contratacar, institucionalizándose como opinólogos y obligando a la razón a replegarse y pasar a la clandestinidad. Habría que esperar casi mil años y una durísima travesía del desierto para que unos valientes astrónomos renacentistas, subyugados por la perfección de los movimientos de los cuerpos celestes, decidieran destronar al barbudo -opinólogo en jefe- que se había apropiado ilegítimamente del control de los cielos y dar así a la razón una segunda y definitiva independencia ante los promotores de opiniones y mitos. Había nacido la ciencia moderna. Ahora bien, en esta batalla por desplazar a los regímenes de discurso que durante tanto tiempo habían hegemonizado nuestra capacidad de comprensión e intervención en el mundo, la ciencia no saldría indemne.

En efecto, celosa por obtener el lugar y el reconocimiento merecido, por preservarlo a toda costa, la ciencia tuvo que construirse una coraza, caricaturizar las diferencias existentes con los demás contrincantes y simplificar los términos de una contienda de la que había salido solo parcialmente vencedora. Por un lado y de forma un tanto malagradecida, la ciencia se sintió obligada a olvidar que la todopoderosa capacidad de razonar de la que tanto alardeaba había sido generosamente confeccionada y cedida -al igual que la de opinar y de crear mitos- por la madre naturaleza. Así, con tal de asegurar la especificidad y descendencia de su más preciado tesoro – la razón- la ciencia optó por renegar de sus orígenes naturales. Por otro lado y de forma un tanto sociópata, la ciencia, en su afán por blindar su indudable y privilegiada relación con la verdad, se sintió impelida a ignorar las condiciones históricas en las que los hombres y mujeres habían podido y visto la necesidad de parirla. Así, con tal de asegurar la autonomía y objetividad de su más preciado tesoro- la razón- la ciencia optó por renegar de sus orígenes sociales. En pocas palabras, como consecuencia de una batalla sin cuartel tanto la razón como su expresión social consagrada, la ciencia, un poco groguis de tantos golpes, entendieron erróneamente y curiosamente que su acceso a lo universal había pasado y tenía que pasar por renunciar a su pertenencia al universo. Como si del retorno de los poetas muertos se tratase, The Knick (2014), obra maestra de la nueva narrativa serial, nos recuerda que en verdad ni se tuvo ni se tiene que pagar semejante peaje.

Creada por Jack Amiel y Michael Begle e integralmente dirigida por el reconocido, multigalardonado y el que fuera símbolo en los 90 del cine independiente estadounidense, Steven Soderbergh, The Knick nos cuenta los pormenores del nacimiento de la cirugía moderna en los albores del siglo XX tomando como marco de este difícil parto el tumultuoso hospital Knickerbocker de Nueva York. En una operación simétrica y contraria a la explicada en nuestro boceto introductorio, esta serie se propone mediante una hibridación de géneros narrativos- el de época y el médico- hacerse cargo de la hibridación del género humano -un poco animal, un poco social- presentándola como lo que es: la materia prima, el soporte contradictorio del que dispone la verdad para poder expresarse. Así, seguiremos durante las dos temporadas de esta serie las intricadas relaciones que se establecen entre una sociedad -saturada de racismo, machismo y clasismo- unos personajes -frágiles, crueles y soberbios- y una ciencia- artesanal, despiadada y muchas veces mortífera- sin por ello tener que renunciar a observar a la razón ejercitándose. Una gimnasia intelectual que reluce a veces gracias y otras a pesar de las adicciones y fechorías de uno de los protagonistas, el Dr. John Thackery, impecablemente interpretado por Clive Owen, y en el otro médico, Dr. Algernon Edwards, condenado a ser brillante y negro, es decir, a sobrevivir a base de dar y recibir puñetazos -literales y figurados- en una sociedad, no muy diferente a la actual, donde el color de la piel es sinónimo de desahucio estructural.

En unas escenas de inusual belleza, con una cámara en mano tan febril como el pulso del paciente destripado, con unos grandes angulares y filtros sepias que recuerdan a la inquietante maestría de un Lars Von Trier o de un Sokurov, Soderbergh despliega una exquisita dirección trasladándonos del frío naturalismo gore del bloque operatorio al depravado y almidonado antro de fumadores de opio para terminar arrojándonos a la calles pestilentes de una gran manzana podrida en la que se trapichea cadáveres, concesiones inmobiliarias, parásitos y derechos. Una atmósfera pegajosa y opiácea cuyo pulso se ve marcado por una oscura banda sonora electro minimalista compuesta por Cliff Martinez, ex batería de los Red Hot Chili Peppers, que se ubica junto a las desgarradoras y también minimalistas composiciones clásicas de Max Richter en The Leftovers (2014) y los ritmos tribales de Cristobal Tapia de Veer en Utopia (2013), en la cumbre de la musicalización de la ficción seriada. Sonidos electrónicos que desde su contemporaneidad más radical, es decir, depurados, acuáticos e intrauterinos logran acoplarse coherentemente, tal como un anfibio, a los diferentes ecosistemas que componen esta historia además de lograr retroceder sin anacronismo a tiempos pasados de nuestra Historia. En fin, una muestra más de una universalidad que se puede reivindicar sin complejo y sin tener que renegar ni del tiempo ni de la bestia frágil e iracunda que anidan en ella.

Probablemente semejante hazaña, semejante sobredosis de naturaleza y sociedad inyectada en un relato que aborda las conquistas científicas no podía ser otra que obra de poetas. Esos que como Soderbergh y su equipo, rectificando una enemistad histórica y haciendo buen uso de la capacidad de la  poesía en revelar analogías, son capaces de entender y homenajear el soporte híbrido del que dispone la verdad para poder expresarse al tener ellos mismos una experiencia similar en su praxis, al tener ellos mismos un trato preferencial con otra subyugante síntesis de lo natural y lo social, ese otro universal que llamamos belleza

Guillermo  Paniagua  (SerialK):  “El  género  de  la  mafia,  uno  de  los  mas  visitados  en  el  sector  audiovisual”

Guillermo Paniagua (SerialK): “El género de la mafia, uno de los mas visitados en el sector audiovisual”

En la colaboración de series de este martes en Suelta la Olla hablamos con Guillermo Paniagua sobre “Peaky Blinders” y “Gomorra”, las considera “dos buenas series sobre el género de la mafia, uno de los mas visitados en el sector audiovisual”.

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SerialK  |  “El  hundimiento”-  The  Promise  |  Guillermo  Paniagua

SerialK | “El hundimiento”- The Promise | Guillermo Paniagua

 El pasado 15 de mayo se celebró el peculiar aniversario de una aberración ideológica que, allá por el año 1948 y con el aval de sus tutores occidentales, decidió hacerse mayor y convertirse en una catástrofe política. Aquel día el ideario colonial sionista- “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”- decidía enfrentarse a una realidad un tanto díscola y hacerla entrar una vez por todas en razón. Para ello hubo que hacerse cargo de una población, la palestina, curiosamente empeñada en mantenerse presa de un delirio colectivo que consistía en creerse tan real como los valles, los olivos y las casitas que mimaba desde hacía miles de años. Como los palestinos no se mostraban dispuestos a salir de este sueño grandilocuente, se les impuso una terapia de shock y miles de hombres y mujeres fueron masacradas o expulsadas de su territorio. El pasado 15 de mayo mientras se rememoraba el inicio de esta limpieza étnica, la Nakba, miles de delirantes palestinos, presos por creerse hijos, nietos o bisnietos de aquellos aún más delirantes pobladores que se habían empeñado en existir, se encontraban en huelga de hambre con el fin de denunciar las inhumanas condiciones de encarcelamiento que el Estado de Israel, fiel a su terapia de shock, les impone. 

Siguiendo a Marx, es difícil saber si esta repetición de la historia se encuentra en su momento trágico o farsante, pero lo cierto es que se repite y que The Promise (2011), miniserie británica creada por Peter Kosminsky, se hace brillantemente cargo, políticamente y narrativamente, de esta reiteración. Al igual que lo consiguiera Juan José Campanella en Vientos de Agua (2006) serializando las crisis económicas y políticas de ayer y hoy como principal generador de los flujos migratorios, Peter Kosminsky narra la historia actual de la ocupación de los territorios palestinos y de la violencia que la apuntala mirando en el espejo de la historia de su gestación. O, mejor, más que acudir a un pasado monolítico y omnisciente que iluminaría unilateralmente el presente, se trata de establecer un diálogo entre dos puntos de la Historia que no terminarán de existir plenamente sin la complicidad del otro. Una complicidad que en esta serie toma la forma de diálogo intergeneracional entre una joven londinense, Erin, de viaje veraniego en tierras palestinas y Len, el joven que alguna vez fue su abuelo militar enviado en 1947 de misión a este territorio. Un diálogo que una vez más, como si fuera la continuación de las monstruosidades contadas por Ana Frank, tiene como facilitador un diario íntimo que llegará a las manos de la protagonista justo antes de su viaje y en el cual su abuelo recogía su traumática participación en la liberación de los campos de concentración en la Alemania Nazi y una no menos desgarradora experiencia vital durante su posterior traslado a tierras palestinas bajo Mandato británico.

A partir de ahí empezará el viaje iniciático de una joven que como muchas personas desconoce tanto el pasado de sus parientes más cercanos como el presente de un mundo en el que Palestina, sin quererlo ni haber pedido nada, sigue jugando un papel tan sintomático como determinante. En este pequeño espacio donde la Historia se acumula a borbotones y la geopolítica se cocina a olla a presión, la joven Erin se zambullirá en un curso acelerado de senderismo existencial. Suerte de pequeño islote histórico emocional, de eslabón perdido en busca de una filiación truncada por los dispositivos ideológicos hegemónicos que nos mantienen atrofiados afectiva y políticamente, ausentes del presente y en ausencia de nuestro pasado, la joven protagonista simboliza, con todas sus contradicciones, un malestar estructural sacudido por una bofetada coyuntural. La suya, la bofetada, facilitada por lo que bien podría ser considerado la biblia del to be continued, el relato serial por excelencia: el diario íntimo. La nuestra, la hostia, por una propuesta seriada que, gracias a un riguroso trabajo de documentación y un excelente guión, logra construir una gran saga histórica, político-intimista, articulando eficazmente dos miradas en un mismo eje narrativo. Así, las vivencias del entonces joven militar cuyas tareas y amores se toparán con la dura realidad de una pasiva complicidad británica con las barbaridades cometidas por la organización sionista armada Irgún, se superpondrán con gran naturalidad -política y narrativamente hablando- al desconcierto de Erin ante el actual régimen de apartheid donde el fundamentalismo sionista, retratado en unas durísimas escenas en Hebrón, cohabita con un desacomplejado clasismo supuestamente progresista expresado por la calma opulencia de la mansión israelí en la que la joven se hospeda.

Junto a este minucioso retrato de la continuidad histórica de la negación total y absoluta del Otro, principio clave del dispositivo colonialista, los planos de esta serie no omiten recoger con toda su crudeza la respuesta de los y las palestinas, una reacción tan desesperada como desesperante es su situación. Es decir, una apuesta en escena que logra escapar de la trampa intelectual y política de la insufrible equidistancia y que, como era de esperar, le ha valido a la serie duras críticas por parte de amplios sectores que siguen ignorando que la equidistancia, ni siquiera en física, asegura la conquista del tan preciado equilibrio. En efecto y con perdón, en física, el punto de equilibrio coincidirá con el punto equidistante sólo en el caso de un cuerpo cuya masa sea repartida de manera homogénea. En caso contrario, ubicarnos a nivel de este punto no hará más que inclinar la balanza hacia la parte del cuerpo de mayor peso. Y en política pasa lo mismo. La equidistancia tendrá sentido y se defenderá a capa y espada cuando el cuerpo social no esté descompensado, cuando la equitativa distribución social del poder y de la riqueza esté a la orden del día. Mientras, defender la equidistancia no hará más que mantener a flote una situación de injusticia estructural, decisión tan aberrante como la de unos pasajeros de un barco yéndose a pique que optasen por dirigirse al centro de la cubierta para poner remedio a la tragedia.

A pesar de su valiente crítica a la continuidad histórica de una injusticia sin parangón, del retrato sin concesiones de la desazón de una juventud vaciada de referencias familiares y políticas, The Promise no realiza ningún milagro por más Tierra Santa que sea el marco de la historia que relata. Una simple bofetada decíamos, pero que quizás junto a tantas otras propinadas en la literatura y en el cine, como por ejemplo las de Gillo Pontecorvo en sus demoledores películas anticolonialistas Queimada o La batalla de Argel, ayude a despertar y reubicar a algunos pasajeros desorientados de un barco, el de la intencionadamente mal llamada “civilización occidental”, que se hunde miserablemente. En cualquier caso, nos nos engañemos, hagamos lo que hagamos la clave seguirá siendo que los y las palestinas sigan contando su historia, fieles al guión delirante de un pueblo que mimaba a sus valles, casitas y olivos.

 

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SerialK  |  Irantzu  Varela:  “En  las  series  están  empezando  a  caber  los  relatos  no  hegemónicos”,  una  entrevista  de  Guillermo  Paniagua

SerialK | Irantzu Varela: “En las series están empezando a caber los relatos no hegemónicos”, una entrevista de Guillermo Paniagua

Como anunciábamos en el primer artículo de este blog, el objetivo de SerialK consiste no solamente en ofrecer análisis de las series que a nuestro parecer destacan en el actual mundo de la ficción seriada sino también en recoger las opiniones y valoraciones de personas del ámbito de la cultura, de la política y del activismo social de Euskal Herria acerca de este fenómeno socio-cultural.

Nuestra primera entrevistada es Irantzu Varela (Portugalete, 1974), periodista y activista feminista radical, miembro del espacio de creación, aprendizaje y acción feminista Faktoria Lila, presentadora del programa “El Tornillo” y autora del documental “El nunca me pegó”.

Antes de entrar en el análisis del fenómeno serial actual me gustaría que nos fuéramos unos cuantos años atrás y que nos contaras qué espacio e importancia tuvieron las series en tu infancia y adolescencia. ¿Cuáles veías? ¿Qué balance haces de aquellas propuestas y del impacto que tuvieron en tu vida?

He visto las mismas series que ha visto toda mi generación: las que emitía un único canal y que, además, sólo lo hacia por la tarde. Empezamos con La casa de la pradera y aunque quedaría muy bien que te dijera que Twin Peaks marcó el punto de inflexión (es innegable la calidad de su guión, de su producción, de la iluminación, etc.), creo que la serie que marcó realmente a toda mi generación es Sensación de vivir. De hecho, en una noche de cañas con unas amigas hemos llegado a la conclusión de que estamos ahora como estamos, desde el punto de vista de los valores capitalistas y heteropatriarcales, por Sensación de vivir (risas). Porque nos enseñó, nos creó deseos de ser personas horriblemente frívolas, con preocupaciones superficiales y la verdad es que la gente de mi edad que no veía esta serie era porque vivía en un pueblo en el que no llegaba el dichoso canal o, directamente, porque vivía en un caverna… La veías aunque fuera solamente para tener conversación, lo cual es horrible pero también demuestra que se puede empezar fatal y después dar guerra… Si la serie que me marcó es Sensación de vivir, pues ¡imagínate! (risas), todo tiene arreglo…

Está claro que, en gran medida y como en otras propuestas artísticas y culturales, las series han vehiculizado y apuntalado valores acordes con los patrones ideológicos capitalistas heteropatriarcales dominantes. ¿En qué medida crees que en esta nueva edad dorada de la series se está cambiando de enfoque? En tu opinión, ¿qué series encarnan este cambio?

Tengo claro que se está dando un cambio de calado. Es verdad que ves las series que Netflix te impone pero, al final, cada cual puede eligir. Creo que la experiencia con las series actuales depende, evidentemente, de qué serie ves pero, desde luego, en las que estoy viendo últimamente noto un cambio brutal.

Primero, hace tiempo que se están produciendo series con una perspectiva de género soportable, cosa que no era habitual. Incluso en las más comerciales y conocidas. Seguramente seré yo, pero, por ejemplo, Juego de Tronos es la demostración de que los hombres sois idiotas y que la humanidad sobrevive gracias a los no-hombres: los enanos, los bastardos y las mujeres. Ayer por ejemplo me vi entera Big Little Lies, una serie con relatos protagonizados por mujeres con otro perfil que el de las protagonistas de Sexo en Nueva York (que en su momento también fue un punto de inflexión), o Black Mirror, con la que tuve la misma sensación que la que tenía con doce años cuando veía La bola de cristal cuando te decían “si no se te ha ocurrido nada tal vez tendrías que ver menos la tele” o “si no quieres ir como estos, ¡lee!”. ¡Que la tele te dijera que no vieras la tele o que leyeras me parecía muy loco! Pues Black Mirror me parece algo parecido.

No sé si es que están cambiando el relato mundial y que esto es el principio de un nuevo orden. No creo, aunque hay días que soy más optimista que hoy y pienso que sí… Lo que está claro es que en las series están empezando a caber los relatos no hegemónicos. Los relatos de hombres blancos heterosexuales brutos que lo solucionan todo con violencia se han acabado. La masculinidad ya nos la han contado de todas las maneras posibles y por haber. Por ejemplo, Juego de tronos parece una serie de machotes y ¡qué va! Para mi hay una crítica a la masculinidad y al poder muy grande. Pero también depende de cada cual cómo la mire y seguramente algunas personas escuchándome pensarán que estoy flipada (risas). En el caso de Black Mirror, o no la entiendes o ves claramente que tiene una critica brutal, como a la gordofobia y a la heteronorma entre otras muchas cosas.

“Hace tiempo que se están produciendo series con una perspectiva de género soportable, incluso en las más comerciales y conocidas”

Hablando de relatos no hegemónicos, ¿qué te parece la serie Orange is the New Black?

Como muchas otras series ha ido perdiendo fuerza con el transcurso de las temporadas pero hay una cosa que es buenísima: solo salen tías y los pocos hombres que salen son idiotas y eso nos encanta a las tías porque estamos cansadas de haber visto tantos relatos en los que los protagonistas son tíos y en los que las pocas tías que salen son idiotas. Además, en esta serie tienes visibilidad lésbica, crítica de clase y de raza, eso sí, con brocha gorda, pero creo que es una serie a recomendar.

¿Y Girls?

Para las que hemos visto Sexo en Nueva York es muy dura ya que es parecida pero en una versión amarga. En Sexo en Nueva York, en aquel entonces, todo era dulce… En cualquier caso, es la prueba que el mundo esta cambiando: las tías protagonistas de los 90 eran las de Sexo en Nueva York, ahora son precarias, gordas, nada les va bien y no tienen zapatos último modelo…

¿Y Transparent?

Me parece un flipe aunque la presencia de la religión en la familia a mí me sobra. En todo caso, es una serie brutal, ¡además todo el mundo se hace bollera! (risas).

Y para terminar, ¿Mad Men?

Creo que es la primera serie que yo haya visto donde se nota que hay guionistas mujeres y que se han leído la Mística de la feminidad de Betty Friedan. El papel de Betty, la mujer de Don Draper, y el papel de Peggy, la secretaria que empieza escribiendo a máquina y acaba como creativa publicista, son ejemplos de manual del feminismo de la primera hora. En Mad Men lo de “el malestar que no tiene nombre” que indentificaba Betty Friedan se describe extremadamente bien. Además, me parece muy honesta ya que es un mundo protagonizado por hombres pero en el que las mujeres no son comparsas ni excusas; tienen, desde su falta de protagonismo, su propio protagonismo y eso me parece muy real.

Para ti, ¿cuáles son las razones de este cambio en los tipos de relatos?

Pues que cada vez nos tragamos menos el discurso hegemónico. La mayoría de la gente no es un hombre heterosexual con una casa en las afueras con piscina. Ya no nos tragamos relatos protagonizados por seres que no somos. Las minorías, lo disfuncional y los márgenes interesan. En cambio, las series del relato hegemónico son aburridísimas. Se acabó, ¡ya lo han contado todo!

¿Cuáles son las limitaciones de este cambio? Es decir, en términos cualitativos, ¿qué elementos brillan por su ausencia desde una perspectiva feminista y anticapitalista?

No lo sé, depende. Pero por ejemplo a Black Mirror no le falta casi nada. De hecho, siempre me pregunto quién ha sido la mente malvada escondida atrás de ella. ¡Los guionistas de esta serie están maquinando algo seguro! (risas). En cualquier caso, creo que en general el problema es que las series, como pasa en otros ámbitos, incorporan una perspectiva y no incorporan otras. En este sentido Transparent me parece demasiada “judía y blanca”, y en general, en muchas series las feministas representadas suelen ser un poco blancas o un poco racistas… Además, casi siempre pertenecen a la clase media alta. Por ejemplo, en Black Mirror parece que todo el mundo vive en una situación bastante acomodada y yo no me creo que en una distopía cercana las cosas sean así. Por lo tanto, diría que todavía nos cuesta contar la precariedad y los márgenes. Creo que se sigue pensando que para encontrar a gente que tenga vidas interiores lo suficientemente ricas como para alimentar un buen guión hay que ir a buscarlas en el seno de la burguesía. Es como si los pobres sólo estuviesen preocupados por comer…Creo que esto es un planteamiento muy clasista.

Por otro lado, íntimamente relacionado con el papel de la mujer, ¿qué tipo de masculinidad se plasma en las propuestas seriales actuales?

El gran cambio es que la masculinidad hegemónica aparece como algo destructivo. Como en Don Draper de Mad Men, un hombre que podría aparecer en un anuncio de colonia, hombre exitoso que tiene a la mujer guapa, a la amante bohemia etc. y, sin embargo, queda muy claro que es destructivo, que su peor enemigo es él. ¡Y lo hombre que es! En Los Soprano, es un mafioso de Nueva Jersey y pasa exactamente lo mismo. En Juego de Tronos, donde se muere cualquiera y donde se rompen todos los esquemas, llegué a la conclusión de que los únicos que sobreviven, los únicos que tienen un relato que podríamos llamar de “triunfo” son los no-hombres: son las mujeres, el enano y el bastardo. Las mujeres están colocadas en el espacio secundario que muy probablemente tendrían en este mundo en el caso en que hubiera existido, pero desde allí son capaces de generar las estrategias para sobrevivir y, no sé si es la palabra, para triunfar. A mí, Cersei Lannister de Juego de Tronos me parece el gran descubrimiento. Y también Claire Underwood de House of Cards: según va evolucionando la serie, a su marido presidente ¡se lo va comiendo con patatas! De hecho, me quedo con su gran frase: “Estoy harta de intentar ganarme le corazón de la gente”. ¡Qué miedo! ¡Hay que hacer una Cersei Underwood o una Claire Lannister, es urgente! (risas). Además, mientras su marido Frank Underwood va envejeciendo, ella va criogenizándose. ¡Es espectacular! Hace diez años este personaje habría sido quizás no imposible pero, eso sí, el personaje más odiado del mundo. Y ahora queremos sus vestidos y su corte de pelo. ¡Todas queremos ser Claire Underwood! (risas)

“El gran cambio es que la masculinidad hegemónica aparece como algo destructivo”

En la última entrega de SerialK analizábamos la serie Peaky Blinders y enmarcábamos su personaje principal, Thomas Shelby, como una muestra portentosa del auge de los antihéroes masculinos. ¿Cómo valoras este fenómeno que viene desarrollándose en las últimas décadas (desde Homer Simpson, pasando por Tony Soprano, House, Dexter, Walter White de Breaking Bad, hasta el mismísimo Don Draper)?

Decía Tolstoï que las familias interesantes son la familias anormales; las normales, en cambio, son todas igual de aburridas. Las historias interesantes son las de gente con secretos, con personajes magnéticos que son capaces de gustarte aunque sepas que no te tienen que gustar. Al fin y al cabo, alguien seductor es alguien que no tiene los elementos objetivos para gustarte pero que te gusta. Por ejemplo, con Don Draper, aparte de guapísimo, sabes desde el principio que este tío tiene algo oscuro. No es el señor con el que quieres que tu hija tenga hijos, es el señor con el que te quieres escapar. Es un poco el mismo fenómeno que con las “femmes fatales”, pero en hombres. Ellos, en vez de tirar de una energía sexual tiran de otra. Por ejemplo, Tony Soprano, se suponía que pillaba mucho pero es un horror físicamente. El hecho es que la mayoría nos lo hubiéramos follado, no al actor sino a Tony Soprano (risas). En pocas palabras, los personajes que encarnaba Rock Hudson, actor estadounidense gay de los años 50 (un actor muy guapo y que hacía siempre de bueno, un poco como Gary Cooper) hace mucho que no molan.

Con respecto a las series vascas, ¿cuál es tu opinión?

La verdad es que no he visto muchas pero creo que hasta ahora no se ha intentado hacer algo con una calidad artística mínima. No sé…

Y, en general, en la producción cultural y artística vasca, ¿cómo ves la situación?

Creo que la cultura vasca ha sido monopolizada por un determinado tipo de temas muy relacionados con nuestra coyuntura y que nos falta darle un meneo a otros asuntos. Por ejemplo, hay pocas producciones culturales vascas y menos en euskara que hablen de racismo, no sé… Nos hemos centrado tanto en los temas que nos han movido como sociedad que tenemos pendientes nuevas problemáticas. Aun así, para ser una cultura pequeña, se trabaja mucho y bien: hay un montón de escritoras, de cantantes, de bertsolaris dándole vueltas a los temas de actualidad.

Antes de finalizar, me gustaría que hicieras una reflexión sobre la articulación entre arte y política. En tu opinión, ¿qué criterios tendría que reunir una obra, en este caso audiovisual, para aportar a la causa emancipatoria?

Creo que todo depende de lo que quieras contar. Si haces, por ejemplo, una obra de teatro es para contar algo y lo que marcará la diferencia es lo que quieras contar. Hay muchas artistas que son feministas y que hacen arte feminista pero que no les gusta que se les llame “artista feminista” ya que prevalece lo de “feminista” sobre lo de “artista”. Pero después, en el relato que nos ofrecen la perspectiva feminista es total. Por lo tanto, lo importante, como decía, es lo que quieras contar y eso no tiene normas claras. Cada vez que alguien ha hecho una aportación real ha contado lo que quería contar y no lo que creía que la gente quería que le contase. En todo caso, la noción de “arte emancipatorio” me chirría y me preocuparía mucho que cuando alguien escribe un poema lo haga para que sea una herramienta política. Me parece peligroso, para el arte sobre todo. Lo que sí pasa es que hay muchas cosas que se hacen porque existe la necesidad de contar una historia, una historia que acaba convirtiéndose en una herramienta política gracias a que la gente se apropia de su significado.

Para terminar, hablemos serialmente:

¿LA serie?

Los Soprano

¿Una serie militante?

Black Mirror

¿Una serie rancia?

House

¿Una serie sofá y manta?

L World

¿Una serie inconfesable?

Sexo en Nueva York

¿Una serie infumable?

La que se avecina

¿Un personaje para ir de potes?

Samantha de Sexo en Nueva York

¿Un personaje irresistible?

Shane de L World

¿Un personaje para un spin-off?

Jennifer Melfi, la psicóloga de Los Soprano

¿El personaje que te gustaría ser?

Una mezcla de Cersei Lannister y Claire Underwood. Es decir, Cersei Underwood.

¿La banda sonora para escuchar en bucle?

La de Big Little Lies

¿VOS o doblada?

En VOS aunque no lo haga siempre.

¿La serie que falta por hacer?

Raíces (1977), serie que trata el tema de la esclavitud, pero desde la perspectiva de las mujeres negras. La serie se llamaría algo así como “Raíces, ellas”.

¿Nivel de adicción del 1 al 10?

Yonki total: 9,5

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SerialK  |  “Felices  las  perdices”  –  Peaky  Blinders  |  Guillermo  Paniagua

SerialK | “Felices las perdices” – Peaky Blinders | Guillermo Paniagua

Erase una vez una ciudad donde llovía cenizas. Decían que este extraño suceso meteorológico se debía al hechizo con el que un monstruo- por nadie nunca visto pero por todos padecido- había querido castigar a una comunidad propensa, según él, a la holgazanería y al golferío. Los conocedores afirmaban que en los libros doctos la bestia era definida como Revolución Industrial; otros, más diletantes, decían haber oído que se hacía llamar Capitalismo. Fuera cual fuese su nombre, lo cierto es que todas las noches, a caballo o motorizado, un joven y elegante príncipe, progenie de la bestia, se habría paso por la calles atiborradas y pestilentes de la urbe para recordar a la plebe que el monstruo seguía enfadado y que además había venido para quedarse. Cumpliendo con la liturgia de rigor, se adentraba en la taberna consagrada y brindaba, fumaba y lo que hiciera falta para ejercer su papel de mensajero y predicador de las tinieblas. Allí, si algún comensal se atrevía a cuestionar su cometido, con un gesto diestro se desprendía de su gorra y, de un ataque fulgurante, las cuchillas escondidas y cosidas en la visera de su txapela se encargaban de rajar los globulitos frontales y mirones con los que el inconsciente había osado desafiarle. Así todo, más allá de los percances de turno, el mayor problema de este truculento personaje era que un foráneo reivindicaba también la misma estirpe bestial y, por tanto, cuestionaba la legitimidad de su paseos nocturnos y trifulcas varias. Aquel intruso, un hombre de la ley y la guerra, sostenía que el hijo de la bestia era él y, por consiguiente, que era el único encargado de asegurar su veneración. Así fue como, en el nombre del padre y de quién era el hijo, la guerra se había adueñado de la ciudad. Desde aquel entonces se podía escuchar a lo lejos a la bestia regocijándose ante un escenario en el que las únicas criaturas que vivían felices, jugueteando entre copos de cenizas, eran las perdices ya que la plebe demasiada absorbida en intentar sobrevivir entre fuegos cruzados no encontraba tiempo ni para comérselas.

Este pequeño relato introductorio improvisado, guiño cómplice a la intertextualidad tan característica de la narrativa serial contemporánea- es decir, este jugueteo e intercambio de cromos o cromosomas entre textos y relatos diversos que terminan fusionándose en el brazo que da cuerpo a toda obra- podría haber sido el cuento a través del cual la dura realidad de la ciudad obrera de Birmingham y de su famoso gang mafioso- los temidos Peaky Blinders- era reinterpretada para los oídos del niño que alguna vez fue Steven Knight, el creador de la serie británica que aquí nos ocupa, Peaky Blinders (2013). En una entrevista concedida a un semanario francés afirmaba que «Peaky Blinders es una suerte de cuento de hadas. Su trama nació de las historias que mis padres me contaban cuando era pequeño. Vista desde la perspectiva de un niño, esta realidad criminal y épica se tiñe de un velo mitológico. Todo se hace más grande más impresionante, más bello». El caso es que, fruto de un hechizo benigno o no, no queda duda alguna de que Steven Knight ha conseguido crear una obra a la altura de su fantasía infantil. Peaky Blinders es grande por su capacidad de abarcar y articular eficazmente diferentes géneros narrativos; es bella por su irreverencia formal y es impresionante por sus personajes que imprimen profundas huellas tanto en el celuloide como en el populoso mundo de los seres ficcionales.

Grande, decíamos, porque no contenta de integrarse con brillo y fantasía a la concurrida lista de grandes relatos seriales mafiosos (Los Soprano, Boardwalk Empire, Gomorra), Peaky Blinders coquetea a su vez con la crónica socio-histórica en una Inglaterra deprimida de entre guerras donde los supervivientes desquiciados de las trincheras conviven con los combatientes de una Irlanda en guerra de liberación, con militantes comunistas perseguidos o con contrarrevolucionarios rusos en exilio conspirativo. Por si fuera poco, este híbrido serial o cuento mafioso de época no duda en recurrir a otro género, el del western con sus calles inquietantes donde los villanos de siempre se enfrentan en duelo bajo los ojos atentos de un implacable sheriff flanqueado por un sacerdote poco ortodoxo, con sus saloons jocosos donde borrachos y prostitutas cohabitan ante una misteriosa camarera, testigo privilegiada de unos jolgorios irremediablemente interrumpidos por silencios y miradas que anuncian una inminente irrupción violenta.

Bella, remarcábamos, porque esta narración híbrida no cuajaría sin el esmero fotográfico y la atrevida banda sonora que atraviesa con oscuro lirismo esta gran obra. Como lo hiciera magistralmente la iconoclasta serie de Steven Soderbergh, The Knick (2014), apostando por la música electrónica como improbable hilo director de un relato de época ambientado en un hospital neoyorquino de principios del siglo XX, aquí les toca a PJ Harvey, The White Stripes y a Nick Cave musicalizar con un rock áspero las épicas y fantasmagóricas escenas, cuidadosamente filmadas y texturizadas, de esta gran serie. Si cada capítulo de la serie italiana Gomorra finalizaba, como apuntábamos en otro artículo, con un mismo envolvente y aéreo tema electro rock, en Peaky Blinders es el inicio de cada episodio el que recoge ritualmente un portentoso tema de Nick Cave & The Bad Seeds, Red Right Hand. Una composición que, contrariamente a su prima etérea italiana, apuesta por lo terrenal, lo polvoriento, suerte de prolegómeno épico y tarantinesco, toque de corneta que anuncia los excesos que estamos por presenciar.

Impresionante, finalmente, porque son personajes y actores de preocupante humanidad los que encarnan brillantemente esta trama novelesca. Los Peaky Blinders son ante todo, como todo gángster que se precie, una familia: los Shelby. Por un lado, tres hermanos visceralmente unidos y enfrentados: John, el joven frívolo e indisciplinado; Arthur, el mayor, irascible, tosco y deprimido y Thomas, el mediano, cuyos afilados pómulos y estratagemas le han valido el papel de líder de la manada. A estos tres secuaces se le añade la hermana distante y comprometida, Ada, única forma de cauterizar la sangrienta herida socio-afectiva en medio de tanta violencia patriarcal y, finalmente, la tía Polly, lúcida regidora que trata a duras penas de superar una maternidad truncada a la vez que los derrapes de la economía familiar. Unos personajes, todos ellos, de gran espesor psicológico y en el caso del protagonista, Thomas Shelby, de aplomo cinematográfico rara vez visto. Interpretado por Cillian Murphy, actor irlandés que se hiciera famoso por su papel en Batman Begins (2005) y que consagraría su trayectoria con su trabajo en la película de Ken Loach El viento que agita la cebada (2006), el inmenso Thomas Shelby dialoga inevitablemente con otro gran personaje, él también autoritario, brillante y oscuro, fumador empedernido, de voz cavernosa y belleza insultante, icono indiscutible de la ficciones seriales contemporáneas: Don Draper de Mad Men (2007). Actores o personajes- difícil pronunciarse- de carisma centrípeta que engullen insaciablemente planos y miradas como si de agujeros negros se tratase. Actores o personajes que quedarán para la posteridad como artefactos culturales tan ideológicamente preocupantes como narrativamente fascinantes.

En suma, con Thomas Shelby Peaky Blinders confecciona un nuevo superantihéroe y se lo ofrece generosamente al universo de la ficción serial, aquel mundo paralelo en el que, como en la vida real, viven felices sólo las perdices.

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SerialK  |  “Il  Trono  di  Spade”  –  Gomorra  |  Guillermo  Paniagua

SerialK | “Il Trono di Spade” – Gomorra | Guillermo Paniagua

En lo que sigue siendo una de sus definiciones canónicas, el sociólogo alemán Max Weber afirmaba que el Estado es “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima […] El Estado es la única fuente del “derecho” a la violencia”. Si bajamos un poco el nivel de abstracción y precisamos que todo ello se instituye con un fin tan concreto y mundano como el de blindar los intereses de una minoría dominante- aquella que se presenta con éxito como comunidad cuando no es más que una ínfima parte de ella- entenderemos por qué el éxito de la novela publicada en 2006 por Roberto Saviano, un joven periodista italiano, le ha valido el dudoso honor de tener que vivir bajo escolta permanente. En efecto, son cosas que pasan cuando, para escribir una novela, uno se introduce furtivamente -sin el debido visado- en las comarcas de un mini Estado todopoderoso, buque insignia del patriarcado, de tronco medieval territorialmente enraizado pero con ramificaciones turbocapitalistas trasnacionalizadas, y decide además husmear diligentemente en sus oscuros negocios. No nos confundamos: el objeto de estudio de aquel libro, Gomorra, no es el Vaticano sino la Camorra napolitana.

En cualquier caso, no contenta con su hazaña libresca, Gomorra volvió a las andadas con una adaptación para la gran pantalla que le valió el premio del jurado del Festival de Cannes 2008, pasó por las tablas del teatro y, como colofón de su valiente recorrido, se serializó en el año 2014 convirtiéndose en una de las grandes narraciones de la televisión europea actual. Pero, inverosímil como pueda parecer, con las dos temporadas emitidas hasta ahora Roberto Saviano ha logrado algo aún más atrevido que desollar la bestia camorrista: consiguió el tour de force artístico de ofrecernos un Juego de Tronos en su versión neorrealista italiana.

En efecto, más allá del origen novelístico y del éxito social y comercial que comparten las dos series, ambas obras beben fundamentalmente de una misma fuente tan clásica, actual y narrativamente eficaz como son los entresijos palaciegos y los campos de batalla donde el poder se reproduce. Ese poder político de una nobleza que anida en palacetes tan solemnemente oscuros como sobreactuadamente chispeantes son las mansiones de la lumpen-burguesía napolitana; ese mismo despotismo medievalesco donde la fórmula química gramsciana de composición molecular del poder -equilibrio dinámico de consenso y coerción- parece no aplicarse del todo cuando se dispone de ejércitos o sicarios, de dragones o AK-47s, de carabelas o 4X4s blindados.

Un poder, por lo tanto, que Gomorra presenta crudamente en sus violentas manifestaciones estéticas y sociales al hilo de un relato coral- mucho menos barroco que el de su prima estadounidense, neorrealismo oblige- adentrándose en la disputa de un territorio desolado de los suburbios napolitanos por parte de dos familias camorristas y centrándose en las desavenencias internas a una ellas, el clan de los Savastano. Porque, como en Juego de Tronos –Il Trono di Spade en su edición italiana-, el problema no reside únicamente en saber qué familia se hará finalmente con el trono sino en dilucidar, tema más delicado aún, quién es el legítimo candidato a suceder a una cuestionada jefatura familiar. Para ello los lazos de sangre son tan necesarios como imprescindible es la capacidad de ejercer el poder sin que te tiemble el pulso, peculiaridad que no le suele suceder al hijo de sangre pero si al tercero en discordia. Así es como a la eficacia narrativa de optar por filmar la mecánica del poder político Gomorra le suma, al igual que Juego de Tronos, la siempre atrayente erótica del poder simbólico al movilizar arquetipos más anclados si cabe en nuestro imaginario colectivo. Y es que, resultado explosivo de un atrevido cruce mendeliano entre las familias Stark y Lannister, los Savastano se construyen ellos también según el patrón que dicta la Trinidad, encarnando unos personajes complejos que le dan a esta serie, haciéndole honor a la famosa ciudad de la que toma el nombre, grandes momentos de tragedia bíblico-edipiana.

Bíblica, ya que por un lado tenemos el Padre ubicuo y omnipotente, don Pietro Savastano, tan aguerrido como Lord Tywin Lannister y desoído como Ned Stark; por otro lado, el Hijo sacrificado que tendrá que resucitar, Gennaro Savastano, mezcla del milagroso Jon Snow con el regicida Jaime Lannister y, finalmente, el Espíritu Santo clarividente y despechado, Ciro “el inmortal”, cruce del carnal estratega Tyrion Lannister con el gélido joven visionario Bran Stark. Edipiana, ya que en estas series para salvar a la familia el Padre tiene que morir o, más bien, el hijo tiene que matarlo.

Pero el verdadero catalizador de todas estas tramas y que se convierte sin lugar a duda en el personaje principal, avasallador como ninguno y colosalmente carismático, es el propio territorio. Sin nada que envidiarle al imponente Desembarco del Rey ni al infinito Muro que la Guardia de la Noche custodia desde milenios, el barrio de Scampia y sus impresionantes bloques de hormigón donde malviven familias hacinadas, con pasarelas comunicantes incluidas, se impone monstruosamente como el eje narrativo de esta gran serie italiana. De improbable arquitectura triangular que recuerda a la forma de las velas de un barco- lo que les ha valido el nombre de Vele di Scampia-, y literalmente carcomidos por los efectos de la droga, estos edificios simbolizan los restos de un naufragio social de cuyos supervivientes los magníficos planos aéreos y panorámicas generales nos cuentan la historia. Una vida que en los atardeceres, bulliciosos y sofocantes, recuerda a los vaivenes de las multitudes cacofónicas en la Torre de Babel. Una vida que por las noches, irregularmente iluminadas e indómitas, se asemeja, si me permiten la licencia, a los misteriosos quehaceres de lo que quedaría de una tripulación alienígena en su destartalada nave espacial abandonada y fosilizada, muestra arqueológica de una misión interestelar fracasada por haberse topado con unos anfitriones menos civilizados de lo esperado. En cualquier caso, de lo que estamos hablando es del magistral retrato de un cuerpo urbano metastasiado por la guerra. Acaso habría que remontarse a una de las obras maestras del neorrealismo italiano, Alemania, año cero (1948) de Roberto Rossellini, para encontrar un precedente donde la arquitectura demolida expresa mejor que cualquier otro personaje la desmesurada sinrazón de un sistema criminal.

Para terminar, no nos queda más remedio que dedicarle unas breves palabras al tema que se encarga ritualmente de musicalizar la última escena de cada capítulo de Gomorra. En sus poco menos de tres minutos, con unos escasos cuatro acordes y percusión cardiovascular acompañada de hipnotizantes desgarros acústicos, Doomed to live (Condenado a vivir), compuesto e interpretado por el grupo electro-rock Mokadelic, nos invita a una suerte de levitación conclusiva, melancólica e introspectiva. Una vez alcanzado el punto cenital desde el que nos permite abarcar cabalmente toda la miseria de un territorio física y emocionalmente diezmado -el nuestro y el de los personajes- un último acorde interrumpe bruscamente el planeo y la escena, dejándonos caer en picado. Una caída menos libre que obligada pero que nos concede, eso sí, el tiempo suficiente antes del impacto final para abrazar el interrogante que esta serie no se cansa de plantear a lo largo de sus capítulos: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí?

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Guillermo  Paniagua  (sobre  “American  Crime”  y  “Making  a  murderer”):  “Dos  series  que  ponen  en  evidencia  la  sociedad  estadounidense”.

Guillermo Paniagua (sobre “American Crime” y “Making a murderer”): “Dos series que ponen en evidencia la sociedad estadounidense”.

Una antología híbrida, “American Crime“, y una serie documental “Making a murderer” , que tienen algo en común: ponen el dedo en la llaga sobre la sociedad estadounidense. Los analizamos con nuestro colaborador Guillermo Paniagua en nuestra sección mensual de los martes a las 11,30 sobre series.

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