SerialK  |  “Felices  las  perdices”  –  Peaky  Blinders  |  Guillermo  Paniagua

SerialK | “Felices las perdices” – Peaky Blinders | Guillermo Paniagua

Erase una vez una ciudad donde llovía cenizas. Decían que este extraño suceso meteorológico se debía al hechizo con el que un monstruo- por nadie nunca visto pero por todos padecido- había querido castigar a una comunidad propensa, según él, a la holgazanería y al golferío. Los conocedores afirmaban que en los libros doctos la bestia era definida como Revolución Industrial; otros, más diletantes, decían haber oído que se hacía llamar Capitalismo. Fuera cual fuese su nombre, lo cierto es que todas las noches, a caballo o motorizado, un joven y elegante príncipe, progenie de la bestia, se habría paso por la calles atiborradas y pestilentes de la urbe para recordar a la plebe que el monstruo seguía enfadado y que además había venido para quedarse. Cumpliendo con la liturgia de rigor, se adentraba en la taberna consagrada y brindaba, fumaba y lo que hiciera falta para ejercer su papel de mensajero y predicador de las tinieblas. Allí, si algún comensal se atrevía a cuestionar su cometido, con un gesto diestro se desprendía de su gorra y, de un ataque fulgurante, las cuchillas escondidas y cosidas en la visera de su txapela se encargaban de rajar los globulitos frontales y mirones con los que el inconsciente había osado desafiarle. Así todo, más allá de los percances de turno, el mayor problema de este truculento personaje era que un foráneo reivindicaba también la misma estirpe bestial y, por tanto, cuestionaba la legitimidad de su paseos nocturnos y trifulcas varias. Aquel intruso, un hombre de la ley y la guerra, sostenía que el hijo de la bestia era él y, por consiguiente, que era el único encargado de asegurar su veneración. Así fue como, en el nombre del padre y de quién era el hijo, la guerra se había adueñado de la ciudad. Desde aquel entonces se podía escuchar a lo lejos a la bestia regocijándose ante un escenario en el que las únicas criaturas que vivían felices, jugueteando entre copos de cenizas, eran las perdices ya que la plebe demasiada absorbida en intentar sobrevivir entre fuegos cruzados no encontraba tiempo ni para comérselas.

Este pequeño relato introductorio improvisado, guiño cómplice a la intertextualidad tan característica de la narrativa serial contemporánea- es decir, este jugueteo e intercambio de cromos o cromosomas entre textos y relatos diversos que terminan fusionándose en el brazo que da cuerpo a toda obra- podría haber sido el cuento a través del cual la dura realidad de la ciudad obrera de Birmingham y de su famoso gang mafioso- los temidos Peaky Blinders- era reinterpretada para los oídos del niño que alguna vez fue Steven Knight, el creador de la serie británica que aquí nos ocupa, Peaky Blinders (2013). En una entrevista concedida a un semanario francés afirmaba que «Peaky Blinders es una suerte de cuento de hadas. Su trama nació de las historias que mis padres me contaban cuando era pequeño. Vista desde la perspectiva de un niño, esta realidad criminal y épica se tiñe de un velo mitológico. Todo se hace más grande más impresionante, más bello». El caso es que, fruto de un hechizo benigno o no, no queda duda alguna de que Steven Knight ha conseguido crear una obra a la altura de su fantasía infantil. Peaky Blinders es grande por su capacidad de abarcar y articular eficazmente diferentes géneros narrativos; es bella por su irreverencia formal y es impresionante por sus personajes que imprimen profundas huellas tanto en el celuloide como en el populoso mundo de los seres ficcionales.

Grande, decíamos, porque no contenta de integrarse con brillo y fantasía a la concurrida lista de grandes relatos seriales mafiosos (Los Soprano, Boardwalk Empire, Gomorra), Peaky Blinders coquetea a su vez con la crónica socio-histórica en una Inglaterra deprimida de entre guerras donde los supervivientes desquiciados de las trincheras conviven con los combatientes de una Irlanda en guerra de liberación, con militantes comunistas perseguidos o con contrarrevolucionarios rusos en exilio conspirativo. Por si fuera poco, este híbrido serial o cuento mafioso de época no duda en recurrir a otro género, el del western con sus calles inquietantes donde los villanos de siempre se enfrentan en duelo bajo los ojos atentos de un implacable sheriff flanqueado por un sacerdote poco ortodoxo, con sus saloons jocosos donde borrachos y prostitutas cohabitan ante una misteriosa camarera, testigo privilegiada de unos jolgorios irremediablemente interrumpidos por silencios y miradas que anuncian una inminente irrupción violenta.

Bella, remarcábamos, porque esta narración híbrida no cuajaría sin el esmero fotográfico y la atrevida banda sonora que atraviesa con oscuro lirismo esta gran obra. Como lo hiciera magistralmente la iconoclasta serie de Steven Soderbergh, The Knick (2014), apostando por la música electrónica como improbable hilo director de un relato de época ambientado en un hospital neoyorquino de principios del siglo XX, aquí les toca a PJ Harvey, The White Stripes y a Nick Cave musicalizar con un rock áspero las épicas y fantasmagóricas escenas, cuidadosamente filmadas y texturizadas, de esta gran serie. Si cada capítulo de la serie italiana Gomorra finalizaba, como apuntábamos en otro artículo, con un mismo envolvente y aéreo tema electro rock, en Peaky Blinders es el inicio de cada episodio el que recoge ritualmente un portentoso tema de Nick Cave & The Bad Seeds, Red Right Hand. Una composición que, contrariamente a su prima etérea italiana, apuesta por lo terrenal, lo polvoriento, suerte de prolegómeno épico y tarantinesco, toque de corneta que anuncia los excesos que estamos por presenciar.

Impresionante, finalmente, porque son personajes y actores de preocupante humanidad los que encarnan brillantemente esta trama novelesca. Los Peaky Blinders son ante todo, como todo gángster que se precie, una familia: los Shelby. Por un lado, tres hermanos visceralmente unidos y enfrentados: John, el joven frívolo e indisciplinado; Arthur, el mayor, irascible, tosco y deprimido y Thomas, el mediano, cuyos afilados pómulos y estratagemas le han valido el papel de líder de la manada. A estos tres secuaces se le añade la hermana distante y comprometida, Ada, única forma de cauterizar la sangrienta herida socio-afectiva en medio de tanta violencia patriarcal y, finalmente, la tía Polly, lúcida regidora que trata a duras penas de superar una maternidad truncada a la vez que los derrapes de la economía familiar. Unos personajes, todos ellos, de gran espesor psicológico y en el caso del protagonista, Thomas Shelby, de aplomo cinematográfico rara vez visto. Interpretado por Cillian Murphy, actor irlandés que se hiciera famoso por su papel en Batman Begins (2005) y que consagraría su trayectoria con su trabajo en la película de Ken Loach El viento que agita la cebada (2006), el inmenso Thomas Shelby dialoga inevitablemente con otro gran personaje, él también autoritario, brillante y oscuro, fumador empedernido, de voz cavernosa y belleza insultante, icono indiscutible de la ficciones seriales contemporáneas: Don Draper de Mad Men (2007). Actores o personajes- difícil pronunciarse- de carisma centrípeta que engullen insaciablemente planos y miradas como si de agujeros negros se tratase. Actores o personajes que quedarán para la posteridad como artefactos culturales tan ideológicamente preocupantes como narrativamente fascinantes.

En suma, con Thomas Shelby Peaky Blinders confecciona un nuevo superantihéroe y se lo ofrece generosamente al universo de la ficción serial, aquel mundo paralelo en el que, como en la vida real, viven felices sólo las perdices.

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SerialK  |  “Il  trono  di  Spade”  |  Gomorra  -Guillermo  Paniagua-

SerialK | “Il trono di Spade” | Gomorra -Guillermo Paniagua-

En lo que sigue siendo una de sus definiciones canónicas, el sociólogo alemán Max Weber afirmaba que el Estado es “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima […] El Estado es la única fuente del “derecho” a la violencia”. Si bajamos un poco el nivel de abstracción y precisamos que todo ello se instituye con un fin tan concreto y mundano como el de blindar los intereses de una minoría dominante- aquella que se presenta con éxito como comunidad cuando no es más que una ínfima parte de ella- entenderemos por qué el éxito de la novela publicada en 2006 por Roberto Saviano, un joven periodista italiano, le ha valido el dudoso honor de tener que vivir bajo escolta permanente. En efecto, son cosas que pasan cuando, para escribir una novela, uno se introduce furtivamente -sin el debido visado- en las comarcas de un mini Estado todopoderoso, buque insignia del patriarcado, de tronco medieval territorialmente enraizado pero con ramificaciones turbocapitalistas trasnacionalizadas, y decide además husmear diligentemente en sus oscuros negocios. No nos confundamos: el objeto de estudio de aquel libro, Gomorra, no es el Vaticano sino la Camorra napolitana.

En cualquier caso, no contenta con su hazaña libresca, Gomorra volvió a las andadas con una adaptación para la gran pantalla que le valió el premio del jurado del Festival de Cannes 2008, pasó por las tablas del teatro y, como colofón de su valiente recorrido, se serializó en el año 2014 convirtiéndose en una de las grandes narraciones de la televisión europea actual. Pero, inverosímil como pueda parecer, con las dos temporadas emitidas hasta ahora Roberto Saviano ha logrado algo aún más atrevido que desollar la bestia camorrista: consiguió el tour de force artístico de ofrecernos un Juego de Tronos en su versión neorrealista italiana.

En efecto, más allá del origen novelístico y del éxito social y comercial que comparten las dos series, ambas obras beben fundamentalmente de una misma fuente tan clásica, actual y narrativamente eficaz como son los entresijos palaciegos y los campos de batalla donde el poder se reproduce. Ese poder político de una nobleza que anida en palacetes tan solemnemente oscuros como sobreactuadamente chispeantes son las mansiones de la lumpen-burguesía napolitana; ese mismo despotismo medievalesco donde la fórmula química gramsciana de composición molecular del poder -equilibrio dinámico de consenso y coerción- parece no aplicarse del todo cuando se dispone de ejércitos o sicarios, de dragones o AK-47s, de carabelas o 4X4s blindados.

Un poder, por lo tanto, que Gomorra presenta crudamente en sus violentas manifestaciones estéticas y sociales al hilo de un relato coral- mucho menos barroco que el de su prima estadounidense, neorrealismo oblige- adentrándose en la disputa de un territorio desolado de los suburbios napolitanos por parte de dos familias camorristas y centrándose en las desavenencias internas a una ellas, el clan de los Savastano. Porque, como en Juego de Tronos –Il Trono di Spade en su edición italiana-, el problema no reside únicamente en saber qué familia se hará finalmente con el trono sino en dilucidar, tema más delicado aún, quién es el legítimo candidato a suceder a una cuestionada jefatura familiar. Para ello los lazos de sangre son tan necesarios como imprescindible es la capacidad de ejercer el poder sin que te tiemble el pulso, peculiaridad que no le suele suceder al hijo de sangre pero si al tercero en discordia. Así es como a la eficacia narrativa de optar por filmar la mecánica del poder político Gomorra le suma, al igual que Juego de Tronos, la siempre atrayente erótica del poder simbólico al movilizar arquetipos más anclados si cabe en nuestro imaginario colectivo. Y es que, resultado explosivo de un atrevido cruce mendeliano entre las familias Stark y Lannister, los Savastano se construyen ellos también según el patrón que dicta la Trinidad, encarnando unos personajes complejos que le dan a esta serie, haciéndole honor a la famosa ciudad de la que toma el nombre, grandes momentos de tragedia bíblico-edipiana.

Bíblica, ya que por un lado tenemos el Padre ubicuo y omnipotente, don Pietro Savastano, tan aguerrido como Lord Tywin Lannister y desoído como Ned Stark; por otro lado, el Hijo sacrificado que tendrá que resucitar, Gennaro Savastano, mezcla del milagroso Jon Snow con el regicida Jaime Lannister y, finalmente, el Espíritu Santo clarividente y despechado, Ciro “el inmortal”, cruce del carnal estratega Tyrion Lannister con el gélido joven visionario Bran Stark. Edipiana, ya que en estas series para salvar a la familia el Padre tiene que morir o, más bien, el hijo tiene que matarlo.

Pero el verdadero catalizador de todas estas tramas y que se convierte sin lugar a duda en el personaje principal, avasallador como ninguno y colosalmente carismático, es el propio territorio. Sin nada que envidiarle al imponente Desembarco del Rey ni al infinito Muro que la Guardia de la Noche custodia desde milenios, el barrio de Scampia y sus impresionantes bloques de hormigón donde malviven familias hacinadas, con pasarelas comunicantes incluidas, se impone monstruosamente como el eje narrativo de esta gran serie italiana. De improbable arquitectura triangular que recuerda a la forma de las velas de un barco- lo que les ha valido el nombre de Vele di Scampia-, y literalmente carcomidos por los efectos de la droga, estos edificios simbolizan los restos de un naufragio social de cuyos supervivientes los magníficos planos aéreos y panorámicas generales nos cuentan la historia. Una vida que en los atardeceres, bulliciosos y sofocantes, recuerda a los vaivenes de las multitudes cacofónicas en la Torre de Babel. Una vida que por las noches, irregularmente iluminadas e indómitas, se asemeja, si me permiten la licencia, a los misteriosos quehaceres de lo que quedaría de una tripulación alienígena en su destartalada nave espacial abandonada y fosilizada, muestra arqueológica de una misión interestelar fracasada por haberse topado con unos anfitriones menos civilizados de lo esperado. En cualquier caso, de lo que estamos hablando es del magistral retrato de un cuerpo urbano metastasiado por la guerra. Acaso habría que remontarse a una de las obras maestras del neorrealismo italiano, Alemania, año cero (1948) de Roberto Rossellini, para encontrar un precedente donde la arquitectura demolida expresa mejor que cualquier otro personaje la desmesurada sinrazón de un sistema criminal.

Para terminar, no nos queda más remedio que dedicarle unas breves palabras al tema que se encarga ritualmente de musicalizar la última escena de cada capítulo de Gomorra. En sus poco menos de tres minutos, con unos escasos cuatro acordes y percusión cardiovascular acompañada de hipnotizantes desgarros acústicos, Doomed to live (Condenado a vivir) https://www.youtube.com/watch?v=Hl5F9AFXQ-M, compuesto e interpretado por el grupo electro-rock Mokadelic, nos invita a una suerte de levitación conclusiva, melancólica e introspectiva. Una vez alcanzado el punto cenital desde el que nos permite abarcar cabalmente toda la miseria de un territorio física y emocionalmente diezmado -el nuestro y el de los personajes- un último acorde interrumpe bruscamente el planeo y la escena, dejándonos caer en picado. Una caída menos libre que obligada que nos concede, eso sí, el tiempo suficiente antes del impacto final para abrazar el interrogante que esta serie no se cansa de plantear a lo largo de sus capítulos: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí?

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Guillermo  Paniagua  (sobre  “American  Crime”  y  “Making  a  murderer”):  “Dos  series  que  ponen  en  evidencia  la  sociedad  estadounidense”.

Guillermo Paniagua (sobre “American Crime” y “Making a murderer”): “Dos series que ponen en evidencia la sociedad estadounidense”.

Una antología híbrida, “American Crime“, y una serie documental “Making a murderer” , que tienen algo en común: ponen el dedo en la llaga sobre la sociedad estadounidense. Los analizamos con nuestro colaborador Guillermo Paniagua en nuestra sección mensual de los martes a las 11,30 sobre series.

Entzun
SerialK  |  “Los  santos  inocentes”  |  Making  a  murderer  -Guillermo  Paniagua-

SerialK | “Los santos inocentes” | Making a murderer -Guillermo Paniagua-

Algunos dicen que siempre ha estado aquí, cobijada, esperando pacientemente el momento de su recogida como aquel ansiado recuerdo aguarda al melancólico empedernido, como la trufa soterrada a su sabueso bien adiestrado. Otros sostienen que se construye a base de una aventura teórica, a veces en una modalidad unilateral, sistemática y un poco onanista, edificadora de castillos flotantes; otras veces de forma consensuada, experimental y casi romántica en la cual los roces y el tonteo terminan convenciendo a la aventura de engendrar un compromiso estratégico con la realidad. La verdad, por lo tanto, es un objetivo que suscita diferentes aproximaciones, un destino donde confluyen diferentes caminos, todos ellos, eso sí, territorios históricamente minados por sus díscolos hermanos siameses- el error y la mentira- y, por si fuera poco, en los tiempos que corren, abrasados por la ofensiva relativista que se empeña en que se cancele la expedición. Pero pase lo que pase o se pase por donde se pase, resulta que la verdad importa. Y mucho, al menos para cierta gente más que para otra.

A esta gente va dedicada Making a Murderer (2015), impecable serie documental de diez horas de duración repartidas en diez capítulos, síntesis explosiva de un maratoniano rodaje que se extendió durante diez años y en el cual sus creadoras, Laura Ricciardi y Moira Demos, filmaron minuciosamente, agazapadas como documentalistas de la vida salvaje, el enrarecido ecosistema del interior estadounidense y su aún más hostil bioesfera jurídico-policial. Una pequeña localidad del Condado de Matinowoc en el estado de Wisconsin es el marco donde malvive una humilde y estigmatizada familia dedicada al rejunte de esqueletos automovilísticos y de cuyo taciturno miembro, Steven Avery, Making a Murderer nos cuenta la historia.

Tras 18 años encarcelado por agresión sexual e intento de homicidio una muestra de ADN exonera a un ya no tan joven chatarrero que, no bien recuperada su libertad, decide demandar a las autoridades del Condado en busca de resarcimiento. El problema de Steven es que la libertad que había recuperado no era aquella todopoderosa arma ciudadana de amplio espectro de la que los defensores del sistema nos aseguran la existencia, sino más bien la libertad realmente existente, la de siempre, la que se limitaría a explicar las aleatorias idas y venidas- un día por aquí, otro día por acá- de un pobre hombre arrojado de vuelta en el laberinto metálico de un desguace familiar. Por lo tanto, el problema de Steven es que con esta demanda estaba reincidiendo abiertamente en un delito de desacato a la autoridad.

El primero había sido al no cumplir con las expectativas sociales que el sistema le reserva a los nadies, al perturbar el metabolismo comunitario de secreción de enemigos internos y chivos expiatorios y cuya faena había sido deliberadamente rematada por el sistema nervioso central, el jurídico-policial. En pocas palabras, por culpa de la inocencia de Steven el empeño sistémíco en la fabricación de un asesino había fallado, la cadena alimentaria comunitaria se había interrumpido, el equilibrio medioambiental estaba en peligro. Aun así, impasible ante el terremoto generado, Steven decidió desobedecer una segunda vez. Pero, más Icaro que pícaro, en esta ocasión quiso volar demasiado alto. No contento con incumplir con la funcionalidad social del excluido que le correspondía, el chatarrero andaba un poco sobrado y se atrevió, nada más y nada menos, que a tomarse en serio su estatus de ciudadano, a ejercer sus derechos y a impugnar un sistema que le había robado 18 años de su vida. Con esta osadía Steven rebasó el vaso del sheriff, traspasó las rayas del fiscal y a partir de ahí la bestia clasista encendió su maquinaria corrupta para engullirlo definitivamente: esta vez nada de ingeniera social, tocaba eliminarlo.

Aquí empieza esta historia kafkiana, tan atrapante como desoladora, donde seguiremos paso a paso el ensañamiento carroñero del establishment en busca, él también, de resarcimiento. La confrontación de puntos de vistas polarizará un guión magistralmente hilado por las dos realizadoras donde se enfrentarán, visceralmente, dos mundos. Por un lado, el de unos interiores y exteriores ferozmente deprimentes donde la parsimonia, lucidez y contundencia de una familia- tan machacada como los componentes de su desguace- generará momentos de inusitada belleza y dignidad. Por otro, la logorrea, soberbia y cinismo de los responsables institucionales y mediáticos dibujarán un mundo de putrefacción avanzada, de chatarra humana amontonada.

Pero lo que separa abismalmente estos dos mundos y constituye la tesis central de esta serie documental es la desigual distribución social del interés por la verdad. Una verdad que para algunos es tan vital como la necesidad de entender y superar su condición subalterna, una verdad que para otros es tan mortal como la posibilidad de desbaratar su posición privilegiada. Así es como, más allá de denunciar las injusticias padecidas por un chatarrero probablemente más inocente que santo, más allá de desvelar los mecanismos excluyentes que imperan en la sociedad actual, Making a Murderer se propone algo más: la rehabilitación de la verdad como herramienta emancipadora.

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SerialK | “La pesadilla americana” | American Crime -Guillermo Paniagua-

 

 

 

SerialK  |  “La  pesadilla  americana”  |  American  Crime  -Guillermo  Paniagua-

SerialK | “La pesadilla americana” | American Crime -Guillermo Paniagua-

Tras una primera notable y una segunda sobresaliente, American Crime (2015) estrena esta semana su tercera temporada. En esta antología híbrida, es decir, una antología en la que no son los capítulos las unidades narrativas independientes sino las propias temporadas, su creador John Ridley, guionista de la galardonada película de Steve MacQueen 12 años de esclavitud, nos invita a acompañarle en un lento y dantesco descenso al infierno. Un infierno cuyo propietario vitalicio, a pesar de lo que piensa una cierta progresía extraviada, no entró en escena bajo el ropaje machista de un histriónico y xenófobo multimillonario sino que lleva ondeando su cola un buen rato paseándose entre los pilares históricos sobre los que reposa la sociedad de cuya radiografía versa esta serie: EEUU.

En efecto, si en cada temporada American crime construye su incisivo relato de denuncia social en base a un crimen puntual y ficcional- el asesinato de un supuesto joven de buena familia y la violación de su pareja en la primera; la violación perpetrada por jóvenes guays de un instituto pijo en la segunda- en el fondo lo que inspecciona esta obra son las consecuencias de un crimen histórico tan originario como la acumulación de capital que ha posibilitado, los embates de una onda expansiva generada por ese Big Bang sociopolítico que fue la edificación a sangre y fuego del Estado moderno. Es decir, el verdadero crimen americano es aquel crimen fundacional colonialista, esclavista, capitalista y heteropatriarcal desde el que emergió la sociedad estadounidense o, mejor dicho, desde el que se fraguó la estructura económica, política y cultural encargada de reproducirla ad infinitum.

Por lo tanto, aquí no se trata de crímenes pasionales, presas fáciles de la prensa amarilla o de los nefastos programas de seudo-investigación policíaca. Ni tampoco de los clásicos relatos tribunalescos donde se juzga a desgracias varias y desgraciados muchos. Aquí el crimen y la violencia que interesa filmar primero y denunciar después es la que ejerce la Historia una vez sedimentada, la Historia hecha estructura. Aquella de la que nadie habla porque, a buen seguro, habla a través de nosotros; parienta del bosque que nadie ve por haber sido fagocitado por un árbol anecdótico; prima del océano ignorado por unas cuantas gotitas egocéntricas. Una violencia estructural que American Crime lográ plasmar como lo que es: un entramado de relaciones de poder asimétricas que atraviesan el cuerpo social y que a pesar de responder a los intereses de una minoría muy concreta -hombre heterosexual, blanco, burgués y católico- encuentra en nuestras prácticas, la de los propios dominados, unos dispositivos claves para su reproducción y legitimación. Familias negras acomodadas y clasistas, mujeres blancas adineradas y racistas, minorías enfrentadas entre sí o juventud educada y homófoba son algunas voces del desgarrador relato coral mediante el cual esta serie ofrece las diferentes versiones de lo acontecido, todas ellas contradictorias y alienadas, al ritmo del guión que la estructura le reserva a sus actores más preciados: los miserables, como los llamaba aquel; los condenados de la tierra, como los interpelaba otro.

Así es como American Crime toma el difícil relevo cedido por la obra ya clásica de David Simon, The Wire (2002) y se convierte en el estudio sociológico de campo más penetrante realizado hasta ahora de la sociedad estadounidense. Con un estilo algo menos documentalista y más intimista que aquella y de austeridad similar a la que nos tiene acostumbrados las producciones británicas y nórdicas, esta serie sigue a sus protagonistas encharcados en sus miserias mediante afiladísimos primeros planos cuyo exiguo encuadre traduce el poco margen de maniobra que les brinda el sistema para evolucionar. Opresión visual complementada por la utilización sistemática de un fuera de campo desde el cual provienen voces casi impersonales que impactan frontalmente sobre rostros desnudos, encogidos, indefensos, superficies emocionales donde las contradicciones estructurales se hacen carne, carne humana. Las escenas con Taylor, el joven protagonista vejado de la segunda temporada, de una intensidad comparable- aunque más retenida- a la de las escenas filmadas por el genial cineasta Xavier Dolan en su película Mommy, o más aún, a la que nos suele ofrecer la comprometida sensibilidad de los hermanos Dardenne, quedarán registradas a buen seguro en los anales audiovisuales del realismo social contemporáneo.

En suma, auténtico torpedo en la línea de flotación del mito fundador de la sociedad estadounidense, American crime retrata el sueño americano como lo que es: un mal sueño del que es urgente despertarse.

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SerialK | “A través del espejo” | Black Mirror – Guillermo Paniagua –

SerialK  |  “A  través  del  espejo”  |  Black  Mirror  –  Guillermo  Paniagua  –

SerialK | “A través del espejo” | Black Mirror – Guillermo Paniagua –

Es de sobra conocida y padecida la capacidad del sistema capitalista de generar patológicamente demanda en base a la imposición de una inescrupulosa oferta. Las ofrendas depositadas ante el sacrosanto altar del beneficio han presentado a lo largo de la Historia múltiples declinaciones donde dentífricos, misiles o brócolis han podido intercambiarse generosamente como variables para la sencilla resolución de la ecuación de acumulación de capital. Hoy en día con una maquinaria mercantilista de desbocada imaginación y con engranajes 4.0 minuciosamente engrasados hasta podemos darnos el lujo de consumir dilemas éticos, reality de por medio, ayudando a una paciente terminal a decidir a quién ceder su riñón o acompañando a personas enfermas desahuciadas a enfrentar unas pruebas médicas que una generosa productora tiene a bien de concederles. En el caso de que no nos entusiasme presenciar la deriva esquizofrénica de personas confinadas en reductos claustrofóbicos ni seguir las andanzas de famosillos sometidos a maniobras militares y de combate, siempre tendremos otra pantalla a mano, la del móvil, para centrarnos un poco y proveernos de una buena dosis de realidad junto a nuestros queridos seguidores o, para los amantes de la naturaleza, junto a extraños animalitos que cazaremos en manada rodeando casas y provocando, si hace falta, estampidas. Mientras, algunos mecen un reborn recién adquirido online, otros rellenan el formulario de clonación de su mascota favorita o de su próxima excursión intergaláctica y los más animados atiborran estadios con pancartas, bufandas y vuvuzelas incluidas para forofear a gusto en campeonatos futbolísticos vídeo jugados. Todo ello, eso sí, a la par que ministros y jefes de Estado publican en menos de 150 caracteres decretos de recortes presupuestarios y, sobre todo, bajo el exhaustivo y considerado seguimiento de los mercaderes del Big data y de las enjambrosas e hipertrofiadas agencias de inteligencia estatales.

Que no cunda el pánico: lo comentado hasta aquí no desvela filtración o spoiler alguno sino simples muestras de una realidad, la nuestra, sobre la que Black Mirror (2011), serie creada por Charlie Brooker, reflexiona a lo largo de la docena de capítulos hasta ahora entregados. Aquí, como en toda antología, lo que serializa la propuesta no es la continuidad de una trama, de unos personajes sino una unidad temática, un tono, una idea plasmada en diferentes capítulos independientes unos de otros y que, en el que caso que nos ocupa, toman la forma de pequeños ensayos audiovisuales. Ensayos que más que proyectarnos en el futuro como lo podría sugerir la desafortunada etiqueta que se le suele adjudicar a esta serie se dedican a estirar sesudamente la masa fina de nuestro presente, a desovillar el entramado de redes con las que nos atrapa, tal mosquitas en trampas aracnídeas, un sistema omnisciente que juguetea con nosotras y que ha logrado reconciliar y hasta convertir en swingers a las puritanas parejas de lo real y lo virtual, del sujeto y del predicado. Un dilema, el del soñador soñado o del sujeto sujetado, que ya preocupaba a Alicia en la secuela de su maravilloso mundo y a Borges en sus no menos maravillosas ruinas circulares, ambos pequeños amplificadores de un eco que llegaba desde los albores de la llamada modernidad, desde aquellas famosas meditaciones donde un metodológicamente desconfiado Descartes evaluaba los posibles impactos intervencionistas de un mal genio en la lucidez de su yo soberano.

Ahora bien, si la lógica de espejos infinitos o el procedimiento de cajas chinas han sido dispositivos estudiados y movilizados en numerosas ocasiones, se limitaban hasta hace bien poco a metaforizar un ejercicio lógico o estético suscitado por una mera, aunque sugerente, hipótesis de trabajo. Lo que demuestra claramente Black Mirror, a veces con un grito narrativo un tanto estridente y otras mediante la sobrecogedora sobriedad de sus planos y efectos especiales, es que hoy en día esta hipótesis ha perdido- si me permiten- el hipo, al imponerse la imperturbable cadencia respiratoria del sistema a nuestro espacio vital más íntimo. Lo que era el objeto de la elaborada reflexión de algunos se ha convertido mediante dispositivos materiales invasivos de última generación en el sujeto de una realidad prosaica que nos afecta a todas y cuyas implicaciones en nuestro cotidiano son tan vitales como la urgencia de sopesarlas y superarlas. Porque en Black Mirror de lo que se trata es tanto de realizar un lúcido e incisivo ensayo sobre los actuales y potenciales mecanismos de control disciplinario como de delimitar situaciones, encuadres, en los que se puedan observar y estudiar- esta vez como si de un ensayo científico se tratase- nuestras reacciones y comportamientos, nuestros miedos y anhelos. En pocas palabras, la elasticidad antropológica en un contexto social adverso.

The Twilight Zone, madre indiscutible de las series de antología, ya lo hacía genialmente allá por la década de los 50. Denunciar la sofocante realidad del Macarthismo y al mismo tiempo bucear en las turbias profundidades del ser humano fueron la marca de una propuesta que le dio a la narrativa serial su primer momento de gloria. Para ello, si su genial creador Rod Serling recurría sobre todo a elementos fantásticos como catalizadores del experimento, en el caso de Black Mirror ya no hace falta. Ni fantasía, ni especulación, ni lógica especular, solamente los estragos antropológicos ocasionados por una pantalla omnipresente pero que, una vez apagada, se convierte como por arte de magia en un espejo negro a través del cual podemos vislumbrar la frágil silueta de un cuerpo humano. Al fin y al cabo, aunque apenas abordado en esta serie, el reflejo de los delicados pero insustituibles mimbres con los que contamos para organizar la resistencia.

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SerialK | “En el país de las maravillas” | Utopía – Guillermo Paniagua –

SerialK  |  “En  el  país  de  las  maravillas”  |  Utopía  –  Guillermo  Paniagua  –

SerialK | “En el país de las maravillas” | Utopía – Guillermo Paniagua –

Plano general fijo de una susurrante y verdoso amarillenta campiña cerealera a la que se superpone una voz radiofónica, muy british ella, anunciando la delicada situación de un gobierno impelido a tomar medidas ante la drástica subida del precio de los alimentos. Plano en profundidad del interior de una tienda de cómics de cuyo transistor provienen las advertencias de posible penuria recién mencionadas. Dos individuos irrumpen en ese espacio hermético y colorido al que le agregan el amarillo chillón de una bolsa acid-house que depositan en el suelo. De ella uno de los intrusos, de glacial elegancia, extrae unos artilugios contundentes con los que, con gran esmero y a ritmo electro minimalista, despacha a mejor vida a la poca e inoportuna clientela presente. El paradero de un manuscrito titulado Utopía y el de una mujer que responde al nombre de Jessica Hyde es la información requerida insistentemente- con voz gutural y entrecortada por una evidente deficiencia pulmonar darth vaderiana – por el segundo y menos esbelto inquisidor a un aterrorizado dependiente. Una vez acaba con él, inmutable, saca un caramelo de su chupa cuyo cuero sintético se ha encargado de traducir sonoramente, mediante crujidos inquietantes, cada uno de sus toscos movimientos. Se da la vuelta y avizora debajo de un expositor un niño escondido al que, tras acuclillarse, le ofrece un intento de cara amigable acompañado de un caramelo antes de pedirle a su sofisticado secuaz, eso sí, que lo gasee. Plano frontal exterior de la tienda de cómic frente a la cual un individuo disfrazado de conejo bailotea.

En esta portentosa secuencia introductoria, la de su primer episodio, Utopía (2013), pequeña perla del prolífico universo de las series de autor británicas, no vacila ni un segundo en poner todas sus cartas sobre la mesa o, mejor dicho, en tirárnoslas impúdicamente a la cara. Unas cartas que, como las de Lewis Carroll, determinarán la suerte de los personajes que pueblan este mundo rocambolesco y tragicómico ideado por Dennis Kelly pero también, y sobre todo, la de los espectadores que, tal como hiciera Alicia, no podrán resistirse a la indecente invitación del conejo bufonesco que cierra genialmente esta antológica escena introductoria.

Lo dicho, en Utopía no existen medias tintas: aquí los colores saturados son tan primarios como las modalidades y los designios de los malhechores, tan deliciosamente primitivos como la impecable banda sonora compuesta por Cristobal Tapia de Veer, tan estrambóticos como el ritmo desenfrenado de este thriller político-paranoico de dramatismo exponencial. En una entrevista concedida a un semanario francés uno de los directores de esta serie, Marc Munden, afirmaba que “mirar Utopía debe ser como comer gominolas: tiene que parecer dulce, lleno de colores…pero dar náusea”. Si me permiten, hilando esta metáfora matizaría que, más que a las náuseas, se asemeja a este repelús orgásmico, con mueca incluida, ocasionado por las propiedades corrosivas de las míticas pica-pica ensañándose con nuestras delicadas encías.

Esto y no otra cosa es Utopía. Obra maestra de la nueva narrativa serial, visceral donde las haya, no duda en movilizar un amplio arsenal de recursos cinematográficos para ponerlos al servicio de una trama compleja donde se entrelazan conspiraciones de alto vuelo con sutiles relatos de infancias truncadas. Rastrear las diferentes escalas en las que opera la violencia estructural, recoger en un plano el sórdido abrazo entre geopolítica e historias de vidas mutiladas es el desafío que supera con creces esta serie británica. Y es que, de lo que se trata es de seguir las andanzas de cuatro frikis comiqueros atrapados, muy a su pesar, en una endemoniada historia orwelliana donde organizaciones secretas, corporaciones farmacéuticas todopoderosas y gobiernos fantoches se proponen materializar, caiga quien caiga, un indecible proyecto estratégico de control poblacional. De esta ficción- apenas una caricatura del capitalismo de las escuchas masivas, de las cárceles secretas y de los fraudes gripales aviarios y abecedarios que bien conocemos- nadie saldrá indemne: nos salpicarán recurrentes explosiones cromáticas de violencia tarantinescas, nos inocularán altas dosis de humor negro y diálogos absurdos cuyos proveedores bien podrían ser los hermanos Cohen, y, quizás aún más, nos veremos arrojadas dentro de encuadres improbables, de vacíos agobiantes donde evolucionan psicópatas empedernidos, reviviendo, si es que se puede, las memorables escenas dejadas para la posteridad por Stanley Kubrick en su suculenta Naranja mecánica. Y todo eso por perseguir a un conejo bailarín…

Con el estreno de Utopía, aquel bendito 15 de enero del 2013, me atrevería a decir que se ensanchó definitivamente la brecha abierta por Vince Gilligan con su deslumbrante Breaking Bad (2008) en cuanto a la osadía visual del nuevo formato serial. Una serie de culto que a pesar o, quién sabe si a causa de su hazaña, tras dos inolvidables temporadas sucumbió ante las fuerzas del Sistema: se alegaron dudosos argumentos para explicar la decisión de no renovarla por una tercera temporada. ¿Conspiración? Quizás no. Pero, eso sí, otra infancia truncada en las trincheras utópicas.

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Como si de un manual de estrategia militar se tratase, primero desplegaron a sus dragones en el sureste de nuestro país, en aquellas hermosas tierras convertidas por el Reino de España, hace ya 65 años, en escenario consagrado para escupitajos mortíferos. Las Bardenas ya conquistadas, podían pasar a la segunda fase del plan: un desembarco en el frente septentrional cantábrico en el cual, unas operaciones encubiertas, dignas del secretismo de la negociación de un tratado de libre comercio, lograrían avanzar por nuestra costa, arrasando con lo que fuere, hasta hacerse con el enclave estratégico de Gaztelugatxe. Por si quedaba alguna duda, winter is coming en las tierras de los vascones.

Claro está que el temporal que desata Juego de Tronos no es cosa nueva, ni en Euskal Herria ni en ningún paraje de nuestro pequeño globo terráqueo. Desde su estreno, allá por el año 2011, esta serie se ha convertido en un fenómeno social sin parangón en la historia de la ficción seriada combinando una descomunal producción y éxito comercial con una atrevida apuesta narrativa y visual. Así es como esta adaptación de la novela de George R.R. Martin puede alardear de ser la serie mas pirateada de la historia, de ser objeto de las elucubraciones políticas más sesudas y hasta de prestarse a posible regalo para reyezuelos con ascendencia fratricida y futuro tambaleante. 

Está claro, por lo tanto, que Juego de Tronos presenta numerosas facetas que le permiten entrar en fase con intereses e inquietudes de las más variopintas. Por un lado, estamos hablando de una amplia fresca medievalesca salpicada de elementos fantasiosos donde diferentes familias y linajes guerrean para hacerse con el trono de un reino atravesado por una crisis estructural. Mediante un relato coral y complejas tramas a través de las cuales los personajes van evolucionando a golpe de hachas y traiciones, Juego de Tronos nos introduce en un mundo cínico de intrigas palaciegas, de cruentas batallas campales, donde la sutileza de los diálogos y la puesta en escena minuciosamente teatralizada- al mejor estilo tragedia clásica con toques shakespearianos- van de la mano con deslumbrantes escenas de acción cuya épica y estética gore nos remiten a la Escocia rebelde de un Brave Heart.

Pero más allá del rico y valiente abanico de personajes transgresores- esclavos empoderados, lesbianas guerreras, niñas espadachines mercenarias y reinas incestuosas a toda honra- o del recorrido que le reserva a los bienintencionados héroes de siempre- ¡ni dos teleberris!-; más allá de las sofisticadas interacciones más o menos dialogantes en las que les hace crecer o de la cruda radiografía del poder político que los atraviesa, lo que hace de Juego de Tronos una buena serie es su capacidad de hacer converger estas tramas y personajes en la construcción de un universo paralelo tan inesperado como coherente en la que cada recoveco de su amplio territorio ofrece su propia tensión dramática.

Gélidas ciudadelas, templos y bibliotecas donde bien podríamos encontrar personajes de Umberto Eco hurgando en los misterios del poder oculto de los signos y de la alquimia; exuberantes ciudades y palacetes babilónicos ensimismados en sus faenas diarias; árboles ancestrales en los que anidan visionarios transgeneracionales; muros, desiertos y mares infinitos que pretenden ingenuamente separar mundos condenados a encontrarse, todo ello con un esmerado trato fotográfico y cromático, específico a cada uno, son algunas muestras impresionistas de la deslumbrante topografía dramática de esta serie.

Una serie, por lo tanto, que como el invierno, ha venido para quedarse. Una ficción que ya ha marcado a una generación como lo hiciera a finales de los 70 otro gran relato icónico, el de Star Wars (1977), escaparate de mundos improbables, guerras imperialistas y tramas familiares freudianas, pero, si me lo permiten, en el caso de Juego de Tronos con el crudo añadido realista postapocalíptico de un Mad Max (1979). Más allá de la pertinencia de las similitudes en cuanto a forma y contenido de estas tres obras, lo que no se puede obviar y que nos invita a la reflexión es que tanto las traídas a colación como la que aquí nos interesa enmarcan su éxito en épocas sociales, económicas y políticas de profunda crisis estructural. Crisis del petróleo y de la Guerra Fría, crisis financiera y de la hegemonía estadounidense, dos capítulos de una misma serie, la de la aberración capitalista cuya última y definitiva temporada esperemos esté ya al caer. Pero eso, como lo deja bien patente esta serie, depende de nosotras. Así que ¡cría huargos! y pronto  celebraremos el akelarre final al son de negua joan da eta.

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[Análisis]  “Esculpir  en  el  tiempo”  –  Guillermo  Paniagua  –

[Análisis] “Esculpir en el tiempo” – Guillermo Paniagua –

Duros eran los tiempos en los que visionar series nos remitía fatídicamente a compartir tiempo con militares yanquis reciclados a mercenarios claustrofóbicos fuma-puros o a deambular por improbables playas californianas rodeados de socorristas machos alfas saturados de testosterona y ávidos de silicona; ni qué decir de los estragos ocasionados por haber sido arrojados a las histéricas e infumables intimidades de la oligarquía petrolera tejana. Así y todo, seamos sinceras. Pocas son las que, llevando una cierta cantidad de juventud acumulada, puedan alardear de no haber sucumbido ya sea por conformismo, ya sea por cierta tendencia masoquista, a las venenosas delicias prefabricadas aquí señaladas. En todo caso, sea cual fuere nuestra tara, con semejante historial a las espaldas, nadie hubiese dicho que este formato narrativo, el de las ficciones seriadas, lograría alguna vez emanciparse del formato conservador “caja tonta-sofá-mantita-pringles” para adentrarse en la hercúlea faena de reformulación del Séptimo Arte.

Y es que, en los últimos 15 años, la producción de series de alta calidad cinematográfica ha conocido un despegue sin precedente en la larga historia de la ficción seriada. Las series han logrado un hueco, antes impensable, en la agenda mediática, cultural y hasta académica consolidándose como un artefacto cultural sui generis susceptible de generar intereses y aproximaciones de diferentes índoles. Así es como, a la cada vez más acentuada implicación de grandes directores de cine en su realización (Martin Scorcese, Gus Van Sant, Steven Sorderbergh, Woody Allen, Paolo Sorrentino, etc.) y de festivales en su promoción, se le añaden los intensos debates que este fenómeno genera tanto a nivel microsocial (bares, kuadrillas, etc.) como a nivel macro, a través de las redes sociales y hasta en espacios que, hasta hace bien poco, se mostraban reacios a su mera consideración como objeto de estudio (departamentos de semiología, sociología y ciencias políticas, entre otros). En pocas palabras, las series de autor se han convertido, en los últimos años, en un fenómeno cultural ineludible que genera un impacto social de calado a la vez que logra ofrecer un producto elaborado de gran relevancia artística.

Evidentemente, con esta afirmación, no pretendemos tachar de inservible lo realizado en fechas anteriores al inicio de este siglo. Ni mucho menos. De hecho uno de los objetivos que nos proponemos mediante este espacio, es incitaros a transitar por algunos de los caminos previamente desbrozados y sin los cuales no estaríamos donde nos encontramos actualmente. Ahora bien, aclarado esto, difícilmente se puede negar que en este principio de siglo XXI, con una fecha que bien podría coincidir con la aparición de la famosa serie de David Chase, The Sopranos –sin olvidar el superlativo antecedente creado por David Lynch en 1990, Twin Peaks- estamos asistiendo a la consolidación de un lenguaje propio donde se articulan temáticas y recursos, hasta ahora propiamente cinematográficos, con una gramática serial que abre inusitadas potencialidades, por su manejo del desarrollo temporal y argumentativo de largo alcance, a la hora de captar y relatar el mundo que nos rodea. Si el cine consiste en respetar cuidadosamente, en su planos y concatenación, el denso y trabajoso transcurso del tiempo biológico, humano y onírico- como lo defiende el genial cineasta ruso Andrei Tarkovski en sus reflexiones estéticas de cuyo título nos hemos apropiado para encabezar este artículo- entonces no queda duda alguna de que la nueva narrativa serial puede agregar su pulido granito de arena a este colosal proyecto.

En este sentido, ante semejante oportunidad, os animo a superar prejuicios o traumas infantiles y a acompañarme en este viaje iniciático, algunas veces recorriendo juntas series ya consagradas, otras, catando a las que se animan a sacar el morro (¡no todas!), sin olvidar dedicarle, de vez en cuando, lecturas temáticas transversales en clave social y política. Finalmente, completaremos el menú con esporádicas entrevistas a personas del ámbito de la cultura, de la política y del activismo social de Euskal Herria en las cuales intentaremos sonsacarles confesiones acerca de su nivel de compromiso para con la causa serial.

Pues eso, como decía aquél, espero serialmente que esto sea el comienzo de una hermosa amistad…

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