SerialK  |  “Il  trono  di  Spade”  |  Gomorra  -Guillermo  Paniagua-

SerialK | “Il trono di Spade” | Gomorra -Guillermo Paniagua-

En lo que sigue siendo una de sus definiciones canónicas, el sociólogo alemán Max Weber afirmaba que el Estado es “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima […] El Estado es la única fuente del “derecho” a la violencia”. Si bajamos un poco el nivel de abstracción y precisamos que todo ello se instituye con un fin tan concreto y mundano como el de blindar los intereses de una minoría dominante- aquella que se presenta con éxito como comunidad cuando no es más que una ínfima parte de ella- entenderemos por qué el éxito de la novela publicada en 2006 por Roberto Saviano, un joven periodista italiano, le ha valido el dudoso honor de tener que vivir bajo escolta permanente. En efecto, son cosas que pasan cuando, para escribir una novela, uno se introduce furtivamente -sin el debido visado- en las comarcas de un mini Estado todopoderoso, buque insignia del patriarcado, de tronco medieval territorialmente enraizado pero con ramificaciones turbocapitalistas trasnacionalizadas, y decide además husmear diligentemente en sus oscuros negocios. No nos confundamos: el objeto de estudio de aquel libro, Gomorra, no es el Vaticano sino la Camorra napolitana.

En cualquier caso, no contenta con su hazaña libresca, Gomorra volvió a las andadas con una adaptación para la gran pantalla que le valió el premio del jurado del Festival de Cannes 2008, pasó por las tablas del teatro y, como colofón de su valiente recorrido, se serializó en el año 2014 convirtiéndose en una de las grandes narraciones de la televisión europea actual. Pero, inverosímil como pueda parecer, con las dos temporadas emitidas hasta ahora Roberto Saviano ha logrado algo aún más atrevido que desollar la bestia camorrista: consiguió el tour de force artístico de ofrecernos un Juego de Tronos en su versión neorrealista italiana.

En efecto, más allá del origen novelístico y del éxito social y comercial que comparten las dos series, ambas obras beben fundamentalmente de una misma fuente tan clásica, actual y narrativamente eficaz como son los entresijos palaciegos y los campos de batalla donde el poder se reproduce. Ese poder político de una nobleza que anida en palacetes tan solemnemente oscuros como sobreactuadamente chispeantes son las mansiones de la lumpen-burguesía napolitana; ese mismo despotismo medievalesco donde la fórmula química gramsciana de composición molecular del poder -equilibrio dinámico de consenso y coerción- parece no aplicarse del todo cuando se dispone de ejércitos o sicarios, de dragones o AK-47s, de carabelas o 4X4s blindados.

Un poder, por lo tanto, que Gomorra presenta crudamente en sus violentas manifestaciones estéticas y sociales al hilo de un relato coral- mucho menos barroco que el de su prima estadounidense, neorrealismo oblige- adentrándose en la disputa de un territorio desolado de los suburbios napolitanos por parte de dos familias camorristas y centrándose en las desavenencias internas a una ellas, el clan de los Savastano. Porque, como en Juego de Tronos –Il Trono di Spade en su edición italiana-, el problema no reside únicamente en saber qué familia se hará finalmente con el trono sino en dilucidar, tema más delicado aún, quién es el legítimo candidato a suceder a una cuestionada jefatura familiar. Para ello los lazos de sangre son tan necesarios como imprescindible es la capacidad de ejercer el poder sin que te tiemble el pulso, peculiaridad que no le suele suceder al hijo de sangre pero si al tercero en discordia. Así es como a la eficacia narrativa de optar por filmar la mecánica del poder político Gomorra le suma, al igual que Juego de Tronos, la siempre atrayente erótica del poder simbólico al movilizar arquetipos más anclados si cabe en nuestro imaginario colectivo. Y es que, resultado explosivo de un atrevido cruce mendeliano entre las familias Stark y Lannister, los Savastano se construyen ellos también según el patrón que dicta la Trinidad, encarnando unos personajes complejos que le dan a esta serie, haciéndole honor a la famosa ciudad de la que toma el nombre, grandes momentos de tragedia bíblico-edipiana.

Bíblica, ya que por un lado tenemos el Padre ubicuo y omnipotente, don Pietro Savastano, tan aguerrido como Lord Tywin Lannister y desoído como Ned Stark; por otro lado, el Hijo sacrificado que tendrá que resucitar, Gennaro Savastano, mezcla del milagroso Jon Snow con el regicida Jaime Lannister y, finalmente, el Espíritu Santo clarividente y despechado, Ciro “el inmortal”, cruce del carnal estratega Tyrion Lannister con el gélido joven visionario Bran Stark. Edipiana, ya que en estas series para salvar a la familia el Padre tiene que morir o, más bien, el hijo tiene que matarlo.

Pero el verdadero catalizador de todas estas tramas y que se convierte sin lugar a duda en el personaje principal, avasallador como ninguno y colosalmente carismático, es el propio territorio. Sin nada que envidiarle al imponente Desembarco del Rey ni al infinito Muro que la Guardia de la Noche custodia desde milenios, el barrio de Scampia y sus impresionantes bloques de hormigón donde malviven familias hacinadas, con pasarelas comunicantes incluidas, se impone monstruosamente como el eje narrativo de esta gran serie italiana. De improbable arquitectura triangular que recuerda a la forma de las velas de un barco- lo que les ha valido el nombre de Vele di Scampia-, y literalmente carcomidos por los efectos de la droga, estos edificios simbolizan los restos de un naufragio social de cuyos supervivientes los magníficos planos aéreos y panorámicas generales nos cuentan la historia. Una vida que en los atardeceres, bulliciosos y sofocantes, recuerda a los vaivenes de las multitudes cacofónicas en la Torre de Babel. Una vida que por las noches, irregularmente iluminadas e indómitas, se asemeja, si me permiten la licencia, a los misteriosos quehaceres de lo que quedaría de una tripulación alienígena en su destartalada nave espacial abandonada y fosilizada, muestra arqueológica de una misión interestelar fracasada por haberse topado con unos anfitriones menos civilizados de lo esperado. En cualquier caso, de lo que estamos hablando es del magistral retrato de un cuerpo urbano metastasiado por la guerra. Acaso habría que remontarse a una de las obras maestras del neorrealismo italiano, Alemania, año cero (1948) de Roberto Rossellini, para encontrar un precedente donde la arquitectura demolida expresa mejor que cualquier otro personaje la desmesurada sinrazón de un sistema criminal.

Para terminar, no nos queda más remedio que dedicarle unas breves palabras al tema que se encarga ritualmente de musicalizar la última escena de cada capítulo de Gomorra. En sus poco menos de tres minutos, con unos escasos cuatro acordes y percusión cardiovascular acompañada de hipnotizantes desgarros acústicos, Doomed to live (Condenado a vivir) https://www.youtube.com/watch?v=Hl5F9AFXQ-M, compuesto e interpretado por el grupo electro-rock Mokadelic, nos invita a una suerte de levitación conclusiva, melancólica e introspectiva. Una vez alcanzado el punto cenital desde el que nos permite abarcar cabalmente toda la miseria de un territorio física y emocionalmente diezmado -el nuestro y el de los personajes- un último acorde interrumpe bruscamente el planeo y la escena, dejándonos caer en picado. Una caída menos libre que obligada que nos concede, eso sí, el tiempo suficiente antes del impacto final para abrazar el interrogante que esta serie no se cansa de plantear a lo largo de sus capítulos: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí?

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Guillermo  Paniagua  (sobre  “American  Crime”  y  “Making  a  murderer”):  “Dos  series  que  ponen  en  evidencia  la  sociedad  estadounidense”.

Guillermo Paniagua (sobre “American Crime” y “Making a murderer”): “Dos series que ponen en evidencia la sociedad estadounidense”.

Una antología híbrida, “American Crime“, y una serie documental “Making a murderer” , que tienen algo en común: ponen el dedo en la llaga sobre la sociedad estadounidense. Los analizamos con nuestro colaborador Guillermo Paniagua en nuestra sección mensual de los martes a las 11,30 sobre series.

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SerialK  |  “Los  santos  inocentes”  |  Making  a  murderer  -Guillermo  Paniagua-

SerialK | “Los santos inocentes” | Making a murderer -Guillermo Paniagua-

Algunos dicen que siempre ha estado aquí, cobijada, esperando pacientemente el momento de su recogida como aquel ansiado recuerdo aguarda al melancólico empedernido, como la trufa soterrada a su sabueso bien adiestrado. Otros sostienen que se construye a base de una aventura teórica, a veces en una modalidad unilateral, sistemática y un poco onanista, edificadora de castillos flotantes; otras veces de forma consensuada, experimental y casi romántica en la cual los roces y el tonteo terminan convenciendo a la aventura de engendrar un compromiso estratégico con la realidad. La verdad, por lo tanto, es un objetivo que suscita diferentes aproximaciones, un destino donde confluyen diferentes caminos, todos ellos, eso sí, territorios históricamente minados por sus díscolos hermanos siameses- el error y la mentira- y, por si fuera poco, en los tiempos que corren, abrasados por la ofensiva relativista que se empeña en que se cancele la expedición. Pero pase lo que pase o se pase por donde se pase, resulta que la verdad importa. Y mucho, al menos para cierta gente más que para otra.

A esta gente va dedicada Making a Murderer (2015), impecable serie documental de diez horas de duración repartidas en diez capítulos, síntesis explosiva de un maratoniano rodaje que se extendió durante diez años y en el cual sus creadoras, Laura Ricciardi y Moira Demos, filmaron minuciosamente, agazapadas como documentalistas de la vida salvaje, el enrarecido ecosistema del interior estadounidense y su aún más hostil bioesfera jurídico-policial. Una pequeña localidad del Condado de Matinowoc en el estado de Wisconsin es el marco donde malvive una humilde y estigmatizada familia dedicada al rejunte de esqueletos automovilísticos y de cuyo taciturno miembro, Steven Avery, Making a Murderer nos cuenta la historia.

Tras 18 años encarcelado por agresión sexual e intento de homicidio una muestra de ADN exonera a un ya no tan joven chatarrero que, no bien recuperada su libertad, decide demandar a las autoridades del Condado en busca de resarcimiento. El problema de Steven es que la libertad que había recuperado no era aquella todopoderosa arma ciudadana de amplio espectro de la que los defensores del sistema nos aseguran la existencia, sino más bien la libertad realmente existente, la de siempre, la que se limitaría a explicar las aleatorias idas y venidas- un día por aquí, otro día por acá- de un pobre hombre arrojado de vuelta en el laberinto metálico de un desguace familiar. Por lo tanto, el problema de Steven es que con esta demanda estaba reincidiendo abiertamente en un delito de desacato a la autoridad.

El primero había sido al no cumplir con las expectativas sociales que el sistema le reserva a los nadies, al perturbar el metabolismo comunitario de secreción de enemigos internos y chivos expiatorios y cuya faena había sido deliberadamente rematada por el sistema nervioso central, el jurídico-policial. En pocas palabras, por culpa de la inocencia de Steven el empeño sistémíco en la fabricación de un asesino había fallado, la cadena alimentaria comunitaria se había interrumpido, el equilibrio medioambiental estaba en peligro. Aun así, impasible ante el terremoto generado, Steven decidió desobedecer una segunda vez. Pero, más Icaro que pícaro, en esta ocasión quiso volar demasiado alto. No contento con incumplir con la funcionalidad social del excluido que le correspondía, el chatarrero andaba un poco sobrado y se atrevió, nada más y nada menos, que a tomarse en serio su estatus de ciudadano, a ejercer sus derechos y a impugnar un sistema que le había robado 18 años de su vida. Con esta osadía Steven rebasó el vaso del sheriff, traspasó las rayas del fiscal y a partir de ahí la bestia clasista encendió su maquinaria corrupta para engullirlo definitivamente: esta vez nada de ingeniera social, tocaba eliminarlo.

Aquí empieza esta historia kafkiana, tan atrapante como desoladora, donde seguiremos paso a paso el ensañamiento carroñero del establishment en busca, él también, de resarcimiento. La confrontación de puntos de vistas polarizará un guión magistralmente hilado por las dos realizadoras donde se enfrentarán, visceralmente, dos mundos. Por un lado, el de unos interiores y exteriores ferozmente deprimentes donde la parsimonia, lucidez y contundencia de una familia- tan machacada como los componentes de su desguace- generará momentos de inusitada belleza y dignidad. Por otro, la logorrea, soberbia y cinismo de los responsables institucionales y mediáticos dibujarán un mundo de putrefacción avanzada, de chatarra humana amontonada.

Pero lo que separa abismalmente estos dos mundos y constituye la tesis central de esta serie documental es la desigual distribución social del interés por la verdad. Una verdad que para algunos es tan vital como la necesidad de entender y superar su condición subalterna, una verdad que para otros es tan mortal como la posibilidad de desbaratar su posición privilegiada. Así es como, más allá de denunciar las injusticias padecidas por un chatarrero probablemente más inocente que santo, más allá de desvelar los mecanismos excluyentes que imperan en la sociedad actual, Making a Murderer se propone algo más: la rehabilitación de la verdad como herramienta emancipadora.

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Relatos  distópicos  con  Guillermo  Paniagua  (sobre  “Utopia”  y  “Black  Mirror”)

Relatos distópicos con Guillermo Paniagua (sobre “Utopia” y “Black Mirror”)

Hace un mes comenzamos una colaboración mensual sonre series con Guillermo Paniagua. En ella hablabamos del fenómeno de las series en general y de una muy conocida “Juego de Tronos”. Hoy ha tocado la segunda edición y nos hemos ido a series más independientes o críticas. Ambas son relatos distópicos, hablamos de “Utopía” y “Black Mirror”.

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SerialK  |  “A  través  del  espejo”  |  Black  Mirror  –  Guillermo  Paniagua  –

SerialK | “A través del espejo” | Black Mirror – Guillermo Paniagua –

Es de sobra conocida y padecida la capacidad del sistema capitalista de generar patológicamente demanda en base a la imposición de una inescrupulosa oferta. Las ofrendas depositadas ante el sacrosanto altar del beneficio han presentado a lo largo de la Historia múltiples declinaciones donde dentífricos, misiles o brócolis han podido intercambiarse generosamente como variables para la sencilla resolución de la ecuación de acumulación de capital. Hoy en día con una maquinaria mercantilista de desbocada imaginación y con engranajes 4.0 minuciosamente engrasados hasta podemos darnos el lujo de consumir dilemas éticos, reality de por medio, ayudando a una paciente terminal a decidir a quién ceder su riñón o acompañando a personas enfermas desahuciadas a enfrentar unas pruebas médicas que una generosa productora tiene a bien de concederles. En el caso de que no nos entusiasme presenciar la deriva esquizofrénica de personas confinadas en reductos claustrofóbicos ni seguir las andanzas de famosillos sometidos a maniobras militares y de combate, siempre tendremos otra pantalla a mano, la del móvil, para centrarnos un poco y proveernos de una buena dosis de realidad junto a nuestros queridos seguidores o, para los amantes de la naturaleza, junto a extraños animalitos que cazaremos en manada rodeando casas y provocando, si hace falta, estampidas. Mientras, algunos mecen un reborn recién adquirido online, otros rellenan el formulario de clonación de su mascota favorita o de su próxima excursión intergaláctica y los más animados atiborran estadios con pancartas, bufandas y vuvuzelas incluidas para forofear a gusto en campeonatos futbolísticos vídeo jugados. Todo ello, eso sí, a la par que ministros y jefes de Estado publican en menos de 150 caracteres decretos de recortes presupuestarios y, sobre todo, bajo el exhaustivo y considerado seguimiento de los mercaderes del Big data y de las enjambrosas e hipertrofiadas agencias de inteligencia estatales.

Que no cunda el pánico: lo comentado hasta aquí no desvela filtración o spoiler alguno sino simples muestras de una realidad, la nuestra, sobre la que Black Mirror (2011), serie creada por Charlie Brooker, reflexiona a lo largo de la docena de capítulos hasta ahora entregados. Aquí, como en toda antología, lo que serializa la propuesta no es la continuidad de una trama, de unos personajes sino una unidad temática, un tono, una idea plasmada en diferentes capítulos independientes unos de otros y que, en el que caso que nos ocupa, toman la forma de pequeños ensayos audiovisuales. Ensayos que más que proyectarnos en el futuro como lo podría sugerir la desafortunada etiqueta que se le suele adjudicar a esta serie se dedican a estirar sesudamente la masa fina de nuestro presente, a desovillar el entramado de redes con las que nos atrapa, tal mosquitas en trampas aracnídeas, un sistema omnisciente que juguetea con nosotras y que ha logrado reconciliar y hasta convertir en swingers a las puritanas parejas de lo real y lo virtual, del sujeto y del predicado. Un dilema, el del soñador soñado o del sujeto sujetado, que ya preocupaba a Alicia en la secuela de su maravilloso mundo y a Borges en sus no menos maravillosas ruinas circulares, ambos pequeños amplificadores de un eco que llegaba desde los albores de la llamada modernidad, desde aquellas famosas meditaciones donde un metodológicamente desconfiado Descartes evaluaba los posibles impactos intervencionistas de un mal genio en la lucidez de su yo soberano.

Ahora bien, si la lógica de espejos infinitos o el procedimiento de cajas chinas han sido dispositivos estudiados y movilizados en numerosas ocasiones, se limitaban hasta hace bien poco a metaforizar un ejercicio lógico o estético suscitado por una mera, aunque sugerente, hipótesis de trabajo. Lo que demuestra claramente Black Mirror, a veces con un grito narrativo un tanto estridente y otras mediante la sobrecogedora sobriedad de sus planos y efectos especiales, es que hoy en día esta hipótesis ha perdido- si me permiten- el hipo, al imponerse la imperturbable cadencia respiratoria del sistema a nuestro espacio vital más íntimo. Lo que era el objeto de la elaborada reflexión de algunos se ha convertido mediante dispositivos materiales invasivos de última generación en el sujeto de una realidad prosaica que nos afecta a todas y cuyas implicaciones en nuestro cotidiano son tan vitales como la urgencia de sopesarlas y superarlas. Porque en Black Mirror de lo que se trata es tanto de realizar un lúcido e incisivo ensayo sobre los actuales y potenciales mecanismos de control disciplinario como de delimitar situaciones, encuadres, en los que se puedan observar y estudiar- esta vez como si de un ensayo científico se tratase- nuestras reacciones y comportamientos, nuestros miedos y anhelos. En pocas palabras, la elasticidad antropológica en un contexto social adverso.

The Twilight Zone, madre indiscutible de las series de antología, ya lo hacía genialmente allá por la década de los 50. Denunciar la sofocante realidad del Macarthismo y al mismo tiempo bucear en las turbias profundidades del ser humano fueron la marca de una propuesta que le dio a la narrativa serial su primer momento de gloria. Para ello, si su genial creador Rod Serling recurría sobre todo a elementos fantásticos como catalizadores del experimento, en el caso de Black Mirror ya no hace falta. Ni fantasía, ni especulación, ni lógica especular, solamente los estragos antropológicos ocasionados por una pantalla omnipresente pero que, una vez apagada, se convierte como por arte de magia en un espejo negro a través del cual podemos vislumbrar la frágil silueta de un cuerpo humano. Al fin y al cabo, aunque apenas abordado en esta serie, el reflejo de los delicados pero insustituibles mimbres con los que contamos para organizar la resistencia.

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