Y  en  verano,  ¿qué  series  puedo  ver?  Repasamos  el  curso  de  SerialK

Y en verano, ¿qué series puedo ver? Repasamos el curso de SerialK

Juego de Tronos, Peaky Blinders o The Promise son sólo unas de las series que ha analizado Guillermo Paniagua este curso. Análisis sosegados combinados con entrevistas y colaboraciones radiofónicas. 

Una de las novedades del curso 2016 – 2017 ha sido la incorporación de una nueva colaboración escrita cada dos semanas – y mensual en Suelta La Olla en formato radiofónico – que tenía cómo intención desglosar diferentes series con un punto de vista crítico: SerialK. Diferentes análisis que a final de temporada han sido combinados con dos entrevistas: Irantzu Varela y Bingen Mendizabal.

Ahora que el curso termina, las temporadas de diferentes series finalizan – o comienzan, cómo Juego de Tronos el 17 de julio – hemos querido recopilar los diferentes análisis realizados por Guillermo Paniagua en su apartado SerialK.


Juego de Tronos | La serie emitirá su séptima temporada a partir del 17 de julio. Nuestro colaborador la define cómo “una serie que como el invierno ha venido para quedarse. Una ficción que ya ha marcado a una generación como lo hiciera a finales de los 70 otro gran relato icónico, el de Star Wars, escaparate de mundos improbables, guerras imperialistas y tramas familiares freudianas”. 


Utopía | “Una serie de culto que a pesar o, quién sabe si a causa de su hazaña, tras dos inolvidables temporadas sucumbió ante las fuerzas del Sistema: se alegaron dudosos argumentos para explicar la decisión de no renovarla por una tercera temporada”, es difícil encontrar razones de por qué no se hizo una tercera temporada. Mientras tanto, se puede disfrutar de las dos primeras.


Black Mirror | Punto de realismo y punto de fantasía en capítulos intensos. Según Paniagua, “ni fantasía, ni especulación, ni lógica especular, solamente los estragos antropológicos ocasionados por una pantalla omnipresente pero que, una vez apagada, se convierte como por arte de magia en un espejo negro a través del cual podemos vislumbrar la frágil silueta de un cuerpo humano”


American Crime | Dándole la vuelta al famoso “Sueño Americano”, nuestro colaborador le puso a su análisis el título “La pesadilla americana”: “Auténtico torpedo en la línea de flotación del mito fundador de la sociedad estadounidense,  American crime retrata el  sueño americano como lo que es: un mal sueño del que es urgente despertarse”.


Making a murderer |  Es una serie documental de diez horas y repartida en diez capítulos: “Historia kafkiana, tan atrapante como desoladora, donde seguiremos paso a paso el ensañamiento carroñero del  establishment en busca, él también, de resarcimiento”. 


Gomorra | Roberto Saviano, en 2006, escribió Gomorra, y desde entonces vive con escolta permanente. Paniagua cree que de “lo que estamos hablando es del magistral retrato de un cuerpo urbano metastasiado por la guerra”. 


Peaky Blinders | “Impresionante, finalmente, porque son personajes y actores de preocupante humanidad los que encarnan brillantemente esta trama novelesca. Los Peaky Blinders son ante todo, como todo gángster que se precie, una familia: los Shelby”.


The Promise | El sionismo toma protagonismo en esta singular serie que explica a la perfección el ideario sionista. Pero nuestro colaborador avisa: “No nos engañemos, hagamos lo que hagamos la clave seguirá siendo que los y las palestinas sigan contando su historia, fieles al guión delirante de un pueblo que mimaba a sus valles, casitas y olivos”


The Knick | Creada por Jack Amiel y Michael Begle, esta serie narra los pormenores del nacimiento de la cirugía moderna en los albores del siglo XX. “Despliega una exquisita dirección trasladándonos del frío naturalismo gore del bloque operatorio al depravado y almidonado antro de fumadores de opio para terminar arrojándonos a la calles pestilentes de una gran manzana podrida en la que se trapichea cadáveres, concesiones inmobiliarias, parásitos y derechos”.

 

SerialK  |  “Clínica  de  la  razón  impura”-  The  Knick  |  Guillermo  Paniagua

SerialK | “Clínica de la razón impura”- The Knick | Guillermo Paniagua

Con un poco de generosidad se podría entender la histórica tendencia de la ciencia a presentarse como un espacio hermético, impermeable e indiferente a las vicisitudes mundanas, abstraída del mundo para poder abstraer mejor, como el efecto colateral y duradero de una desesperada estrategia de supervivencia desplegada hace ya miles de años. Todo empezó allá por la Grecia clásica cuando una nueva comensal, un poco sosa y tímida, la Razón, lograba hacerse oír e imponerse en un alborotado banquete poblado por locuaces poetas y kuadrillas de fornidos superhéroes. Como era de esperar, estos últimos, enfurecidos tras verse arrebatado el protagonismo, decidieron contratacar, institucionalizándose como opinólogos y obligando a la razón a replegarse y pasar a la clandestinidad. Habría que esperar casi mil años y una durísima travesía del desierto para que unos valientes astrónomos renacentistas, subyugados por la perfección de los movimientos de los cuerpos celestes, decidieran destronar al barbudo -opinólogo en jefe- que se había apropiado ilegítimamente del control de los cielos y dar así a la razón una segunda y definitiva independencia ante los promotores de opiniones y mitos. Había nacido la ciencia moderna. Ahora bien, en esta batalla por desplazar a los regímenes de discurso que durante tanto tiempo habían hegemonizado nuestra capacidad de comprensión e intervención en el mundo, la ciencia no saldría indemne.

En efecto, celosa por obtener el lugar y el reconocimiento merecido, por preservarlo a toda costa, la ciencia tuvo que construirse una coraza, caricaturizar las diferencias existentes con los demás contrincantes y simplificar los términos de una contienda de la que había salido solo parcialmente vencedora. Por un lado y de forma un tanto malagradecida, la ciencia se sintió obligada a olvidar que la todopoderosa capacidad de razonar de la que tanto alardeaba había sido generosamente confeccionada y cedida -al igual que la de opinar y de crear mitos- por la madre naturaleza. Así, con tal de asegurar la especificidad y descendencia de su más preciado tesoro – la razón- la ciencia optó por renegar de sus orígenes naturales. Por otro lado y de forma un tanto sociópata, la ciencia, en su afán por blindar su indudable y privilegiada relación con la verdad, se sintió impelida a ignorar las condiciones históricas en las que los hombres y mujeres habían podido y visto la necesidad de parirla. Así, con tal de asegurar la autonomía y objetividad de su más preciado tesoro- la razón- la ciencia optó por renegar de sus orígenes sociales. En pocas palabras, como consecuencia de una batalla sin cuartel tanto la razón como su expresión social consagrada, la ciencia, un poco groguis de tantos golpes, entendieron erróneamente y curiosamente que su acceso a lo universal había pasado y tenía que pasar por renunciar a su pertenencia al universo. Como si del retorno de los poetas muertos se tratase, The Knick (2014), obra maestra de la nueva narrativa serial, nos recuerda que en verdad ni se tuvo ni se tiene que pagar semejante peaje.

Creada por Jack Amiel y Michael Begle e integralmente dirigida por el reconocido, multigalardonado y el que fuera símbolo en los 90 del cine independiente estadounidense, Steven Soderbergh, The Knick nos cuenta los pormenores del nacimiento de la cirugía moderna en los albores del siglo XX tomando como marco de este difícil parto el tumultuoso hospital Knickerbocker de Nueva York. En una operación simétrica y contraria a la explicada en nuestro boceto introductorio, esta serie se propone mediante una hibridación de géneros narrativos- el de época y el médico- hacerse cargo de la hibridación del género humano -un poco animal, un poco social- presentándola como lo que es: la materia prima, el soporte contradictorio del que dispone la verdad para poder expresarse. Así, seguiremos durante las dos temporadas de esta serie las intricadas relaciones que se establecen entre una sociedad -saturada de racismo, machismo y clasismo- unos personajes -frágiles, crueles y soberbios- y una ciencia- artesanal, despiadada y muchas veces mortífera- sin por ello tener que renunciar a observar a la razón ejercitándose. Una gimnasia intelectual que reluce a veces gracias y otras a pesar de las adicciones y fechorías de uno de los protagonistas, el Dr. John Thackery, impecablemente interpretado por Clive Owen, y en el otro médico, Dr. Algernon Edwards, condenado a ser brillante y negro, es decir, a sobrevivir a base de dar y recibir puñetazos -literales y figurados- en una sociedad, no muy diferente a la actual, donde el color de la piel es sinónimo de desahucio estructural.

En unas escenas de inusual belleza, con una cámara en mano tan febril como el pulso del paciente destripado, con unos grandes angulares y filtros sepias que recuerdan a la inquietante maestría de un Lars Von Trier o de un Sokurov, Soderbergh despliega una exquisita dirección trasladándonos del frío naturalismo gore del bloque operatorio al depravado y almidonado antro de fumadores de opio para terminar arrojándonos a la calles pestilentes de una gran manzana podrida en la que se trapichea cadáveres, concesiones inmobiliarias, parásitos y derechos. Una atmósfera pegajosa y opiácea cuyo pulso se ve marcado por una oscura banda sonora electro minimalista compuesta por Cliff Martinez, ex batería de los Red Hot Chili Peppers, que se ubica junto a las desgarradoras y también minimalistas composiciones clásicas de Max Richter en The Leftovers (2014) y los ritmos tribales de Cristobal Tapia de Veer en Utopia (2013), en la cumbre de la musicalización de la ficción seriada. Sonidos electrónicos que desde su contemporaneidad más radical, es decir, depurados, acuáticos e intrauterinos logran acoplarse coherentemente, tal como un anfibio, a los diferentes ecosistemas que componen esta historia además de lograr retroceder sin anacronismo a tiempos pasados de nuestra Historia. En fin, una muestra más de una universalidad que se puede reivindicar sin complejo y sin tener que renegar ni del tiempo ni de la bestia frágil e iracunda que anidan en ella.

Probablemente semejante hazaña, semejante sobredosis de naturaleza y sociedad inyectada en un relato que aborda las conquistas científicas no podía ser otra que obra de poetas. Esos que como Soderbergh y su equipo, rectificando una enemistad histórica y haciendo buen uso de la capacidad de la  poesía en revelar analogías, son capaces de entender y homenajear el soporte híbrido del que dispone la verdad para poder expresarse al tener ellos mismos una experiencia similar en su praxis, al tener ellos mismos un trato preferencial con otra subyugante síntesis de lo natural y lo social, ese otro universal que llamamos belleza

Guillermo  Paniagua  (SerialK):  “El  género  de  la  mafia,  uno  de  los  mas  visitados  en  el  sector  audiovisual”

Guillermo Paniagua (SerialK): “El género de la mafia, uno de los mas visitados en el sector audiovisual”

En la colaboración de series de este martes en Suelta la Olla hablamos con Guillermo Paniagua sobre “Peaky Blinders” y “Gomorra”, las considera “dos buenas series sobre el género de la mafia, uno de los mas visitados en el sector audiovisual”.

Entzun
SerialK  |  “El  hundimiento”-  The  Promise  |  Guillermo  Paniagua

SerialK | “El hundimiento”- The Promise | Guillermo Paniagua

 El pasado 15 de mayo se celebró el peculiar aniversario de una aberración ideológica que, allá por el año 1948 y con el aval de sus tutores occidentales, decidió hacerse mayor y convertirse en una catástrofe política. Aquel día el ideario colonial sionista- “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”- decidía enfrentarse a una realidad un tanto díscola y hacerla entrar una vez por todas en razón. Para ello hubo que hacerse cargo de una población, la palestina, curiosamente empeñada en mantenerse presa de un delirio colectivo que consistía en creerse tan real como los valles, los olivos y las casitas que mimaba desde hacía miles de años. Como los palestinos no se mostraban dispuestos a salir de este sueño grandilocuente, se les impuso una terapia de shock y miles de hombres y mujeres fueron masacradas o expulsadas de su territorio. El pasado 15 de mayo mientras se rememoraba el inicio de esta limpieza étnica, la Nakba, miles de delirantes palestinos, presos por creerse hijos, nietos o bisnietos de aquellos aún más delirantes pobladores que se habían empeñado en existir, se encontraban en huelga de hambre con el fin de denunciar las inhumanas condiciones de encarcelamiento que el Estado de Israel, fiel a su terapia de shock, les impone. 

Siguiendo a Marx, es difícil saber si esta repetición de la historia se encuentra en su momento trágico o farsante, pero lo cierto es que se repite y que The Promise (2011), miniserie británica creada por Peter Kosminsky, se hace brillantemente cargo, políticamente y narrativamente, de esta reiteración. Al igual que lo consiguiera Juan José Campanella en Vientos de Agua (2006) serializando las crisis económicas y políticas de ayer y hoy como principal generador de los flujos migratorios, Peter Kosminsky narra la historia actual de la ocupación de los territorios palestinos y de la violencia que la apuntala mirando en el espejo de la historia de su gestación. O, mejor, más que acudir a un pasado monolítico y omnisciente que iluminaría unilateralmente el presente, se trata de establecer un diálogo entre dos puntos de la Historia que no terminarán de existir plenamente sin la complicidad del otro. Una complicidad que en esta serie toma la forma de diálogo intergeneracional entre una joven londinense, Erin, de viaje veraniego en tierras palestinas y Len, el joven que alguna vez fue su abuelo militar enviado en 1947 de misión a este territorio. Un diálogo que una vez más, como si fuera la continuación de las monstruosidades contadas por Ana Frank, tiene como facilitador un diario íntimo que llegará a las manos de la protagonista justo antes de su viaje y en el cual su abuelo recogía su traumática participación en la liberación de los campos de concentración en la Alemania Nazi y una no menos desgarradora experiencia vital durante su posterior traslado a tierras palestinas bajo Mandato británico.

A partir de ahí empezará el viaje iniciático de una joven que como muchas personas desconoce tanto el pasado de sus parientes más cercanos como el presente de un mundo en el que Palestina, sin quererlo ni haber pedido nada, sigue jugando un papel tan sintomático como determinante. En este pequeño espacio donde la Historia se acumula a borbotones y la geopolítica se cocina a olla a presión, la joven Erin se zambullirá en un curso acelerado de senderismo existencial. Suerte de pequeño islote histórico emocional, de eslabón perdido en busca de una filiación truncada por los dispositivos ideológicos hegemónicos que nos mantienen atrofiados afectiva y políticamente, ausentes del presente y en ausencia de nuestro pasado, la joven protagonista simboliza, con todas sus contradicciones, un malestar estructural sacudido por una bofetada coyuntural. La suya, la bofetada, facilitada por lo que bien podría ser considerado la biblia del to be continued, el relato serial por excelencia: el diario íntimo. La nuestra, la hostia, por una propuesta seriada que, gracias a un riguroso trabajo de documentación y un excelente guión, logra construir una gran saga histórica, político-intimista, articulando eficazmente dos miradas en un mismo eje narrativo. Así, las vivencias del entonces joven militar cuyas tareas y amores se toparán con la dura realidad de una pasiva complicidad británica con las barbaridades cometidas por la organización sionista armada Irgún, se superpondrán con gran naturalidad -política y narrativamente hablando- al desconcierto de Erin ante el actual régimen de apartheid donde el fundamentalismo sionista, retratado en unas durísimas escenas en Hebrón, cohabita con un desacomplejado clasismo supuestamente progresista expresado por la calma opulencia de la mansión israelí en la que la joven se hospeda.

Junto a este minucioso retrato de la continuidad histórica de la negación total y absoluta del Otro, principio clave del dispositivo colonialista, los planos de esta serie no omiten recoger con toda su crudeza la respuesta de los y las palestinas, una reacción tan desesperada como desesperante es su situación. Es decir, una apuesta en escena que logra escapar de la trampa intelectual y política de la insufrible equidistancia y que, como era de esperar, le ha valido a la serie duras críticas por parte de amplios sectores que siguen ignorando que la equidistancia, ni siquiera en física, asegura la conquista del tan preciado equilibrio. En efecto y con perdón, en física, el punto de equilibrio coincidirá con el punto equidistante sólo en el caso de un cuerpo cuya masa sea repartida de manera homogénea. En caso contrario, ubicarnos a nivel de este punto no hará más que inclinar la balanza hacia la parte del cuerpo de mayor peso. Y en política pasa lo mismo. La equidistancia tendrá sentido y se defenderá a capa y espada cuando el cuerpo social no esté descompensado, cuando la equitativa distribución social del poder y de la riqueza esté a la orden del día. Mientras, defender la equidistancia no hará más que mantener a flote una situación de injusticia estructural, decisión tan aberrante como la de unos pasajeros de un barco yéndose a pique que optasen por dirigirse al centro de la cubierta para poner remedio a la tragedia.

A pesar de su valiente crítica a la continuidad histórica de una injusticia sin parangón, del retrato sin concesiones de la desazón de una juventud vaciada de referencias familiares y políticas, The Promise no realiza ningún milagro por más Tierra Santa que sea el marco de la historia que relata. Una simple bofetada decíamos, pero que quizás junto a tantas otras propinadas en la literatura y en el cine, como por ejemplo las de Gillo Pontecorvo en sus demoledores películas anticolonialistas Queimada o La batalla de Argel, ayude a despertar y reubicar a algunos pasajeros desorientados de un barco, el de la intencionadamente mal llamada “civilización occidental”, que se hunde miserablemente. En cualquier caso, nos nos engañemos, hagamos lo que hagamos la clave seguirá siendo que los y las palestinas sigan contando su historia, fieles al guión delirante de un pueblo que mimaba a sus valles, casitas y olivos.

 

www.facebook.com/blogSerialK

@SerialKrikri

SerialK  |  Irantzu  Varela:  “En  las  series  están  empezando  a  caber  los  relatos  no  hegemónicos”,  una  entrevista  de  Guillermo  Paniagua

SerialK | Irantzu Varela: “En las series están empezando a caber los relatos no hegemónicos”, una entrevista de Guillermo Paniagua

Como anunciábamos en el primer artículo de este blog, el objetivo de SerialK consiste no solamente en ofrecer análisis de las series que a nuestro parecer destacan en el actual mundo de la ficción seriada sino también en recoger las opiniones y valoraciones de personas del ámbito de la cultura, de la política y del activismo social de Euskal Herria acerca de este fenómeno socio-cultural.

Nuestra primera entrevistada es Irantzu Varela (Portugalete, 1974), periodista y activista feminista radical, miembro del espacio de creación, aprendizaje y acción feminista Faktoria Lila, presentadora del programa “El Tornillo” y autora del documental “El nunca me pegó”.

Antes de entrar en el análisis del fenómeno serial actual me gustaría que nos fuéramos unos cuantos años atrás y que nos contaras qué espacio e importancia tuvieron las series en tu infancia y adolescencia. ¿Cuáles veías? ¿Qué balance haces de aquellas propuestas y del impacto que tuvieron en tu vida?

He visto las mismas series que ha visto toda mi generación: las que emitía un único canal y que, además, sólo lo hacia por la tarde. Empezamos con La casa de la pradera y aunque quedaría muy bien que te dijera que Twin Peaks marcó el punto de inflexión (es innegable la calidad de su guión, de su producción, de la iluminación, etc.), creo que la serie que marcó realmente a toda mi generación es Sensación de vivir. De hecho, en una noche de cañas con unas amigas hemos llegado a la conclusión de que estamos ahora como estamos, desde el punto de vista de los valores capitalistas y heteropatriarcales, por Sensación de vivir (risas). Porque nos enseñó, nos creó deseos de ser personas horriblemente frívolas, con preocupaciones superficiales y la verdad es que la gente de mi edad que no veía esta serie era porque vivía en un pueblo en el que no llegaba el dichoso canal o, directamente, porque vivía en un caverna… La veías aunque fuera solamente para tener conversación, lo cual es horrible pero también demuestra que se puede empezar fatal y después dar guerra… Si la serie que me marcó es Sensación de vivir, pues ¡imagínate! (risas), todo tiene arreglo…

Está claro que, en gran medida y como en otras propuestas artísticas y culturales, las series han vehiculizado y apuntalado valores acordes con los patrones ideológicos capitalistas heteropatriarcales dominantes. ¿En qué medida crees que en esta nueva edad dorada de la series se está cambiando de enfoque? En tu opinión, ¿qué series encarnan este cambio?

Tengo claro que se está dando un cambio de calado. Es verdad que ves las series que Netflix te impone pero, al final, cada cual puede eligir. Creo que la experiencia con las series actuales depende, evidentemente, de qué serie ves pero, desde luego, en las que estoy viendo últimamente noto un cambio brutal.

Primero, hace tiempo que se están produciendo series con una perspectiva de género soportable, cosa que no era habitual. Incluso en las más comerciales y conocidas. Seguramente seré yo, pero, por ejemplo, Juego de Tronos es la demostración de que los hombres sois idiotas y que la humanidad sobrevive gracias a los no-hombres: los enanos, los bastardos y las mujeres. Ayer por ejemplo me vi entera Big Little Lies, una serie con relatos protagonizados por mujeres con otro perfil que el de las protagonistas de Sexo en Nueva York (que en su momento también fue un punto de inflexión), o Black Mirror, con la que tuve la misma sensación que la que tenía con doce años cuando veía La bola de cristal cuando te decían “si no se te ha ocurrido nada tal vez tendrías que ver menos la tele” o “si no quieres ir como estos, ¡lee!”. ¡Que la tele te dijera que no vieras la tele o que leyeras me parecía muy loco! Pues Black Mirror me parece algo parecido.

No sé si es que están cambiando el relato mundial y que esto es el principio de un nuevo orden. No creo, aunque hay días que soy más optimista que hoy y pienso que sí… Lo que está claro es que en las series están empezando a caber los relatos no hegemónicos. Los relatos de hombres blancos heterosexuales brutos que lo solucionan todo con violencia se han acabado. La masculinidad ya nos la han contado de todas las maneras posibles y por haber. Por ejemplo, Juego de tronos parece una serie de machotes y ¡qué va! Para mi hay una crítica a la masculinidad y al poder muy grande. Pero también depende de cada cual cómo la mire y seguramente algunas personas escuchándome pensarán que estoy flipada (risas). En el caso de Black Mirror, o no la entiendes o ves claramente que tiene una critica brutal, como a la gordofobia y a la heteronorma entre otras muchas cosas.

“Hace tiempo que se están produciendo series con una perspectiva de género soportable, incluso en las más comerciales y conocidas”

Hablando de relatos no hegemónicos, ¿qué te parece la serie Orange is the New Black?

Como muchas otras series ha ido perdiendo fuerza con el transcurso de las temporadas pero hay una cosa que es buenísima: solo salen tías y los pocos hombres que salen son idiotas y eso nos encanta a las tías porque estamos cansadas de haber visto tantos relatos en los que los protagonistas son tíos y en los que las pocas tías que salen son idiotas. Además, en esta serie tienes visibilidad lésbica, crítica de clase y de raza, eso sí, con brocha gorda, pero creo que es una serie a recomendar.

¿Y Girls?

Para las que hemos visto Sexo en Nueva York es muy dura ya que es parecida pero en una versión amarga. En Sexo en Nueva York, en aquel entonces, todo era dulce… En cualquier caso, es la prueba que el mundo esta cambiando: las tías protagonistas de los 90 eran las de Sexo en Nueva York, ahora son precarias, gordas, nada les va bien y no tienen zapatos último modelo…

¿Y Transparent?

Me parece un flipe aunque la presencia de la religión en la familia a mí me sobra. En todo caso, es una serie brutal, ¡además todo el mundo se hace bollera! (risas).

Y para terminar, ¿Mad Men?

Creo que es la primera serie que yo haya visto donde se nota que hay guionistas mujeres y que se han leído la Mística de la feminidad de Betty Friedan. El papel de Betty, la mujer de Don Draper, y el papel de Peggy, la secretaria que empieza escribiendo a máquina y acaba como creativa publicista, son ejemplos de manual del feminismo de la primera hora. En Mad Men lo de “el malestar que no tiene nombre” que indentificaba Betty Friedan se describe extremadamente bien. Además, me parece muy honesta ya que es un mundo protagonizado por hombres pero en el que las mujeres no son comparsas ni excusas; tienen, desde su falta de protagonismo, su propio protagonismo y eso me parece muy real.

Para ti, ¿cuáles son las razones de este cambio en los tipos de relatos?

Pues que cada vez nos tragamos menos el discurso hegemónico. La mayoría de la gente no es un hombre heterosexual con una casa en las afueras con piscina. Ya no nos tragamos relatos protagonizados por seres que no somos. Las minorías, lo disfuncional y los márgenes interesan. En cambio, las series del relato hegemónico son aburridísimas. Se acabó, ¡ya lo han contado todo!

¿Cuáles son las limitaciones de este cambio? Es decir, en términos cualitativos, ¿qué elementos brillan por su ausencia desde una perspectiva feminista y anticapitalista?

No lo sé, depende. Pero por ejemplo a Black Mirror no le falta casi nada. De hecho, siempre me pregunto quién ha sido la mente malvada escondida atrás de ella. ¡Los guionistas de esta serie están maquinando algo seguro! (risas). En cualquier caso, creo que en general el problema es que las series, como pasa en otros ámbitos, incorporan una perspectiva y no incorporan otras. En este sentido Transparent me parece demasiada “judía y blanca”, y en general, en muchas series las feministas representadas suelen ser un poco blancas o un poco racistas… Además, casi siempre pertenecen a la clase media alta. Por ejemplo, en Black Mirror parece que todo el mundo vive en una situación bastante acomodada y yo no me creo que en una distopía cercana las cosas sean así. Por lo tanto, diría que todavía nos cuesta contar la precariedad y los márgenes. Creo que se sigue pensando que para encontrar a gente que tenga vidas interiores lo suficientemente ricas como para alimentar un buen guión hay que ir a buscarlas en el seno de la burguesía. Es como si los pobres sólo estuviesen preocupados por comer…Creo que esto es un planteamiento muy clasista.

Por otro lado, íntimamente relacionado con el papel de la mujer, ¿qué tipo de masculinidad se plasma en las propuestas seriales actuales?

El gran cambio es que la masculinidad hegemónica aparece como algo destructivo. Como en Don Draper de Mad Men, un hombre que podría aparecer en un anuncio de colonia, hombre exitoso que tiene a la mujer guapa, a la amante bohemia etc. y, sin embargo, queda muy claro que es destructivo, que su peor enemigo es él. ¡Y lo hombre que es! En Los Soprano, es un mafioso de Nueva Jersey y pasa exactamente lo mismo. En Juego de Tronos, donde se muere cualquiera y donde se rompen todos los esquemas, llegué a la conclusión de que los únicos que sobreviven, los únicos que tienen un relato que podríamos llamar de “triunfo” son los no-hombres: son las mujeres, el enano y el bastardo. Las mujeres están colocadas en el espacio secundario que muy probablemente tendrían en este mundo en el caso en que hubiera existido, pero desde allí son capaces de generar las estrategias para sobrevivir y, no sé si es la palabra, para triunfar. A mí, Cersei Lannister de Juego de Tronos me parece el gran descubrimiento. Y también Claire Underwood de House of Cards: según va evolucionando la serie, a su marido presidente ¡se lo va comiendo con patatas! De hecho, me quedo con su gran frase: “Estoy harta de intentar ganarme le corazón de la gente”. ¡Qué miedo! ¡Hay que hacer una Cersei Underwood o una Claire Lannister, es urgente! (risas). Además, mientras su marido Frank Underwood va envejeciendo, ella va criogenizándose. ¡Es espectacular! Hace diez años este personaje habría sido quizás no imposible pero, eso sí, el personaje más odiado del mundo. Y ahora queremos sus vestidos y su corte de pelo. ¡Todas queremos ser Claire Underwood! (risas)

“El gran cambio es que la masculinidad hegemónica aparece como algo destructivo”

En la última entrega de SerialK analizábamos la serie Peaky Blinders y enmarcábamos su personaje principal, Thomas Shelby, como una muestra portentosa del auge de los antihéroes masculinos. ¿Cómo valoras este fenómeno que viene desarrollándose en las últimas décadas (desde Homer Simpson, pasando por Tony Soprano, House, Dexter, Walter White de Breaking Bad, hasta el mismísimo Don Draper)?

Decía Tolstoï que las familias interesantes son la familias anormales; las normales, en cambio, son todas igual de aburridas. Las historias interesantes son las de gente con secretos, con personajes magnéticos que son capaces de gustarte aunque sepas que no te tienen que gustar. Al fin y al cabo, alguien seductor es alguien que no tiene los elementos objetivos para gustarte pero que te gusta. Por ejemplo, con Don Draper, aparte de guapísimo, sabes desde el principio que este tío tiene algo oscuro. No es el señor con el que quieres que tu hija tenga hijos, es el señor con el que te quieres escapar. Es un poco el mismo fenómeno que con las “femmes fatales”, pero en hombres. Ellos, en vez de tirar de una energía sexual tiran de otra. Por ejemplo, Tony Soprano, se suponía que pillaba mucho pero es un horror físicamente. El hecho es que la mayoría nos lo hubiéramos follado, no al actor sino a Tony Soprano (risas). En pocas palabras, los personajes que encarnaba Rock Hudson, actor estadounidense gay de los años 50 (un actor muy guapo y que hacía siempre de bueno, un poco como Gary Cooper) hace mucho que no molan.

Con respecto a las series vascas, ¿cuál es tu opinión?

La verdad es que no he visto muchas pero creo que hasta ahora no se ha intentado hacer algo con una calidad artística mínima. No sé…

Y, en general, en la producción cultural y artística vasca, ¿cómo ves la situación?

Creo que la cultura vasca ha sido monopolizada por un determinado tipo de temas muy relacionados con nuestra coyuntura y que nos falta darle un meneo a otros asuntos. Por ejemplo, hay pocas producciones culturales vascas y menos en euskara que hablen de racismo, no sé… Nos hemos centrado tanto en los temas que nos han movido como sociedad que tenemos pendientes nuevas problemáticas. Aun así, para ser una cultura pequeña, se trabaja mucho y bien: hay un montón de escritoras, de cantantes, de bertsolaris dándole vueltas a los temas de actualidad.

Antes de finalizar, me gustaría que hicieras una reflexión sobre la articulación entre arte y política. En tu opinión, ¿qué criterios tendría que reunir una obra, en este caso audiovisual, para aportar a la causa emancipatoria?

Creo que todo depende de lo que quieras contar. Si haces, por ejemplo, una obra de teatro es para contar algo y lo que marcará la diferencia es lo que quieras contar. Hay muchas artistas que son feministas y que hacen arte feminista pero que no les gusta que se les llame “artista feminista” ya que prevalece lo de “feminista” sobre lo de “artista”. Pero después, en el relato que nos ofrecen la perspectiva feminista es total. Por lo tanto, lo importante, como decía, es lo que quieras contar y eso no tiene normas claras. Cada vez que alguien ha hecho una aportación real ha contado lo que quería contar y no lo que creía que la gente quería que le contase. En todo caso, la noción de “arte emancipatorio” me chirría y me preocuparía mucho que cuando alguien escribe un poema lo haga para que sea una herramienta política. Me parece peligroso, para el arte sobre todo. Lo que sí pasa es que hay muchas cosas que se hacen porque existe la necesidad de contar una historia, una historia que acaba convirtiéndose en una herramienta política gracias a que la gente se apropia de su significado.

Para terminar, hablemos serialmente:

¿LA serie?

Los Soprano

¿Una serie militante?

Black Mirror

¿Una serie rancia?

House

¿Una serie sofá y manta?

L World

¿Una serie inconfesable?

Sexo en Nueva York

¿Una serie infumable?

La que se avecina

¿Un personaje para ir de potes?

Samantha de Sexo en Nueva York

¿Un personaje irresistible?

Shane de L World

¿Un personaje para un spin-off?

Jennifer Melfi, la psicóloga de Los Soprano

¿El personaje que te gustaría ser?

Una mezcla de Cersei Lannister y Claire Underwood. Es decir, Cersei Underwood.

¿La banda sonora para escuchar en bucle?

La de Big Little Lies

¿VOS o doblada?

En VOS aunque no lo haga siempre.

¿La serie que falta por hacer?

Raíces (1977), serie que trata el tema de la esclavitud, pero desde la perspectiva de las mujeres negras. La serie se llamaría algo así como “Raíces, ellas”.

¿Nivel de adicción del 1 al 10?

Yonki total: 9,5

Facebook: www.facebook.com/blogSerialK

Twitter: @SerialKrikri

 

SerialK  |  “Il  Trono  di  Spade”  –  Gomorra  |  Guillermo  Paniagua

SerialK | “Il Trono di Spade” – Gomorra | Guillermo Paniagua

En lo que sigue siendo una de sus definiciones canónicas, el sociólogo alemán Max Weber afirmaba que el Estado es “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima […] El Estado es la única fuente del “derecho” a la violencia”. Si bajamos un poco el nivel de abstracción y precisamos que todo ello se instituye con un fin tan concreto y mundano como el de blindar los intereses de una minoría dominante- aquella que se presenta con éxito como comunidad cuando no es más que una ínfima parte de ella- entenderemos por qué el éxito de la novela publicada en 2006 por Roberto Saviano, un joven periodista italiano, le ha valido el dudoso honor de tener que vivir bajo escolta permanente. En efecto, son cosas que pasan cuando, para escribir una novela, uno se introduce furtivamente -sin el debido visado- en las comarcas de un mini Estado todopoderoso, buque insignia del patriarcado, de tronco medieval territorialmente enraizado pero con ramificaciones turbocapitalistas trasnacionalizadas, y decide además husmear diligentemente en sus oscuros negocios. No nos confundamos: el objeto de estudio de aquel libro, Gomorra, no es el Vaticano sino la Camorra napolitana.

En cualquier caso, no contenta con su hazaña libresca, Gomorra volvió a las andadas con una adaptación para la gran pantalla que le valió el premio del jurado del Festival de Cannes 2008, pasó por las tablas del teatro y, como colofón de su valiente recorrido, se serializó en el año 2014 convirtiéndose en una de las grandes narraciones de la televisión europea actual. Pero, inverosímil como pueda parecer, con las dos temporadas emitidas hasta ahora Roberto Saviano ha logrado algo aún más atrevido que desollar la bestia camorrista: consiguió el tour de force artístico de ofrecernos un Juego de Tronos en su versión neorrealista italiana.

En efecto, más allá del origen novelístico y del éxito social y comercial que comparten las dos series, ambas obras beben fundamentalmente de una misma fuente tan clásica, actual y narrativamente eficaz como son los entresijos palaciegos y los campos de batalla donde el poder se reproduce. Ese poder político de una nobleza que anida en palacetes tan solemnemente oscuros como sobreactuadamente chispeantes son las mansiones de la lumpen-burguesía napolitana; ese mismo despotismo medievalesco donde la fórmula química gramsciana de composición molecular del poder -equilibrio dinámico de consenso y coerción- parece no aplicarse del todo cuando se dispone de ejércitos o sicarios, de dragones o AK-47s, de carabelas o 4X4s blindados.

Un poder, por lo tanto, que Gomorra presenta crudamente en sus violentas manifestaciones estéticas y sociales al hilo de un relato coral- mucho menos barroco que el de su prima estadounidense, neorrealismo oblige- adentrándose en la disputa de un territorio desolado de los suburbios napolitanos por parte de dos familias camorristas y centrándose en las desavenencias internas a una ellas, el clan de los Savastano. Porque, como en Juego de Tronos –Il Trono di Spade en su edición italiana-, el problema no reside únicamente en saber qué familia se hará finalmente con el trono sino en dilucidar, tema más delicado aún, quién es el legítimo candidato a suceder a una cuestionada jefatura familiar. Para ello los lazos de sangre son tan necesarios como imprescindible es la capacidad de ejercer el poder sin que te tiemble el pulso, peculiaridad que no le suele suceder al hijo de sangre pero si al tercero en discordia. Así es como a la eficacia narrativa de optar por filmar la mecánica del poder político Gomorra le suma, al igual que Juego de Tronos, la siempre atrayente erótica del poder simbólico al movilizar arquetipos más anclados si cabe en nuestro imaginario colectivo. Y es que, resultado explosivo de un atrevido cruce mendeliano entre las familias Stark y Lannister, los Savastano se construyen ellos también según el patrón que dicta la Trinidad, encarnando unos personajes complejos que le dan a esta serie, haciéndole honor a la famosa ciudad de la que toma el nombre, grandes momentos de tragedia bíblico-edipiana.

Bíblica, ya que por un lado tenemos el Padre ubicuo y omnipotente, don Pietro Savastano, tan aguerrido como Lord Tywin Lannister y desoído como Ned Stark; por otro lado, el Hijo sacrificado que tendrá que resucitar, Gennaro Savastano, mezcla del milagroso Jon Snow con el regicida Jaime Lannister y, finalmente, el Espíritu Santo clarividente y despechado, Ciro “el inmortal”, cruce del carnal estratega Tyrion Lannister con el gélido joven visionario Bran Stark. Edipiana, ya que en estas series para salvar a la familia el Padre tiene que morir o, más bien, el hijo tiene que matarlo.

Pero el verdadero catalizador de todas estas tramas y que se convierte sin lugar a duda en el personaje principal, avasallador como ninguno y colosalmente carismático, es el propio territorio. Sin nada que envidiarle al imponente Desembarco del Rey ni al infinito Muro que la Guardia de la Noche custodia desde milenios, el barrio de Scampia y sus impresionantes bloques de hormigón donde malviven familias hacinadas, con pasarelas comunicantes incluidas, se impone monstruosamente como el eje narrativo de esta gran serie italiana. De improbable arquitectura triangular que recuerda a la forma de las velas de un barco- lo que les ha valido el nombre de Vele di Scampia-, y literalmente carcomidos por los efectos de la droga, estos edificios simbolizan los restos de un naufragio social de cuyos supervivientes los magníficos planos aéreos y panorámicas generales nos cuentan la historia. Una vida que en los atardeceres, bulliciosos y sofocantes, recuerda a los vaivenes de las multitudes cacofónicas en la Torre de Babel. Una vida que por las noches, irregularmente iluminadas e indómitas, se asemeja, si me permiten la licencia, a los misteriosos quehaceres de lo que quedaría de una tripulación alienígena en su destartalada nave espacial abandonada y fosilizada, muestra arqueológica de una misión interestelar fracasada por haberse topado con unos anfitriones menos civilizados de lo esperado. En cualquier caso, de lo que estamos hablando es del magistral retrato de un cuerpo urbano metastasiado por la guerra. Acaso habría que remontarse a una de las obras maestras del neorrealismo italiano, Alemania, año cero (1948) de Roberto Rossellini, para encontrar un precedente donde la arquitectura demolida expresa mejor que cualquier otro personaje la desmesurada sinrazón de un sistema criminal.

Para terminar, no nos queda más remedio que dedicarle unas breves palabras al tema que se encarga ritualmente de musicalizar la última escena de cada capítulo de Gomorra. En sus poco menos de tres minutos, con unos escasos cuatro acordes y percusión cardiovascular acompañada de hipnotizantes desgarros acústicos, Doomed to live (Condenado a vivir), compuesto e interpretado por el grupo electro-rock Mokadelic, nos invita a una suerte de levitación conclusiva, melancólica e introspectiva. Una vez alcanzado el punto cenital desde el que nos permite abarcar cabalmente toda la miseria de un territorio física y emocionalmente diezmado -el nuestro y el de los personajes- un último acorde interrumpe bruscamente el planeo y la escena, dejándonos caer en picado. Una caída menos libre que obligada pero que nos concede, eso sí, el tiempo suficiente antes del impacto final para abrazar el interrogante que esta serie no se cansa de plantear a lo largo de sus capítulos: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí?

www.facebook.com/blogSerialK

Guillermo  Paniagua  (sobre  “American  Crime”  y  “Making  a  murderer”):  “Dos  series  que  ponen  en  evidencia  la  sociedad  estadounidense”.

Guillermo Paniagua (sobre “American Crime” y “Making a murderer”): “Dos series que ponen en evidencia la sociedad estadounidense”.

Una antología híbrida, “American Crime“, y una serie documental “Making a murderer” , que tienen algo en común: ponen el dedo en la llaga sobre la sociedad estadounidense. Los analizamos con nuestro colaborador Guillermo Paniagua en nuestra sección mensual de los martes a las 11,30 sobre series.

Entzun
SerialK  |  “Los  santos  inocentes”  –  Making  a  murderer  |  Guillermo  Paniagua-

SerialK | “Los santos inocentes” – Making a murderer | Guillermo Paniagua-

Algunos dicen que siempre ha estado aquí, cobijada, esperando pacientemente el momento de su recogida como aquel ansiado recuerdo aguarda al melancólico empedernido, como la trufa soterrada a su sabueso bien adiestrado. Otros sostienen que se construye a base de una aventura teórica, a veces en una modalidad unilateral, sistemática y un poco onanista, edificadora de castillos flotantes; otras veces de forma consensuada, experimental y casi romántica en la cual los roces y el tonteo terminan convenciendo a la aventura de engendrar un compromiso estratégico con la realidad. La verdad, por lo tanto, es un objetivo que suscita diferentes aproximaciones, un destino donde confluyen diferentes caminos, todos ellos, eso sí, territorios históricamente minados por sus díscolos hermanos siameses- el error y la mentira- y, por si fuera poco, en los tiempos que corren, abrasados por la ofensiva relativista que se empeña en que se cancele la expedición. Pero pase lo que pase o se pase por donde se pase, resulta que la verdad importa. Y mucho, al menos para cierta gente más que para otra.

A esta gente va dedicada Making a Murderer (2015), impecable serie documental de diez horas de duración repartidas en diez capítulos, síntesis explosiva de un maratoniano rodaje que se extendió durante diez años y en el cual sus creadoras, Laura Ricciardi y Moira Demos, filmaron minuciosamente, agazapadas como documentalistas de la vida salvaje, el enrarecido ecosistema del interior estadounidense y su aún más hostil bioesfera jurídico-policial. Una pequeña localidad del Condado de Matinowoc en el estado de Wisconsin es el marco donde malvive una humilde y estigmatizada familia dedicada al rejunte de esqueletos automovilísticos y de cuyo taciturno miembro, Steven Avery, Making a Murderer nos cuenta la historia.

Tras 18 años encarcelado por agresión sexual e intento de homicidio una muestra de ADN exonera a un ya no tan joven chatarrero que, no bien recuperada su libertad, decide demandar a las autoridades del Condado en busca de resarcimiento. El problema de Steven es que la libertad que había recuperado no era aquella todopoderosa arma ciudadana de amplio espectro de la que los defensores del sistema nos aseguran la existencia, sino más bien la libertad realmente existente, la de siempre, la que se limitaría a explicar las aleatorias idas y venidas- un día por aquí, otro día por acá- de un pobre hombre arrojado de vuelta en el laberinto metálico de un desguace familiar. Por lo tanto, el problema de Steven es que con esta demanda estaba reincidiendo abiertamente en un delito de desacato a la autoridad.

El primero había sido al no cumplir con las expectativas sociales que el sistema le reserva a los nadies, al perturbar el metabolismo comunitario de secreción de enemigos internos y chivos expiatorios y cuya faena había sido deliberadamente rematada por el sistema nervioso central, el jurídico-policial. En pocas palabras, por culpa de la inocencia de Steven el empeño sistémíco en la fabricación de un asesino había fallado, la cadena alimentaria comunitaria se había interrumpido, el equilibrio medioambiental estaba en peligro. Aun así, impasible ante el terremoto generado, Steven decidió desobedecer una segunda vez. Pero, más Icaro que pícaro, en esta ocasión quiso volar demasiado alto. No contento con incumplir con la funcionalidad social del excluido que le correspondía, el chatarrero andaba un poco sobrado y se atrevió, nada más y nada menos, que a tomarse en serio su estatus de ciudadano, a ejercer sus derechos y a impugnar un sistema que le había robado 18 años de su vida. Con esta osadía Steven rebasó el vaso del sheriff, traspasó las rayas del fiscal y a partir de ahí la bestia clasista encendió su maquinaria corrupta para engullirlo definitivamente: esta vez nada de ingeniera social, tocaba eliminarlo.

Aquí empieza esta historia kafkiana, tan atrapante como desoladora, donde seguiremos paso a paso el ensañamiento carroñero del establishment en busca, él también, de resarcimiento. La confrontación de puntos de vistas polarizará un guión magistralmente hilado por las dos realizadoras donde se enfrentarán, visceralmente, dos mundos. Por un lado, el de unos interiores y exteriores ferozmente deprimentes donde la parsimonia, lucidez y contundencia de una familia- tan machacada como los componentes de su desguace- generará momentos de inusitada belleza y dignidad. Por otro, la logorrea, soberbia y cinismo de los responsables institucionales y mediáticos dibujarán un mundo de putrefacción avanzada, de chatarra humana amontonada.

Pero lo que separa abismalmente estos dos mundos y constituye la tesis central de esta serie documental es la desigual distribución social del interés por la verdad. Una verdad que para algunos es tan vital como la necesidad de entender y superar su condición subalterna, una verdad que para otros es tan mortal como la posibilidad de desbaratar su posición privilegiada. Así es como, más allá de denunciar las injusticias padecidas por un chatarrero probablemente más inocente que santo, más allá de desvelar los mecanismos excluyentes que imperan en la sociedad actual, Making a Murderer se propone algo más: la rehabilitación de la verdad como herramienta emancipadora.

www.facebook.com/blogSerialK

Relatos  distópicos  con  Guillermo  Paniagua  (sobre  “Utopia”  y  “Black  Mirror”)

Relatos distópicos con Guillermo Paniagua (sobre “Utopia” y “Black Mirror”)

Hace un mes comenzamos una colaboración mensual sonre series con Guillermo Paniagua. En ella hablabamos del fenómeno de las series en general y de una muy conocida “Juego de Tronos”. Hoy ha tocado la segunda edición y nos hemos ido a series más independientes o críticas. Ambas son relatos distópicos, hablamos de “Utopía” y “Black Mirror”.

Entzun

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies