Del dicho al hecho va un trecho. A veces va un trecho muy largo y otras veces el trecho es más corto. Bien lo sabemos en nuestras organizaciones y movimientos sociales, porque ambicionar y defender un ideario no significa que consecuentemente siempre lo pongamos en práctica en nuestras actividades, en los quehaceres diarios, en las propias asambleas… en definitiva, en nuestra realidad cotidiana.

Nos definimos como anticapitalistas, ecologistas, antifascistas, decrecentistas, antimonárquicas, asamblearistas, internacionalistas, euskaltzales. Nos posicionamos a favor de la autogestión, de la okupación, de la soberanía alimentaria, del km 0, del consumo local y consciente, de la economía social y solidaria. Nos levantamos en contra del racismo, del sectarismo, del heteropatriarcado, de la homofobia, en contra de las desigualdades, de los opresores y de las estructuras que lo sustentan.

Algunas, además, gritan a los 4 vientos que son trans, queer, cis, veganas, vegetarianas, antiespecistas, republicanas, independentistas, marxistas, libertarias, socialistas, ecosocialistas, anarquistas, anarcosindicalistas, autónomas…

Sabemos lo que no queremos ser, aquello que Amaia Pérez Orozco define como el BBVA: blanco, burgués, varón, adulto, que conoce sus privilegios y los practica. Y sobre todo y ante todo, somos feministas. Feministas con mayúsculas, constructoras de sororidad, firmes defensoras de la igualdad entre hombres y mujeres y en nuestras organizaciones hombres y mujeres tienen mismos deberes, misma visibilidad, mismas oportunidades.

Tenemos idearios completos y complejos, pero: ¿cómo actuamos en nuestros grupos? ¿tenemos prácticas coherentes con aquello que decimos ser o defender? He aquí uno de los grandes retos de nuestros colectivos, una de las cuestiones que frecuentemente suele salir cuando hacemos valoración… Esto mismo se han preguntado en ecologistas en acción, centrándose específicamente en lo que a perspectiva feminista se refiere… y para tratar de resolverlo con un tono lúdico han creado el “patriarcalitest”.

Tal y como ellas mismas lo definen, “el patriarcalitest es una herramienta para usar en colectivo, que pretende facilitar un análisis feminista del funcionamiento de nuestros grupos, partiendo de un autodiagnóstico y ofreciendo algunas estrategias para mejorar aquellos aspectos que se puedan y/o quieran mejorar”.

El patriarcalitest juega a simular los prospectos de los medicamentos, con cuatro grupos de preguntas sobre los que reflexionar: sobre el funcionamiento de las asambleas, los eventos y actos que se organizan, los temas que se tratan y formas de protesta, el reparto de tareas y la relación entre las personas del grupo.

  • ¿Argumentos defendidos a gritos?
  • ¿Venas hinchadas y hombres al borde de la angina de pecho?
  • ¿Tecnicismos que solo entendería un concursante de Saber y Ganar?
  • ¿Escasa participación y menos aún de nueva incorporación?
  • ¿Risitas o negación cada vez que surgen cuestiones de género?
  • ¿Te sientes la mujer invisible y no eres de los cuatro fantásticos?
  • ¿Tu participación ha pasado sin pena ni gloria después de prepararla 10 horas?
  • ¿Cansada de esperar turno y no saber cuándo lanzarte al ruedo escuchando siempre a lxs mismxs?
  • ¿Te ves forzada a tener que reproducir el rol autoritario masculino para ser escuchada y valorada?

Si alguna vez te has visto reflejada en esas situaciones, el patriarcalitest, te interesa.

No seré yo quien tire la primera piedra, pero al menos, está bien reconocernos nuestras propias incoherencias, identificarlas y trabajar sobre ellas ¿jugamos?

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