Kutxiko Txoko Txikitxutik analiza en este artículo un escrito de Hernando Ouviña con el título de ‘Especificidades y desafíos de la autonomía urbana desde una perspectiva prefigurativa’. Un análisis en el que las compañeras de Alde Zaharra de Gasteiz hacen un resumen pero que merece una lectura más extensa.

En KTT nos gustan especialmente los textos que nos hacen re-pensar y re-considerar nuestros planteamientos más básicos, esos que vamos haciendo nuestros por el camino pero que, desafortunadamente, son pocas las veces que sometemos a la revisión necesaria, convirtiéndolos así, de forma indirecta en casi verdades incuestionables. Por eso nos resultan imprescindibles los textos que nos “obliga” a repensar y revisar esas cuestiones, a enfocarlas con mayor perspectiva y a plantearnos los necesarios cambios que revitalicen nuestros planteamiento y haceres. Uno de esos textos imprescindibles es para KTT este breve escrito que hoy os acercamos de Hernando Ouviña con el título de Especificidades y desafíos de la autonomía urbana desde una perspectiva prefigurativa y del que, muchas veces con sus propias palabras, os hacemos un resumen, aunque, insistimos, merece la pena leer despacio y con sosiego, tiene mucha vitamina que degustar.

Las primeras líneas de su introducción traslucen ya lo que luego encontraremos:

¿Es posible la construcción de la autonomía en ámbitos urbanos? Para quienes vivimos y activamos políticamente en ciudades, esta no es una pregunta retórica, sino una angustia cotidiana y hasta existencial. ¿Cuál es la especificidad de este tipo de territorialidades? ¿Qué tienen de distintivo y qué de homologables a los espacios rurales donde se ensayan a diario formas de vida potencialmente autónomas? Las líneas que siguen no pretenden dar respuesta a estos interrogantes, sino ante todo ordenar algunas ideas y explicitar ciertos problemas invariantes, que se nos presentan al momento de pensar-hacer política desde una perspectiva autónoma en las urbes. Serán, pues, balbuceos, pistas e incertidumbres que apuntan a compartir impresiones e inconvenientes personales y, especialmente, colectivos, en esa sinuosa búsqueda por reinventar la praxis emancipatoria de cara a este novísimo milenio que despunta en Nuestra América.

En una primera parte Hernán nos plantea revisar las diferencias y similitudes entre los movimientos de carácter urbano y aquellos de raíz rural, indígena y comunitaria, preguntándose/nos ¿son eventualmente parte de una misma lucha? Y si lo son ¿qué rasgos distintivos los caracterizan? Ser conscientes de esas diferencias acertadas que presentan nos servirá sin duda para aclarar algunas cuestiones.

Hernán acomete luego el análisis de, más allás de esas diferencias, existen también una serie de tendencias y rasgos en común que emparentan a los movimientos sociales urbanos con los de tipo rural y que el autor analiza brevemente pero con claridad:

  • Apelación a la acción directa
  • Crítica del vanguardismo
  • Dinámica asamblearia y prefigurativa
  • Creación de una nueva institucionalidad socio-política
  • Anclaje territorial y reconstrucción-defensa de lazos comunitarios
  • Recuperación del espacio público en términos no estatales
  • Transformación de la subjetividad y vocación contra-hegemónica

Pero sin duda que la aportación más sabrosa y valiente (y polémica, que de eso se trata de agitar debates y polémicas, con propuestas que nosotras no compartirmos, pero que nos hacen (re)pensar), a nuestro entender, se concentra en el último apartado del texto, el dedicado a señalar los Desafíos e hipótesis alrededor de la autonomía urbana. Veamos algunas de las ideas que en él desarrolla:

  1. El cambio social debe concebirse de manera bifacética, esto es, simultáneamente en términos de impugnación y autoafirmación propositiva.
  2. La horizontalidad no puede convertirse en el método fetiche que estructure los nuevos formatos organizativos urbanos. Habría que combinar métodos de participación directa y discusión colectiva, con la designación rotativa de delegaos, referentes o “voceros” que permitan llevar a cabo las actividades consensuadas, o bien trasladar inquietudes, propuestas y cuestionamientos a otras instancias de mayor articulación.
  3. La autoafirmación (la construcción de un espacio “público no estatal” o socio-comunitario), necesariamente, tiene que aspirar al mismo tiempo a la composición, a grados crecientes de articulación. Y es que la sobre-ideologización de los ámbitos de coordinación (esto es, el estructurarlos a partir de coincidencias ideológicas o programáticas, que terminan siendo meramente superficiales por su excesiva abstracción respecto de la situación específica que se vive) ha obturado históricamente la posibilidad de encontrarse y (re)conocerse a partir de necesidades, intereses, prácticas y deseos comunes.
  4. La noción de irradiación, para romper con la invariante vocación de la izquierda clásica que centra su estrategia en la “concientización”. Una práctica que irraide y resuene en función de la profundidad e intensidad de la experiencia que se convida, y no tanto de acuerdo a la cantidad de persona o grupos que participen de ella, o de la repercusión mediática que logre. Porque una de las pocas certezas de la nueva izquierda es que el programa político no puede preceder a los sujetos autónomos, y éstos no pueden constituirse sino a partir de las luchas y territorios en disputa que habitan y edifican en ccmún.
  5. Al mismo tiempo, si bien la política emancipatoria ya no debe ser pensada estratégicamente desde el Estado, resulta imposible concebirla sin tenerlo en cuenta y vincularse de manera asidua con él, aunque más no sea como mediación inevitable de nuestra resistencia (y subsistencia) diaria. Muchas experiencias autónomas de tinte autorreferencial mostraron las variadas dificultades que se presentan al intentar construir comunidades casi insulares, cuyo horizonte inmediato terminó siendo, en no pocas situaciones, lo que Miguel Mazzeo denominó irónicamente el “socialismo de un solo barrio”.
  6. Quizás pueda sonar provocativo, pero no está de más explicitar que no podemos pensar en términos excluyentes, especialmente en los ámbitos urbanos, el apostar a formas de construcción autónomas y, al mismo tiempo, el establecer algún tipo de vínculo con lo estatal. Se trata de diferenciar lo que constituye una participación subalterna -que trae aparejada la integración creciente de los sectores populares al engranaje estatal-capitalista, mellando toda capacidad disruptiva real- de una participación autónoma y antagonista de inspiración libertaria y antagonista. Si ello se hubiera tenido en cuenta el paso adelante que podrían haber significado las numerosas construcciones de base en plazas, barrios, escuelas, asentamientos y fábricas, comom formas de auto-organización alternativas a las de los partidos políticos y sindicatos tradicionales, quizás no hubiesen devenido, en buena medida, un páramo en la actual coyuntura de repliegue en varios países lationamericanos.
  7. En función de lo dicho, cabe por lo tanto recuperar la clásica dinámica de combinar las luchas por reformas sin peder de vista el objetivo estratégico de la revolución, como faro estructurador de nuestras prácticas urbanas que, en el “mientras tanto” de un contexto adverso o una correlación de fuerzas negativa, permita ir abriendo brechas que impugnen los mecanismos de integración capitalista, y prefiguren en pequeña escala espacios de comunitarismo autónomo, convirtiendo así, embrionariamente, el futuro en presente.

Lo dicho, incisivo, valiente, provocador… y muy sugerente. Compartimos con él también la declaración de intenciones del texro con el que Hernán Oubiña concluye:

Ojala que (…) los planteos formulados en este texto, sirvan de disparadores para debatir las potencialidades y los obstáculos de las formas de construcción autónoma en los ámbitos urbanos, sin perder de vista su especificidad, ni encapsulando sus capacidades expansivas. Sería bueno, para ello, comenzar a mirarnos el ombligo citadino como buenos exploradores urbanos, para problematizar nuestra vida cotidiana y ver si desde una nueva matriz civilizatoria, es posible alimentar a ese nuevo mundo que late, contradictoriamente, en el subsuelo de nuestro cemento. Porque frente a la tentación de preguntarnos si la solución a este dilema estriba en una “vuelta al campo”, tal vez la respuesta haya que buscarla en aquel bello poema escrito por Juan Gelman, que expresa sin tapujos que no hay que irse ni quedarse, sino resistir(se).

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