Los acontecimientos, debidamente analizados, ayudan a descubrir la realidad tal cual es ya que la despojan de máscaras  y perifollos.  Así sucede con lo que, como testigos privilegiados,  estamos contemplando en Catalunya

La decisión catalana de autodeterminarse ha desnudado al Estado dejando al descubierto sus vergüenzas. Hemos oído a su Gobierno  reiterar  de forma amenazante que en España está prohibido decidir; es el espíritu de Franco reencarnado en el PP.  Han reaparecido monstruos cavernarios como Aznar o Felipe Gonzalez; así hemos constatado que siguen vivos, que actúan entre bastidores y que su pensamiento sigue siendo autoritario. Los obispos españoles, siguiendo su obsesión unionista, consideran inmoral la voluntad soberanista de los pueblos. Tarde y mal, hizo acto de presencia el Rey. Creíamos que tan caduca institución no servía para nada y estábamos equivocados; ha puesto su rancia influencia al servicio del capital, de la intolerancia y del miedo. Cientos de empresas han trasladado sus sedes a otras tierras para intimidar a la ciudadanía catalana;  han confirmado que el capital no tiene patria y que es implacable con quienes le incomodan. Los dirigentes del PNV nos  asombran con un pintoresco vaudeville en el que dicen defender a los catalanes apoyando al PP. Todos ellos están actuando con arrogancia e impunidad; cuentan con la cobertura de casi todos los  medios de comunicación encargados de aturdir a la ciudadanía de un país atolondrado.

Vemos caminar tras ellos a  una turbamulta de funcionarios cuya principal función es defender el pesebre en el que se alimentan. Jueces que  actuan como combatientes de toga y birrete; evidencia reiterada de que en ese país llamado España, la división de poderes deja mucho que desear. La pretendidas fuerzas de orden siembran el desorden allá por donde  pasan: hombres golpeados, mujeres lanzadas por los aires, huesos fracturados y contusiones a mansalva; evidencia de que la brutalidad del régimen fascista se ha perpetuado en las diferentes policías de esta endeble  democrácia; valentones repudiados por   medio mundo y condecorados por el Gobierno español. Y en ese universo uniformado, por encima de todos ellos, la voz metálica y omnipresente de las Fuerzas Armadas que garantizan a cualquier precio  la unidad territorial.

Tras ellos, y siguiendo su estela, los sectores de la ciudadanía que siguen anclados en tiempos pasados. Masas fanatizadas que jalearon a los guerreros al grito de “a por ellos”; lo mismo hicieron con las tropas que iban a frenar la insurgencia en Cuba, Filipinas o el Rif. Grupos ultras conformados por energúmenos cuya racionalidad cabe en un dedal. Y junto a ellos, los miles de personas que se desgañitan  en vivas a la patria y a la constitución mientras agitan banderas rojigualdas. No apelan a ellas cuando constatan que perdemos poder adquisitivo, se incrementa el paro, las condiciones laborales se deterioran  o tenemos que pagar a escote el reflote de la banca.

Quiero acabar esta crónica con dos reflexiones imprescindibles. Nada de lo aquí descrito es nuevo; todo el mundo  tuvo oportunidad de constatarlo y Euskal Herria de sufrirlo. El Estado está aplicando en Cataluña la misma brutalidad represiva que, durante muchos años,  ha derrochado contra nosotros. Y la segunda reflexión tan importante como la anterior. La agresión española contra la ciudadanía y las instituciones catalanas está también dejando al descubierto muchos datos  alentadores. Pero su recuento lo dejamos para otro programa.

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