Trastos y andròminas

Hace un par de años que migré a Catalunya en busca de trabajo, y en el tiempo transcurrido en aquellas tierras llegué a dos conclusiones rotundas:

La primera, y más firme, es que el pueblo catalán y sus gentes, es y  son, un pueblo digno, orgulloso, culto, respetuoso, educado, amable y generoso; y a la vez intrépido e insojuzgable.

Ya lo sé, no se puede generalizar, siempre habrá diferencias, incluso ovejas negras; y también sé, que hoy en dia somos sociedades complejas, diversas y plurales en multitud de aspectos; que las identidades se van construyendo y mutan a poliédricas, multiculturales, líquidas e incluso polisémicas…. No pretendo hacer un elogio étnico ni territorial, sólo quiero constatar cualidades humanas, sociales, culturales y políticas.

Vascos y catalanes nos parecemos en pocas cosas; sus virtudes son nuestras carencias y nuestros mejores actitudes son las deficiencias catalanas.

Estoy viviendo estos días con mucha intensidad, curiosidad y nerviosismo. No puedo dejar de pensar una cosa ahora y la contraria a los pocos minutos en virtud del discurrir de los acontecimientos. Al igual que yo, somos muchas las personas que tenemos simpatía humana y política por el pueblo catalán y el “procés” que están llevando a cabo.

Entre las gentes que nos consideramos de izquierdas, algunos creemos firmemente en la legitimidad que las instituciones catalanas, las diferentes llamadas a las urnas y los resultados del 1 de octubre dan para proclamar la Declaración Unilateral de Independencia. Otros creen que no, que hace falta más consenso social y político; que una declaración de independencia sólo traerá más crispación y enfrentamiento.

Pero yo les pregunto: ¿acaso no traen consigo crispación y confrontación todas las luchas por la igualdad y los derechos fundamentales?

Tenemos, sin ir más lejos, los ejemplos de los Alardes de Irun y Hondarribia: las mujeres y hombres que están peleando por la igualdad, ¿debían haber retirado sus reivindicaciones igualitarias en nombre de la paz social y la falta de consenso?

Es evidente que somos grupos humanos en constante evolución y que las identidades son cambiantes, pero no olvidemos que los grupos humanos se han cohesionado en torno a lenguas, culturas, costumbres y formas de actuar. No es lo mismo un esquimal que un bereber; un nepalí que un aborígen australiano; un chiapaneco que un londinense…

El pueblo catalán ha sabido mantener su idiosincrasia a pesar de prohibiciones, guerras, dictaduras y sometimiento. Además, hoy en día reclama el derecho a decidir cómo quiere seguir manteniéndola y desarrollándola en su actual pluralidad étnica y cultural.

Para acabar, ésta es la segunda rotunda conclusión a la que he llegado: un pueblo que a los trastos inservibles los denomina “andròminas”, del griego andrómeda, diosa del Olimpo, se merece un respeto y mucha consideración.

Menos “trastos” políticos castradores y más “andróminas” sociales para seguir trabajando en la emancipación de las personas y de los pueblos.

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