Al hilo de lo que está pasando en Cataluña, me viene a la memoria lo que decía, hace ya unos años,  un militante autónomo de Barcelona, con una gran capacidad de análisis y años de lucha a sus espaldas.

Sostenía mi amigo, que en Cataluña  -como en muchos otros lugares- ya no se podía hablar de burguesía nacional en sentido estricto.

Las élites económicas se habrían globalizado, al albur del predominio de la economía financiera sobre la productiva, con la globalización del dinero y  con la entrada del capital transnacional en las grandes empresas.

Muchas  grandes empresas catalanas son de hecho transnacionales, como por ejemplo  Aguas de Barcelona, el FCB, o una banca a la que difícilmente se le puede poner ya el apellido de catalana.

Subsistiría, eso sí, una oligarquía -sobre todo financiera- que controla los grandes medios de comunicación,  con vínculos importantes con el poder político estatal y los grandes partidos españoles (donde estaba la antigua CIU antes de su implosión) convertidos hace tiempo en sucursales de las élites económicas,  ocupados -sobre todo- en  malvender los restos cada vez más escasos del sector público (y el común) en beneficio de las élites.

O tal vez mejor expresado, la burguesía catalana no ha desaparecido del todo pero  se habría convertido en una sombra de lo que fue.

Debilitada, reducida a una pequeña burguesía relativamente empobrecida, o bien reconvertida en clase media profesional, que se siente agraviada en comparación con las élites españolas mejor posicionadas en la economía global al disponer de un Estado propio.

Una situación así, suele dar lugar a inestabilidades diversas, que pueden ir desde el crecimiento de partidos de extrema derecha, con su correlato de xenofobia, y violencia contra los desfavorecidos, hasta procesos revolucionarios de izquierdas.

Al dejar de ser el bloque hegemónico, la burguesía nacional catalana puede  buscar nuevas formas de predominio político, buscando alianzas con las izquierdas (con un bloque popular  diverso y contradictorio)  aun a costa de  ceder  parte de sus privilegios a cambio  de no desaparecer engullida por sus vecinos en el seno de la economía global.

Obviamente, tal proceso no es solamente económico sino que incluye factores emocionales de pertenencia e identidad, que unen al bloque popular (precarizado y proletarizado) con sectores de clase media alta agraviados, pequeños propietarios en horas bajas, agricultores en riesgo de quiebra y profesionales empobrecidos.

Visto de esa forma el proceso hacia la república catalana supondría una oportunidad de avance para las clases populares, que ganarían protagonismo, siempre claro que el Estado que representa a las élites dominantes se vea obligado a  ceder ante el impulso de un independentismo donde las clases populares (y los partidos de la izquierda diversa y contradictoria)  mantengan y consoliden  su hegemonía política.

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