El grupo de Hala Bedi que forma parte de la Caravana Mugak Zabalduz ha estado con Laura Curell, compañera de Iridia (Centro por la Defensa de los Derechos Humanos) quien explica que «esta actividad, tan feminizada, es uno de los principales motores económicos de Marruecos: el sistema las necesita y las explota». En un informe de Iridia se recoge que «mientras sustenta el comercio atípico que genera cerca de 1.000 millones de euros anuales en Ceuta y Melilla», las porteadoras trabajan en una situación de «mayor fragilidad».


REPORTAJE

Porteadoras: desde los márgenes, son el eje de la economía fronteriza. Violencia estructural en la Frontera Sur

 

‘Las porteadoras son trabajadoras’ es uno de los lemas que acompañan a la Caravana a Melilla Mugak Zabalduz. Se refiere a uno de los sectores más invisibilizados en la vulneración de los derechos humanos en la Frontera Sur.  Mujeres situadas en los márgenes de un sistema que las explota, y al que, sin embargo, sostienen económica y socialmente.

Usando la definición de la APDHA (Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía) «las porteadoras son mujeres marroquíes, de entre 35 y 60 años, que se desplazan desde zonas fronterizas de Marruecos hasta Ceuta y Melilla para transportar mercancías que compran en los polígonos comerciales de esas ciudades autónomas (Lidl y Eroski en el caso de Ceuta), o transportar fardos, en ocasiones sin conocer el contenido, que venden o entregan a clientes al otro lado de la frontera. El hecho de que las porteadoras saquen la mercancía sobre su espalda o en sus manos (hasta 90 kilos) responde a la legislación marroquí sobre tráfico aduanero. Para el reino de Marruecos, todo lo que una persona lleva encima suya, sin limitación de peso, se considera equipaje de mano y, por tanto, en el caso de existir aranceles aduaneros, no se deberían pagar».

Forman parte junto a las empleadas domésticas y las trabajadoras sexuales de la economía informal o “comercio atípico” que se da en la frontera del sur de Europa y Marruecos

Forman parte junto a las empleadas domésticas y las trabajadoras sexuales de la economía informal o ‘comercio atípico’ que se da en la frontera del sur de Europa y Marruecos, en lo que se refiere a trabajos feminizados. Detrás de estos eufemismos confluyen varias de las violencias estructurales que sufren estas mujeres: la pobreza, el patriarcado, el capitalismo, los Estados. El último eslabón de un cadena en la que el abuso de poder y la explotación se ejerce desde todos los ámbitos, y sin embargo, la resistencia se demuestra cada día.

Las porteadoras son pobres y tienen sujetos dependientes a su cargo, son sustento familiar, según la representante de la asociación Tawaza (Martil): «Ninguna porteadora trabaja para ella misma, el dinero que ganan es para alimentar a otros». En su mayoría con hijas/os y sin otra entrada económica, viudas o madres solteras, con el desprestigio social que esto supone.

«Ninguna porteadora trabaja para ella misma, el dinero que ganan es para alimentar a otros»

Tienen negado el reconocimiento de su propia condición de trabajadoras, ya que tanto a comisión, como por cuenta propia no tienen contrato ni garantías de seguridad en el tránsito, esto significa que la policía de ambos países puede requisarles la mercancía, cerrarles el paso aleatoriamente o estar sometidas a cualquier tipo de violencia. En estos pasos operan la guardia civil y las Unidades de Intervención Policial (UIP). «Uno de los puntos donde se produce mayor violencia policial es en los pasos desde territorio español a marroquí; los casos de violencia verbal son diarios y las agresiones físicas muy comunes», según el informe publicado en abril de este 2017 por el Centro por la defensa de los Derechos Humanos Irídia, el instituto Novact y Fotomovimiento.  

Hablamos, además, de una frontera ambigua, que tal y como asegura Helena Maleno es una «frontera que se dibuja como una malla permeable que se torna rígida para la inmigración más pobre (aquella que con escaleras se dirige hacia una valla) pero totalmente ligera para la inmigración que es controlada por las redes de trata con fines de explotación». 

En el ejercicio diario otro de los problemas radica en el diseño de los pasos fronterizos, creando situaciones de tensión, amontonamiento, asfixia e incluso avalanchas, que han llegado a provocar muertes. Desde la apertura de los pasos a las seis de la mañana hasta el cierre, las porteadoras intentan atravesarlos el mayor número de veces con el fin de redondear sus ingresos, por cada fardo pueden recibir entre 3 y 5 euros. A esto hay que sumarle el deterioro de su salud, debido a la exigencia física de este trabajo, además al no estar registradas legalmente no tienen derechos de asistencia sanitaria ni prestaciones sociales.

Constituyen el motor económico de la zona fronteriza: la explotación de estas mujeres a las que el propio sistema sitúa en sus márgenes lo sostiene económica y socialmente

El último eslabón de un cadena en la que el abuso de poder y la explotación se ejerce desde todos los ámbitos, y se permite desde todos los actores implicados -Unión Europea, España, Ceuta y Marruecos, ya que es un factor fundamental para el dinamismo económico de Ceuta y Melilla. Del ‘comercio atípico’ viven directamente 45.000 personas, de las cuales el 75% son mujeres; e indirectamente otras 400.000 personas, supone el 30% de las exportaciones. Estas cifras ponen de manifiesto que el trabajo de las porteadoras no es una actividad económica secundaria y de poca trascendencia de la frontera hispano-marroquí, sino que, por el contrario, constituye el motor económico de la zona fronteriza; la explotación de estas mujeres a las que el propio sistema sitúa en sus márgenes lo sostiene económica y socialmente, de hecho, Ferrer-Gallardo (2012) afirma que el comercio atípico es tolerado por el impacto económico positivo que recae sobre la región.

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