Este miércoles 28 de junio nos disponíamos a entrar por una de las puertas del Congreso de los Diputados cuando de  repente y frente a nosotros vimos salir a Martín Villa. José Luis y yo nos miramos y en  un mismo impulso fuimos hacia él. ¿Te acuerdas de Vitoria?, fue nuestro saludo. Él se detuvo en seco y algún resorte resonó dentro de sí.  Nos presentamos de esta manera: Somos hermanos de dos jóvenes obreros asesinados el 3 de marzo de 1976 en Vitoria. El ministro franquista  había acudido al Congreso para ser condecorado  y homenajeado en el Acto de Conmemoración del  40º aniversario de las primeras elecciones legislativas tras la dictadura franquista.

Han pasado casi 42 años desde que Martín Villa estuviera frente  a una víctima del 3 de marzo, y al igual que los estamentos del Estado español, su arrogancia no se ha movido un milímetro en todo este tiempo.

En 1976, a los tres días de la criminal acción policial, los ministros franquistas Manuel Fraga Iribarne y Rodolfo Martín Villa llegaban a Vitoria-Gasteiz. Ante la indignación de las familias de los heridos y del personal sanitario ambos eran fotografiados mientras visitaban a José Castillo en el hospital. A las pocas horas de la toma de esta imagen fallecería. Antes habían caído abatidos Pedro Mari, Romualdo y Francisco. Unas semanas más tarde murió Bienvenido. No nos olvidamos que durante esta agonía, la represión continuaba contra toda mínima protesta solidaria y el derramamiento de sangre obrera prosiguió con Juan Gabriel en Tarragona y Vicente en Basauri.

Aquel día en el hospital  le preguntaron a Martín Villa si venía a rematar a los heridos. Hoy le  hemos preguntado si se acuerda de Vitoria y si es así,  por qué no reconoce el daño causado, asume su responsabilidad en aquel gobierno  de Arias Navarro y da la cara. Y para animarle le hemos puesto el ejemplo del Gobierno Británico declarándose responsable de la acción militar que en 1972 asesinó a 14 civiles. Un avance para la convivencia y la construcción de la paz en el norte de Irlanda.

Mientras hablábamos con Martín Villa, ¡cómo no pensar en el dolor vivido por nuestros padres, por nuestro Pueblo, y  en la violencia  del Estado que él representa! Su respuesta es la negación de los crímenes (de lesa humanidad) y su auto-exculpación  ante las responsabilidades  que  tuvo. Su conciencia no le dicta la mínima duda, no se siente culpable y no se arrepiente de nada porque no percibe haber hecho daño. Y lo más significativo de todo, tampoco  siente la más mínima empatía ante dos familiares, y mucho menos, expresa el afecto y la delicadeza como hoy   se exige   que sean tratadas las víctimas del terrorismo. Nos dijo  que quiere declarar pero que se lo impide la justicia,  y eso es falso. Si de verdad quisiera, podría hacerlo  de forma voluntaria. Por el contrario y para no pasar por ese trance,   se escuda en la nula voluntad del Gobierno español para atender  la orden de extradición para toma de declaración indagatoria dictada por  la jueza Servini y en la directriz de la Fiscalía General del Estado para no admitir por los jueces  los exhortos de  dicha  jueza  en ese sentido. ¿Cómo una persona en busca y captura por la Interpol es condecorada y homenajeada por las altas instancias del Estado?  Es inadmisible. O democracia o Martín Villa, con Martín Villa no hay democracia.

Sabemos que la impunidad es la estrategia del Estado, el mismo que condecora a Martín Villa en el Congreso y saca brillo al busto de Fraga en el Senado. Transcurridas más de cuatro décadas la impunidad es la seña distintiva de esta democracia a la española. Las víctimas de terrorismo de Estado existimos, y el 3 de marzo de 1976 ha mirado a los ojos a uno de los verdugos para decirle, aquí seguimos. Siempre os perseguirán nuestras memorias porque con impunidad nunca habrá democracia.

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