Con un poco de generosidad se podría entender la histórica tendencia de la ciencia a presentarse como un espacio hermético, impermeable e indiferente a las vicisitudes mundanas, abstraída del mundo para poder abstraer mejor, como el efecto colateral y duradero de una desesperada estrategia de supervivencia desplegada hace ya miles de años. Todo empezó allá por la Grecia clásica cuando una nueva comensal, un poco sosa y tímida, la Razón, lograba hacerse oír e imponerse en un alborotado banquete poblado por locuaces poetas y kuadrillas de fornidos superhéroes. Como era de esperar, estos últimos, enfurecidos tras verse arrebatado el protagonismo, decidieron contratacar, institucionalizándose como opinólogos y obligando a la razón a replegarse y pasar a la clandestinidad. Habría que esperar casi mil años y una durísima travesía del desierto para que unos valientes astrónomos renacentistas, subyugados por la perfección de los movimientos de los cuerpos celestes, decidieran destronar al barbudo -opinólogo en jefe- que se había apropiado ilegítimamente del control de los cielos y dar así a la razón una segunda y definitiva independencia ante los promotores de opiniones y mitos. Había nacido la ciencia moderna. Ahora bien, en esta batalla por desplazar a los regímenes de discurso que durante tanto tiempo habían hegemonizado nuestra capacidad de comprensión e intervención en el mundo, la ciencia no saldría indemne.

En efecto, celosa por obtener el lugar y el reconocimiento merecido, por preservarlo a toda costa, la ciencia tuvo que construirse una coraza, caricaturizar las diferencias existentes con los demás contrincantes y simplificar los términos de una contienda de la que había salido solo parcialmente vencedora. Por un lado y de forma un tanto malagradecida, la ciencia se sintió obligada a olvidar que la todopoderosa capacidad de razonar de la que tanto alardeaba había sido generosamente confeccionada y cedida -al igual que la de opinar y de crear mitos- por la madre naturaleza. Así, con tal de asegurar la especificidad y descendencia de su más preciado tesoro – la razón- la ciencia optó por renegar de sus orígenes naturales. Por otro lado y de forma un tanto sociópata, la ciencia, en su afán por blindar su indudable y privilegiada relación con la verdad, se sintió impelida a ignorar las condiciones históricas en las que los hombres y mujeres habían podido y visto la necesidad de parirla. Así, con tal de asegurar la autonomía y objetividad de su más preciado tesoro- la razón- la ciencia optó por renegar de sus orígenes sociales. En pocas palabras, como consecuencia de una batalla sin cuartel tanto la razón como su expresión social consagrada, la ciencia, un poco groguis de tantos golpes, entendieron erróneamente y curiosamente que su acceso a lo universal había pasado y tenía que pasar por renunciar a su pertenencia al universo. Como si del retorno de los poetas muertos se tratase, The Knick (2014), obra maestra de la nueva narrativa serial, nos recuerda que en verdad ni se tuvo ni se tiene que pagar semejante peaje.

Creada por Jack Amiel y Michael Begle e integralmente dirigida por el reconocido, multigalardonado y el que fuera símbolo en los 90 del cine independiente estadounidense, Steven Soderbergh, The Knick nos cuenta los pormenores del nacimiento de la cirugía moderna en los albores del siglo XX tomando como marco de este difícil parto el tumultuoso hospital Knickerbocker de Nueva York. En una operación simétrica y contraria a la explicada en nuestro boceto introductorio, esta serie se propone mediante una hibridación de géneros narrativos- el de época y el médico- hacerse cargo de la hibridación del género humano -un poco animal, un poco social- presentándola como lo que es: la materia prima, el soporte contradictorio del que dispone la verdad para poder expresarse. Así, seguiremos durante las dos temporadas de esta serie las intricadas relaciones que se establecen entre una sociedad -saturada de racismo, machismo y clasismo- unos personajes -frágiles, crueles y soberbios- y una ciencia- artesanal, despiadada y muchas veces mortífera- sin por ello tener que renunciar a observar a la razón ejercitándose. Una gimnasia intelectual que reluce a veces gracias y otras a pesar de las adicciones y fechorías de uno de los protagonistas, el Dr. John Thackery, impecablemente interpretado por Clive Owen, y en el otro médico, Dr. Algernon Edwards, condenado a ser brillante y negro, es decir, a sobrevivir a base de dar y recibir puñetazos -literales y figurados- en una sociedad, no muy diferente a la actual, donde el color de la piel es sinónimo de desahucio estructural.

En unas escenas de inusual belleza, con una cámara en mano tan febril como el pulso del paciente destripado, con unos grandes angulares y filtros sepias que recuerdan a la inquietante maestría de un Lars Von Trier o de un Sokurov, Soderbergh despliega una exquisita dirección trasladándonos del frío naturalismo gore del bloque operatorio al depravado y almidonado antro de fumadores de opio para terminar arrojándonos a la calles pestilentes de una gran manzana podrida en la que se trapichea cadáveres, concesiones inmobiliarias, parásitos y derechos. Una atmósfera pegajosa y opiácea cuyo pulso se ve marcado por una oscura banda sonora electro minimalista compuesta por Cliff Martinez, ex batería de los Red Hot Chili Peppers, que se ubica junto a las desgarradoras y también minimalistas composiciones clásicas de Max Richter en The Leftovers (2014) y los ritmos tribales de Cristobal Tapia de Veer en Utopia (2013), en la cumbre de la musicalización de la ficción seriada. Sonidos electrónicos que desde su contemporaneidad más radical, es decir, depurados, acuáticos e intrauterinos logran acoplarse coherentemente, tal como un anfibio, a los diferentes ecosistemas que componen esta historia además de lograr retroceder sin anacronismo a tiempos pasados de nuestra Historia. En fin, una muestra más de una universalidad que se puede reivindicar sin complejo y sin tener que renegar ni del tiempo ni de la bestia frágil e iracunda que anidan en ella.

Probablemente semejante hazaña, semejante sobredosis de naturaleza y sociedad inyectada en un relato que aborda las conquistas científicas no podía ser otra que obra de poetas. Esos que como Soderbergh y su equipo, rectificando una enemistad histórica y haciendo buen uso de la capacidad de la  poesía en revelar analogías, son capaces de entender y homenajear el soporte híbrido del que dispone la verdad para poder expresarse al tener ellos mismos una experiencia similar en su praxis, al tener ellos mismos un trato preferencial con otra subyugante síntesis de lo natural y lo social, ese otro universal que llamamos belleza

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