Tras una primera notable y una segunda sobresaliente, American Crime (2015) estrena esta semana su tercera temporada. En esta antología híbrida, es decir, una antología en la que no son los capítulos las unidades narrativas independientes sino las propias temporadas, su creador John Ridley, guionista de la galardonada película de Steve MacQueen 12 años de esclavitud, nos invita a acompañarle en un lento y dantesco descenso al infierno. Un infierno cuyo propietario vitalicio, a pesar de lo que piensa una cierta progresía extraviada, no entró en escena bajo el ropaje machista de un histriónico y xenófobo multimillonario sino que lleva ondeando su cola un buen rato paseándose entre los pilares históricos sobre los que reposa la sociedad de cuya radiografía versa esta serie: EEUU.

En efecto, si en cada temporada American crime construye su incisivo relato de denuncia social en base a un crimen puntual y ficcional- el asesinato de un supuesto joven de buena familia y la violación de su pareja en la primera; la violación perpetrada por jóvenes guays de un instituto pijo en la segunda- en el fondo lo que inspecciona esta obra son las consecuencias de un crimen histórico tan originario como la acumulación de capital que ha posibilitado, los embates de una onda expansiva generada por ese Big Bang sociopolítico que fue la edificación a sangre y fuego del Estado moderno. Es decir, el verdadero crimen americano es aquel crimen fundacional colonialista, esclavista, capitalista y heteropatriarcal desde el que emergió la sociedad estadounidense o, mejor dicho, desde el que se fraguó la estructura económica, política y cultural encargada de reproducirla ad infinitum.

Por lo tanto, aquí no se trata de crímenes pasionales, presas fáciles de la prensa amarilla o de los nefastos programas de seudo-investigación policíaca. Ni tampoco de los clásicos relatos tribunalescos donde se juzga a desgracias varias y desgraciados muchos. Aquí el crimen y la violencia que interesa filmar primero y denunciar después es la que ejerce la Historia una vez sedimentada, la Historia hecha estructura. Aquella de la que nadie habla porque, a buen seguro, habla a través de nosotros; parienta del bosque que nadie ve por haber sido fagocitado por un árbol anecdótico; prima del océano ignorado por unas cuantas gotitas egocéntricas. Una violencia estructural que American Crime lográ plasmar como lo que es: un entramado de relaciones de poder asimétricas que atraviesan el cuerpo social y que a pesar de responder a los intereses de una minoría muy concreta -hombre heterosexual, blanco, burgués y católico- encuentra en nuestras prácticas, la de los propios dominados, unos dispositivos claves para su reproducción y legitimación. Familias negras acomodadas y clasistas, mujeres blancas adineradas y racistas, minorías enfrentadas entre sí o juventud educada y homófoba son algunas voces del desgarrador relato coral mediante el cual esta serie ofrece las diferentes versiones de lo acontecido, todas ellas contradictorias y alienadas, al ritmo del guión que la estructura le reserva a sus actores más preciados: los miserables, como los llamaba aquel; los condenados de la tierra, como los interpelaba otro.

Así es como American Crime toma el difícil relevo cedido por la obra ya clásica de David Simon, The Wire (2002) y se convierte en el estudio sociológico de campo más penetrante realizado hasta ahora de la sociedad estadounidense. Con un estilo algo menos documentalista y más intimista que aquella y de austeridad similar a la que nos tiene acostumbrados las producciones británicas y nórdicas, esta serie sigue a sus protagonistas encharcados en sus miserias mediante afiladísimos primeros planos cuyo exiguo encuadre traduce el poco margen de maniobra que les brinda el sistema para evolucionar. Opresión visual complementada por la utilización sistemática de un fuera de campo desde el cual provienen voces casi impersonales que impactan frontalmente sobre rostros desnudos, encogidos, indefensos, superficies emocionales donde las contradicciones estructurales se hacen carne, carne humana. Las escenas con Taylor, el joven protagonista vejado de la segunda temporada, de una intensidad comparable- aunque más retenida- a la de las escenas filmadas por el genial cineasta Xavier Dolan en su película Mommy, o más aún, a la que nos suele ofrecer la comprometida sensibilidad de los hermanos Dardenne, quedarán registradas a buen seguro en los anales audiovisuales del realismo social contemporáneo.

En suma, auténtico torpedo en la línea de flotación del mito fundador de la sociedad estadounidense, American crime retrata el sueño americano como lo que es: un mal sueño del que es urgente despertarse.

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