Plano general fijo de una susurrante y verdoso amarillenta campiña cerealera a la que se superpone una voz radiofónica, muy british ella, anunciando la delicada situación de un gobierno impelido a tomar medidas ante la drástica subida del precio de los alimentos. Plano en profundidad del interior de una tienda de cómics de cuyo transistor provienen las advertencias de posible penuria recién mencionadas. Dos individuos irrumpen en ese espacio hermético y colorido al que le agregan el amarillo chillón de una bolsa acid-house que depositan en el suelo. De ella uno de los intrusos, de glacial elegancia, extrae unos artilugios contundentes con los que, con gran esmero y a ritmo electro minimalista, despacha a mejor vida a la poca e inoportuna clientela presente. El paradero de un manuscrito titulado Utopía y el de una mujer que responde al nombre de Jessica Hyde es la información requerida insistentemente- con voz gutural y entrecortada por una evidente deficiencia pulmonar darth vaderiana – por el segundo y menos esbelto inquisidor a un aterrorizado dependiente. Una vez acaba con él, inmutable, saca un caramelo de su chupa cuyo cuero sintético se ha encargado de traducir sonoramente, mediante crujidos inquietantes, cada uno de sus toscos movimientos. Se da la vuelta y avizora debajo de un expositor un niño escondido al que, tras acuclillarse, le ofrece un intento de cara amigable acompañado de un caramelo antes de pedirle a su sofisticado secuaz, eso sí, que lo gasee. Plano frontal exterior de la tienda de cómic frente a la cual un individuo disfrazado de conejo bailotea.

En esta portentosa secuencia introductoria, la de su primer episodio, Utopía (2013), pequeña perla del prolífico universo de las series de autor británicas, no vacila ni un segundo en poner todas sus cartas sobre la mesa o, mejor dicho, en tirárnoslas impúdicamente a la cara. Unas cartas que, como las de Lewis Carroll, determinarán la suerte de los personajes que pueblan este mundo rocambolesco y tragicómico ideado por Dennis Kelly pero también, y sobre todo, la de los espectadores que, tal como hiciera Alicia, no podrán resistirse a la indecente invitación del conejo bufonesco que cierra genialmente esta antológica escena introductoria.

Lo dicho, en Utopía no existen medias tintas: aquí los colores saturados son tan primarios como las modalidades y los designios de los malhechores, tan deliciosamente primitivos como la impecable banda sonora compuesta por Cristobal Tapia de Veer, tan estrambóticos como el ritmo desenfrenado de este thriller político-paranoico de dramatismo exponencial. En una entrevista concedida a un semanario francés uno de los directores de esta serie, Marc Munden, afirmaba que “mirar Utopía debe ser como comer gominolas: tiene que parecer dulce, lleno de colores…pero dar náusea”. Si me permiten, hilando esta metáfora matizaría que, más que a las náuseas, se asemeja a este repelús orgásmico, con mueca incluida, ocasionado por las propiedades corrosivas de las míticas pica-pica ensañándose con nuestras delicadas encías.

Esto y no otra cosa es Utopía. Obra maestra de la nueva narrativa serial, visceral donde las haya, no duda en movilizar un amplio arsenal de recursos cinematográficos para ponerlos al servicio de una trama compleja donde se entrelazan conspiraciones de alto vuelo con sutiles relatos de infancias truncadas. Rastrear las diferentes escalas en las que opera la violencia estructural, recoger en un plano el sórdido abrazo entre geopolítica e historias de vidas mutiladas es el desafío que supera con creces esta serie británica. Y es que, de lo que se trata es de seguir las andanzas de cuatro frikis comiqueros atrapados, muy a su pesar, en una endemoniada historia orwelliana donde organizaciones secretas, corporaciones farmacéuticas todopoderosas y gobiernos fantoches se proponen materializar, caiga quien caiga, un indecible proyecto estratégico de control poblacional. De esta ficción- apenas una caricatura del capitalismo de las escuchas masivas, de las cárceles secretas y de los fraudes gripales aviarios y abecedarios que bien conocemos- nadie saldrá indemne: nos salpicarán recurrentes explosiones cromáticas de violencia tarantinescas, nos inocularán altas dosis de humor negro y diálogos absurdos cuyos proveedores bien podrían ser los hermanos Coen, y, quizás aún más, nos veremos arrojadas dentro de encuadres improbables, de vacíos agobiantes donde evolucionan psicópatas empedernidos, reviviendo, si es que se puede, las memorables escenas dejadas para la posteridad por Stanley Kubrick en su suculenta Naranja mecánica. Y todo eso por perseguir a un conejo bailarín…

Con el estreno de Utopía, aquel bendito 15 de enero del 2013, me atrevería a decir que se ensanchó definitivamente la brecha abierta por Vince Gilligan con su deslumbrante Breaking Bad (2008) en cuanto a la osadía visual del nuevo formato serial. Una serie de culto que a pesar o, quién sabe si a causa de su hazaña, tras dos inolvidables temporadas sucumbió ante las fuerzas del Sistema: se alegaron dudosos argumentos para explicar la decisión de no renovarla por una tercera temporada. ¿Conspiración? Quizás no. Pero, eso sí, otra infancia truncada en las trincheras utópicas.

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